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Un poquito de porfavor

Estaba el otro día comiendo apaciblemente con unos compadres cuando la conversación viró hacia el plan Ibarretxe y toda esa milonga. De los tres contertulios dos éramos de ascendencia sudista y el restante un aborigen del Montsiá—que como él mismo dice es una cosa extraña incrustada en Cataluña—. Pues bien, entre chato y chato de vino les comentaba a mis amigos que, en un momento dado, no tenía la más remota ilusión por escoger una nacionalidad que me diferenciase de ninguno de ellos. Que no, que ganas las justas de decirle a mi amigo Robert que es de otra nacionalidad que yo. Tengo muchas más cosas en común con él—como el gusto por las señoras voluptuosas o el amor al rock duro—que con algún ceporro de los de la banderita española en el chandal. Así que bueno, decidimos que si la cosa se ponía fea siempre nos quedarían las islas Feroe o algún lugar tranquilo de este mundo desde el cual observar como se tiraban los trastos a la cabeza entre unos y otros.
Comprenderán ustedes la esquizofrenia de un servidor al tocar el tema de la nacionalidad intrínseca. Nunca me he sentido cómodo entre señores con bigote recortado ni en la compañía de salvapatrias de medio pelo obsesionados por la pureza de la lengua. Imaginarán ustedes la poca gracia que le hace a un servidor que según que pazguatos se dediquen a joder la marrana y a calentar los ánimos. La misma gracia que le haría a más de uno que le dijeran que su mejor amigo es un extranjero—no es de su misma nacionalidad—y que se tiene que ir de chetnik al Tibidabo a lanzar castañas contra la plaza de Sant Jaume. A lo mejor esto que digo puede resultar muy exagerado y muy fuera de tono, pero no sería la primera vez que pasa en este continente. Y quien dice Tibidabo dice también la orilla izquierda del Nervión o la islita esa tan coqueta de la bahía de la Concha.
A ver si de una vez por todas nos dejamos de leches y nos dedicamos a sacar a este país a flote, que si antes ya era el esperpento de la Europa occidental, ahora ya ni les cuento el espectáculo que estamos dando.
Porque en esta semana que llevamos ya he oído varias veces las palabra “tanques”, “boicot”, “artículo 155” y un sinfín de lindeces que le amargan la cerveza a un servidor. Así que bueno, ellos sabrán, pero luego que no vayan—unos y otros—poniendo el grito en el cielo porque el vecino resulta que es un cafre de tomo y lomo y—casualidades de la vida—se presenta a las tantas de la madrugada con unos amigos para invitarnos a una fiesta particular. Uno pediría, como dicen en una serie televisiva, un poquito de porfavor.
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