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Un facha de siete años

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 6 de Julio de 2008


Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas.

La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y que cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen. Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo. La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie. España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira. Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada. A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos.

Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando. Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda. Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anésdota anesdótica. Una de tantas.

Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío. Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario.

Siete años, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasconi en Cataluña, ni en Galicia. En la Manga del Mar Menor, provincia de Murcia. Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.»

Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda.

11/07/2008 12:39 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Entrevista a Julián Lago

Podría decirse que Julián Lago se desnuda en su libro demorias "Un hombre solo". No he leído el libro, pero creo que acabaré por hacerlo en breve. De momento ahí les dejo una interesantísma entrevista al autor donde éste reparte estopa a diestro y sieniestro, cosa que es de agradecer.

 

11/07/2008 11:39 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 2 comentarios.

Información parcial

 

Hace unos meses me invitaron a participar en una conferencia sobre la mala imagen de Israel en los medios de comunicación. Humildemente expuse mi punto de vista, derivado en gran parte de un nutrido elenco de situaciones vividas en carne propia. Básicamente, todo se resume en que la izquierda de los países occidentales se alineó con la Unión Soviética durante la Guerra Fría en su apoyo a la causa palestina. Se pueden encontrar precedentes en la votación por la creación del Estado Judío celebrada en la sede de la ONU en 1948 o en la Conferencia de Bandung de 1955, donde se reunieron los llamados países no alineados. En cualquier caso, mucha gente de izquierdas sigue criticando con fiereza al Estado de Israel más por una pose ideológica que por convicción real.

En este sentido, la Asociación Solidaridad España Israel ha editado un vídeo (es sólo un parte de lo que aparece en su web, les recomiendo lsobre todo que jueguen a este juego) sobre cómo sería vista España en el extranjero si aparecieran constantemente noticias negativas sobre ella en los telediarios. En el vídeo se pueden apreciar ciertos hechos constatables que dan mucho que pensar sobre nuestro país a la par que ponen de manifiesto que una información parcial puede socabar la más incuestionable reputación. Véanlo y piensen en ello.

 

03/06/2008 20:03 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 1 comentario.

Imágenes desde Marte

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Les invito a que se den una vuelta por la web de la NASA para echar un vistazo a las últimas imágenes del planeta rojo enviadas por la sonda Fenix. Hoy es uno de esos días en los que uno admira que el ser humano sea capaz de hacer cosas así.

Alguna vez, hablando con un amigo, hemos llegado a la conclusión de que las noticias verdaderamente importantes son estas. Al fin y al cabo estas cosas son las que nos permitirán (o no) seguir viviendo en el futuro. Dentro de 100 años nadie se acordará de los políticos de hoy en día, pero los resultados científicos de esta expedición habrán sido fundamentales para el desarrollo de otras misiones que, quién sabe, hayan conducido al hombre a vivir permanentemente en otros planetas.

Desde pequeño he sentido una gran fascinación por todo lo que está más allá de la atmósfera, así que comprendan ustedes mi excitación en estos momentos. Mi felicitación a todos aquellos que han hecho posible esta nueva proeza del ingenio humano. Espero que la cosa no se pare aquí y que pueda llegar a ver al primer hombre poner un pie en Marte.

26/05/2008 13:19 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 1 comentario.

Esperanza Aguirre y el liberalismo

Les dejo el interesante discurso que Esperanza Aguirre pronunció ayer.  
Quiero empezar mi intervención agradeciendo a los organizadores de este almuerzo su generosa invitación a dirigirles la palabra. Gracias, por tanto, a Unión FENOSA, a Deloitte y, por supuesto, a ABC por proporcionarme esta oportunidad. Gracias a ellos hoy podré hacerles partícipes de mis reflexiones sobre la política en general, y, en particular, sobre la vida política española de hoy.
Agradecer al ABC esta oportunidad me permite reiterar la gratitud que los liberales le debemos, pues siempre, aun las épocas más adversas, hemos tenido sus páginas a nuestra disposición. Hoy voy a hablarles poco de la Comunidad de Madrid y de los proyectos e iniciativas que estamos impulsando desde el Gobierno y que creo que ustedes ya conocen.
Hoy quiero hablarles más de política, de principios, de ideología, de prioridades y de futuro. Señoras y señores, El 29 y el 30 de junio de 1985 tenía lugar en Madrid el VI Congreso del Partido Liberal. A mí me correspondió redactar y presentar la Ponencia de Ideología, de la que me voy a permitir leerles un párrafo:

