librodearena |
![]() "No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. [...] Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo"
"No me gusta nada que haga postrarse a un hombre" "La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres" |
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008.
Hace unos meses me invitaron a participar en una conferencia sobre la mala imagen de Israel en los medios de comunicación. Humildemente expuse mi punto de vista, derivado en gran parte de un nutrido elenco de situaciones vividas en carne propia. Básicamente, todo se resume en que la izquierda de los países occidentales se alineó con la Unión Soviética durante la Guerra Fría en su apoyo a la causa palestina. Se pueden encontrar precedentes en la votación por la creación del Estado Judío celebrada en la sede de la ONU en 1948 o en la Conferencia de Bandung de 1955, donde se reunieron los llamados países no alineados. En cualquier caso, mucha gente de izquierdas sigue criticando con fiereza al Estado de Israel más por una pose ideológica que por convicción real. En este sentido, la Asociación Solidaridad España Israel ha editado un vídeo (es sólo un parte de lo que aparece en su web, les recomiendo lsobre todo que jueguen a este juego) sobre cómo sería vista España en el extranjero si aparecieran constantemente noticias negativas sobre ella en los telediarios. En el vídeo se pueden apreciar ciertos hechos constatables que dan mucho que pensar sobre nuestro país a la par que ponen de manifiesto que una información parcial puede socabar la más incuestionable reputación. Véanlo y piensen en ello. Viene de periodistadigital: Y sigue la persecución al castellano. Esta vez el director general de Air Berlin ha reaccionado a las presiones del Gobierno balear para que introduzca el catalán en sus comunicaciones con el cliente en un duro editorial publicado en la revista de la compañía aérea. "Hoy el castellano no es una lengua oficial", sentencia en la carta dirigida a los pasajeros. Y continúa diciendo que España, con los nacionalismos, vuelve a "los miniestados medievales". Todo empezó cuando la directora general de Política Lingüística, Margalida Tous, envió a Air Berlin y a otras compañías aéreas con destinos a las Baleares, una carta instándolas a utilizar también el catalán en sus comunicaciones con sus clientes. "¿Les tengo que dar cursos de catalán por decreto a mis empleados? ¿Y los que vuelan a Galicia o al País Vasco querrán que nos dirijamos en gallego o en vasco? ¿Es que ya no hablan en castellano?". "La partición de España en nacionalismos regionales es de hecho un retorno a los mini estados medievales. Hasta ahora me pensaba que vivíamos en una Europa sin fronteras". El editorial va acompañado con una viñeta que reza en un alemán castizo: "Si vinieran a Baviera los catalanes estos, tendrían que hablar el bávaro. ¡Maldita sea!". El Gobierno balear no se explica la réplica pública de Air Berlin a su petición para que la compañía incorpore el uso del catalán. "Lamentamos que una carta hecha con espíritu constructivo haya tenido esta interpretación errónea", afirman desde la dirección general de Política lingüística. "El presidente Francesc Antich está preocupado por este tema y sorprendido porque existen unas relaciones correctas con la compañía. Piensa que no se ha interpretado bien el espíritu de colaboración de la carta y hablará directamente con Joachim Hunold para reconducir la situación". Ayer sentí vergüenza de ser periodista. Reconozco que es una sensación cada vez más más habitual, debida en gran medida al comportamiento canallesco de un nutrido grupo de mis compañeros. Que conste que no hablo de la llamada prensa rosa, puesto que considero que "eso" es otra actividad profesional más ligada al cotilleo de portería que al periodismo "serio". Si hay algo que me pone literalmente de los nervios es ver, escuchar o leer al apesebrado de turno defendiendo a capa y espada a su partido del alam. Ejemplos; desde Isabel San Sebastián, Ignacio Villa, Carlos Dávila a mis especialmente queridos Enric Sopena o Maria Antonia Iglesis. Estos últimos, en especial, sobrepasan ampliamente los límites del sectarismo para adentrarse en el territorio del fanatismo más absoluto. Nauseabundo. Digno de ser estudiado en las facultades como ejemplo de a lo que puede llegar un periodista cuando abandona el espíritu crítico y se convierte en un pelele, un apesebrado, una marioneta del partido de turno. Lo dicho, nauseabundo. A lo que iba. Ayer me avergoncé de la profesión al ver al ínclito Iñaki Gabilondo, pope supremo del periodismo patrio, abrir su informativo con la siguiente frase relativa a la huelñga de trasnportistas : "el Gobierno no tiene la culpa". Tócate los machos. En vez de informar, de aportar datos, incluso de opinar subrepticiamente, el bueno de Iñaki se convierte en vocero de Ferraz, en mero altavoz de su partido del alma. Y eso que aquí el que les escribe lo ha escuchado dar conferencias sobre lo que es ético o no en el periodismo. Desconozco si el Gobierno tiene o no la culpa de la subida del precio de los carburantes. Lo que sí que sé es que una gran parte del mismo se destina a impuestos. También es cierto que muchos de estos impuestos son europeos, pero tampoco he visto a ZP partiéndose la cara en Bruselas en defensa de los camioneros españoles, como sería su deber. Lo que seguro no es de recibo es que el señor Iñaki Gabilondo quiera seguir en su programa la línea editorial del informativo de la extinta URSS. Seguro que el ínclito periodista estaría en su salsa en un país como Korea del Norte. Allí sí que saben informar ¿verdad Iñaki? Anteanoche, por aquellas casualidades de la vida, me topé con una pelícua en la 2 