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Jóvenes y liberales

Decían esta mañana en la radio que nunca antes en la historia de España había habido un número tan considerables de jóvenes liberales como ahora. Supongo que es cierto, aunque me hubiera gustado ver lo que se cocía en las facultades durante la primera mitad del siglo XIX. En fin.

De todas maneras, lo que uno sí percibe es cierto distanciamiento con las ideas que nos movilizaron a muchos no hace tanto tiempo. Las universidades ya no son un hervidero de jóvenes revolucionarios dispuestos a cambiar el mundo y jugar a mayo del 68, y eso se nota. No puedo decir que me alegre, puesto que soy de los que piensan que las ideas revolucionarias son una estupenda escuela para los liberales del futuro. En muchos casos, el ansia de justicia y de libertad, que ton tanta vehemencia se practica durante la juventud, cristaliza con el paso de los años en una nueva concepción del mundo que pasa por la libertad individual entendida como piedra de toque sobra la que se sustenta cualquier otro derecho.

Pues bien, lo que sí que parece claro es que muchos jóvenes se saltan este paso previo y se instalan en el liberalismo de forma natural. Una posible explicación pasa por los ejemplos del llamado Socialismo Real. Porque en estos tiempos que corren ya nadie, o casi nadie, sueña con una reedición de ese sistema fallido que condenó a la carestía, cuando no directamente al hambre, a millones de seres humanos.

Decía Winston Churchill que la democracia es el peor sistema si exceptuamos todos los demás. Y es que el ser humano no ha sido capaz de encontrar una alternativa viable al capitalismo y, por ende, al liberalismo político (entendido éste en su definición más amplia). Esta falta de alternativas ha calado en muchos de nuestros jóvenes, más si se tiene en cuenta que durante los últimos 30 años de democracia en España, 16 los hemos vivido bajo gobiernos de izquierda con todo lo que ello representa. Y es que el caso de España es singular, ya que en la izquierda se ha instaurado una especie de pensamiento “progre” y políticamente correcto que adolece de cierto anquilosamiento. Al estar basado en clichés e ideas preconcebidas, esta ideología es incapaz de evolucionar y adaptarse a los nuevos retos que plantea el futuro. Aspectos como la inmigración, el auge de los nacionalismos, la globalización, la educación o la defensa de la democracia contra sus nuevos enemigos, son tratados por los “progres” desde el simplismo políticamente correcto y la frase hecha.

Es cada vez mayor el número de españoles, y por ende de jóvenes, que ven la artrosis en la que se ha sumido el izquierdismo. Es difícil, por no decir imposible, habla de que “un mundo mejor es posible” cuando al mismo tiempo se defiende una dictadura como la castrista, con más muertos en su haber (guste o no es un hecho objetivo) que la infame dictadura del general Pinochet en Chile. Por no hablar de las prácticas poco democráticas de Hugo Chávez y del fracaso estrepitoso de su política económica.

Así que, pese a que los últimos tiempos algunas universidades saltan a los titulares de los periódicos por agresiones e insultos a María San Gil o a Rosa Díez, lo cierto es que cualquiera que se de una vuelta por una facultad puede darse cuenta de lo mucho que han cambiado las cosas últimamente. Aunque siempre quedarán los cuatro irreductibles de siempre, que ya, estas alturas, forman parte del folklore universitario. 

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