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![]() "No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. [...] Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo"
"No me gusta nada que haga postrarse a un hombre" "La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres" |
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Casualidades de la vida, el otro día leía una frase de Albert Einstein que decía que sólo el Universo y la estupidez humana son infinitos. Amén. Después de la elecciones de la semana pasada me queda un persistente sentimiento de indiferencia hacia la gente que me rodea. Y es que cada vez me vuelvo más ácrata y más escéptico. Los gobiernos pasan y las cosas siguen igual. Aunque peor irían si los pocos iluminados que todavía quedan quisieran revolucionarlo todo y crear un estado totalitario en el que tuvieras que pedir permiso para ir a mear. Por esa parte me alegro, sí. Me congratulo de que aquellas posiciones ucrónicas hayan quedado reducidas al ridículo. Léase IU y ERC. Estos fósiles decimonónicos se han hundido en la miseria electoral por culpa del “Tsunami bipartidista” que decía Gaspi el otro día. Ahora se acuerdan las huestes del progreso mal entendido de que tenemos una ley electoral patética. Cosas veredes... Lo cierto es que un servidor fue a votar con la ilusión más nimia que recuerda desde sus 19 añitos, edad en la que introdujo por primera ver un voto en una urna. Por primera vez en mi vida he votado a un partido que no es IU en una elecciones generales. Bueno, antes era IC y después lo fue EUiA, pero viene a ser lo mismo. Aunque los años han pasado y las cosas se ven de diferente modo, lo cierto es que todavía recuerdo aquella IU orgullosa con Anguita a la cabeza. Un tío con las ideas claras, sí señor. El mojogaterío progre de pantalón de pijama a rayas, pañuelo palestino y salvador de ballenas se ha estrellado. Normal, si uno tiene en cuenta que los obreros del cinturón rojo hace tiempo que pasan de los pijos de la calle Ciutat de Barcelona. Una vez instalado el movimiento obrero en la sociedad de consumo sólo queda espacio para ZP y su séquito de izquierdistas de visa oro. La bandera roja ha sido sustituida por la multicolor y la hoz y el martillo por vaya usted a saber qué. Pese a lo que representa el comunismo hoy en día, lo cierto es que esa izquierda combativa, sobre todo en el caso de la Europa occidental, tenía algo de utópica y de esparanzadora que el moderno progresismo ha enterrado. Esa conciencia social que se ha diluido en la nada del poscomunismo. ¿Y la derecha? Pues anclada en posiciones que no la benefician, arrimada al ascua candente de una Iglesia que se resiste al paso de los siglos. Por no hablar del miedo que le tienen a un liberalismo serio y alejado de dogmatismo de la moralina. Muchas veces he escrito en este blog sobre la necesidad de una política transversal que se asiente en los principios del reformismo democrático como impulsador de una sociedad de hombres libres. Parece que nada de esto está en la agenda de ningún partido. Bueno, alguno tímidamente lo reivindica, como el caso de UpyD, pero sin concretarlo mucho. Yo ya no sueño con revoluciones, pues he escuchado de primera mano los terrores de los paseos nocturnos, las chekas y la arbitrareidad de quien decide sobre la vida ajena. No, ya tan sólo sueño con que me dejen en paz, con que no me pongan trabas y me dejen desarrollarme como persona. El resto son cantos de sirena, brindis al sol y palabras huecas. Siempre he sentido una fascinación difícil de explicar hacia la Semana Santa. Escribió don Antonio Machado acerca de ese “cantar de la tierra mía que echa flores al Jesús de la agonía y es la fe de mis mayores”. Puedo suscribir una por una las palabras del genial poeta hispalense. Desde pequeño he vivido las procesiones de Semana Santa arropado por mis abuelos, viendo como espectador como se desarrollaban unos hechos que les llegaban a lo más íntimo de su ser. Pese a los años transcurridos, las lecturas y el propósito de maniobrarme en este mundo con la Razón como única brújula, lo cierto es que no puedo dejar de admirarme ante esa muestra de fervor popular que se reproduce cada primavera por todos los rincones de España. Soy agnóstico, lo confieso, y durante muchos años practiqué un decimonónico anticlericalismo del que aún conservo ciertos prejuicios. La Iglesia Católica siempre me ha producido una mezcla de atracción y repulsión que es difícil de explicar. En una pirueta intelectual he conseguido conciliar el rito y el folklore con mi rechazo natural hacia la superstición. Por un lado, soy capaz de estremecerme ante una saeta, un paso o un penitente, pero por otro, mantengo la cabeza fría y soy capaz de vislumbrar el trasfondo que remanece oculto en su interior. Veinte