de aquellas que te dejan pegado al sillón. Resulta que entre mordisco y mordisco de mi bocata de atún, dándole al zappíng a ver si encontraba algo decente mientras cenaba, me encuentro con un paisaje nevado y un tipo arrastrado por un trineo de perros. Hostia, me dije, esto debe de ser Alaska o algo así. Con suerte alguna adaptación de una novela de Jack London. Pero no, se trtaba de El último cazador, una película en la que el prota se interpreta a sí mismo como trampero del vasto norte. La acción se desarrolla en el territorio del Noroeste, en Canadá, donde un trampero cincuentón vive del mismo modo que lo hacían aquellos míticos aventureros como Daniel Boom o David Crocket; al estilo de aqulla grandísima película titulada Las aventuras de Jeremiah Johnson, todo un clásico. La trama retrata de forma fidedigna la vida en plena naturaleza en compañía de cinco perros y una mujer india. Con amigos de esos que hacen 100 kilómetros en medio de una ventisca para visitarte o borracheras antológicas en el bar del pueblo más cercano (el concepto de cercano es bastante flexible en esa zona). Todo un alegato sobre la ecología, la de verdad, no la de tanto cantamañanas oportunista que se viste de verde. Lo bueno del asunto es que, al ver a aquel tipo cazando caribús, vestido con sus pieles y con su rifle al hombro, me dieron unas ganas irresistibles de mandarlo todo a hacer puñetas y pillarme un billete de avión para Canadá. Cambiar la ciudad repleta de enanos mentales por la soledad ártica, por el frío, los lobos y los vivacs a media noche en medio de una tormenta. Debe de ser duro de narices, y estoy seguro que en esas circunstancias me preguntaría qué coño hago yo allí pudiendo estar en mi casa con una cervecita delante del televisor. Pero soñar no cuesta dinero, y quien sabe si dentro de poco o mucho decido retirarme del mundanal ruido y vivir como lo hacían antes, cuando los tipos se vestían por los pies y les bastaba tener tres o cuatro cosas claras para sobrevivir; sin tanta flauta ni buenrollismo barato. Sin Operación Triunfo, ni móvil, ni políticos, ni tanto gilipollas a mansalva. Qué delicia. No soy muy dado a mirar anuncios, más que nada, podría decirse que me deslizo sobre ellos entre actos de alguna película. Pero con este me pasa algo curioso; una lejana nostalgia que no sé muy bien de dónde narices sale me hace extrañar un tiempo en el que no viví. El anuncio en cuestión es de una tarjeta de crédito, hasta ahí nada más prosaico. Una familia disfruta de un día de playa, el niño, en compañía del padre, construye en la arena lo que parece ser la Sagrada Familia de Barcelona. Una notas de piano, con ese sonido ajado que sólo tienen los discos antiguos, preceden a una voz profunda, a un “ay” largo y profundo que sólo puede venir del sur. Adivino una copla de las de antes, cantada magistralmente por Estrellita Castro, Imperio Argentina o alguna folklórica de la época del blanco y negro. Un largo lamento nacido del sufrimiento de una gente que es la mía, criada entre olivares al son de la música de guitarra. Lo siguiente que se ve es la silueta de un hombre alto y delgado, una sombrilla bajo el brazo hace la vez de lanza y un compañero regordete sigue sus pasos. El eterno caballero manchego y su amigo, me digo. Por último, con la familia ya reunida, el niño observa el rostro cubista de su madre a través de un vaso. Es esto, pienso. En apenas veinte segundos alguien ha capturado el alma de esta piel de toro que tanto amo y tanto odio. Es esto, sí. Son todas esas pequeñas cosas que hacen que se me ponga la piel de gallina y que me diga que no todo está perdido. Como la mayoría de españoles ayer me quedé enganchado a la pantalla del televisor. La final de la Eurocopa ha sido uno de los momentos más importantes de la historia del deporte español, pero todo lo que se ha movido alrededor de la selección va más allá de lo meramente deportivo. Escuchaba el otro día a un comentarista de RAC1 decir en un catalán impoluto que lo que le molestaba de esta eurocopa era la "sobredosis" de símbolos españoles y de patriotismo. El buen señor no recordaba, o no quería recordar, cómo en algunas zonas de España nos machacan constantemente con cosas tan intrascendentes (y las audiencias de televisión me remito) como partidos de la selección catalana de fútbol o partidos hockey jugados en la Conchinchina contra la selección de Turkmenistán. Tampoco se refería el buen señor al machaqueo constante del Barça en todos los medio catalanes o cómo es casi imposible ver una televión de esta tierra sin que te metan el nacionalismo con calzador. pues bien, señores, yo ayer me alegré infinitamente de que la selección de fútbol de mi nación, en la que jugaron brillantemenete jugadores catalanes, ganaa la Eurocopa. Me sentí feliz de ver la banderas de mi país ondear en Viena y al escuchar a mis compatriotas celebrar la victoria. Y sobre todo me siento feliz de que los símbolos de mi país hayan sido de todos, no de unos ni de otros, sino de todos los ciudadanos que vivimos en España. Creo que esto es un paso importante para reivindicar que tanto la bandera como el himno no son patrimonio de una ideología, sino de todos los españoles. Y al que le pique, que se rasque. Y por supuesto me alegré (y me reí sobremanera) cuando al finalizar el partido no dejé de escuchar petardos y bocinas de automóviles, cosa que a más de uno le sorprenderá en este Matrix virtual en el que todos deberíamos ser independentistas. Por no hablar de esas concentraciones espontáneas en Las Ramblas y en la Plaza de España de Barcelona, donde miles de seguidores celebraron el triunfo de nuestra selección. Además, jugamos mejor que nadie y disfrutamos de buen fútbol, que no es moco de pavo. |