siglos de cristianismo pesan como una losa en el inconsciente de todos nosotros y es difícil desterrar de un plumazo lo que tantas generaciones han creído a pies juntillas. Yo vengo del sur, de una tierra donde las casas se adornan con santos y cuadros piadosos, donde las mujeres se santiguan y le piden a la virgen, donde los hombres se ponen corbata para asistir a misa. De esa herencia soy tributario, aunque muchas veces me pese. Por todo ello debo confesar que me gusta la Semana Santa. Me gustan las procesiones, las películas de romanos y las señoras con mantilla. Me gusta, sí, y no pienso pedir perdón por ello. Me gusta, sí, aunque muy a menudo me cabree como una mona cuando algún obispo se niega a que alguien pueda morir con dignidad o que se investigue con células madre para curar alguna enfermedad congénita. En esa contradicción vivo y he de apechugar con ella. Me gustaría saber que pensaría Jesús de Nazaret de todo esto. Si mi abuela tiene razón, a lo mejor se lo podré preguntar algún día. Esperemos que sea más bien tarde que pronto. Por el momento me conformo con asistir como espectador a un paso sencillo de un pueblo de Granada. Y ante todo la alegría y la ilusión con la que tanta gente vive estos días, ya sea con recogimiento religioso o con espíritu festivo. Al fin y al cabo es parte de lo que somos, de lo que nos define y que explica tanto lo bueno como lo malo que existe en nosotros. Arturo Pérez Reverte Hace tiempo que no les cuento ninguna historieta antigua, de ésas que me gusta recordar con ustedes de vez en cuando, quizá porque apenas las recuerda nadie. Me refiero a episodios de nuestra Historia que en otro lugar y entre otra gente serían materia conocida, argumento de películas, objeto de libros escolares y cosas así, y que aquí no son más que tristes agujeros negros en la memoria. Hoy le toca a un personaje que, paradójicamente, es más recordado en los Estados Unidos que en España. El fulano, malagueño, se llamaba Bernardo de Gálvez, y durante la guerra de la independencia americana –España, todavía potencia mundial, luchaba contra Gran Bretaña apoyando a los rebeldes– tomó la ciudad de Pensacola a los ingleses. Y como resulta que, cuando me levanto chauvinista y cabrón, cualquier español que en el pasado les haya roto la cornamenta a esos arrogantes chulos de discoteca con casaca roja goza de mi aprecio histórico –otros prefieren el fútbol–, quiero recordar, si me lo permiten, la bonita peripecia de don Berni. Que fue, además de político y soldado –luchó también contra los indios apaches y contra los piratas argelinos–, hombre ilustrado y valiente. Sin duda el mejor virrey que nuestra Nueva España, hoy Méjico, tuvo en el siglo XVIII. Estamos secos. Como no se ponga a llover a cántaros nos quedamos sin agua de aquí a cuatro días. De momento ya nos traen el preciado líquido desde Almería, que tiene guasa. Nuestros próceres vernáculos se están planteando hacer un trasvase desde el Segre, que como es más pequñito y está cerca no levantará el revuelo de aquel otro del Ebro. Suelen decir los amigos de los pobres que hay que redistribuir la riqueza, aunque al parecer tan loable intención se limita al vil metal, a lo pecuniario. Si resulta que el Ebro baja con un caudal 6 metros superior a lo habitual y en Villaborricos de Abajo se mueren de sed, pues mala suerte. Spain is diferent, que diría aquel. Parece que nadie se acuerda ya de aquel Plan Hidrológico nacional cuyo pecado original es haber sido puesto en marcha (porque la yo contemplaba el PSOE de felipe González) por un Gobierno facha. La política cainita de este país se ha ocupado de sepultar en el olvido una de las pocas cosas coherentes que se han planteado en los últimos años: redistribuir el agua. Algunos objetarán que el trasvase de marras ponía en peligro la supervivenciade la rana del delta y de la libelula picuda. Vaya usted a saber. Lo único constatable es que a estas alturas estamos sin agua. Y no sólo para consumo humano, sino para regadíos y campos de golf, esos inventos de los ricos que no generan riqueza, ni empleo, ni atraen turistas. También está por demostrar que esas riadas que bajan por el Ebro y que van a parar al mar sean tan beneficiosas para el delta. Por lo pronto nos espera un verano de aquellos que dan miedo y un gobierno progre que con la excusa de la ecología importa electricidad de Francia (producida en plantas nucleares) o la genera en contaminantes centrales térmicas; prohibe los grandes travases pero destroza pequeñas cuencas fluviales como la del río Castril con la excusa -a buenas horas mangas verdes- de que el agua es de todos. Todo ello por no hablar de esas plantas desalinizadoras que emiten una cantidad ingente de CO2 a la atmósfera. Pero no pasa nada, somos muy pero que muy ecogilipollas. |