"Hoy, las posiciones ideológico políticas opuestas en todo el mundo occidental dividen a los ciudadanos entre estatistas y liberales, entre los que creen que el Estado puede juzgar mejor que los individuos sobre sus necesidades, y elegir por ellos, y los que consideramos que cada persona debe elegir libremente, siempre que las necesidades mínimas estén garantizadas."
Hoy, 23 años después, las convicciones liberales que entonces expresaba con firmeza y con claridad en aquella ponencia se han hecho aún más fuertes. Porque la experiencia de estos 23 años ha demostrado cumplidamente su eficacia en la práctica para promover la prosperidad allá donde se han aplicado.
Y puedo asegurar que, desde que fui elegida Concejal del Ayuntamiento de Madrid, hasta hoy, siempre he tenido muy claro que si estaba en política era para defender esas ideas liberales y para llevarlas a la práctica.
Porque esas políticas liberales no sólo promueven más prosperidad y oportunidades para todos, sino que son las más sociales, las que permiten impulsar y articular mejor la solidaridad entre los ciudadanos. Una solidaridad que busca que nadie se quede descolgado, que nadie se quede atrás, y que todos tengan acceso a la prosperidad que entre todos estamos creando.
Señoras y señores, España acaba de celebrar unas Elecciones Generales y el Partido Popular ha obtenido un buen resultado. Hemos conseguido más de medio millón de votos más que en 2004 y hemos rozado nuestro récord de 2000, cuando obtuvimos mayoría absoluta. Y hemos obtenido más votos y más porcentaje que en 1996, cuando gobernamos. Pero, a pesar de este muy buen resultado, no hemos ganado las Elecciones.
Saber por qué no hemos ganado estas Elecciones requiere, sin duda, un análisis muy pormenorizado de los resultados y de sus causas, y no es éste el lugar para hacerlo. Sin entrar en demasiadas profundidades, sí parece evidente que el PSOE ha crecido a costa de IU y de los nacionalistas por una razón muy clara, porque se ha presentado con el aval de una Legislatura en la que ha impulsado muchas iniciativas que coincidían con las de Llamazares o las de Carod-Rovira. Pero también es verdad que ese sesgo hacia posturas extremistas y nacionalistas no ha provocado ninguna desbandada entre los votantes moderados y antinacionalistas del PSOE hacia nuestras filas. Ha sido un avance importante entre el electorado del PSOE, pero no suficiente. Dicho de otra manera, al PSOE no le han pasado factura sus iniciativas más nacionalistas y más izquierdistas.
El corrimiento del electorado socialista hacia nuestras filas no ha sido todo lo intenso que cabía esperar, probablemente, porque nuestros adversarios se han dedicado durante toda la Legislatura pasada a plantear debates ideológicos que escondían trampas para hacernos aparecer como un "nasty party", como un partido antipático, anticuado, al que le cuesta mucho trabajo ganar terreno entre sus contrincantes. Y les pondré sólo un par de ejemplos de cómo esas maniobras ideológicas de los socialistas han logrado colocar al Partido Popular en esa incómoda posición.
Desde la promulgación de la Ley del matrimonio homosexual, el 2 de julio de 2005, hasta final de 2006 (última fecha para la que tenemos datos absolutamente fiables) sólo se casaron 5.582 parejas homosexuales. Esto da una idea de que el debate que suscitó la aprobación de esa Ley era más ideológico que afán de resolver un acuciante problema social. Pero ese debate fue utilizado para trazar una línea que clasificara a los ciudadanos entre los que están por la modernidad y a favor de los homosexuales, personas que han sido secularmente perseguidas, y los que ponen un freno al avance de nuevas formas de familia y todavía guardan recelos hacia la libre sexualidad de las personas.
El debate, así planteado, siempre tendría un ganador, como hemos podido comprobar. Y lo paradójico de este debate es que Rodríguez Zapatero lo plantea, seguro de ganarlo, a pesar de presentarse como heredero del socialismo histórico español (en el que proliferan los casos de escandalosa homofobia, y ahí están las referencias a los "invertidos" de Largo Caballero en sus memorias, o la actitud de los dirigentes del PSUC, los comunistas catalanes, ante personalidades como Jaime Gil de Biedma, al que, ya en los años 60, no le permitieron afiliarse por su condición homosexual). A pesar de presentarse como condescendiente con Castro, que directamente los encarcela, o como impulsor de una inconcreta "alianza de civilizaciones" con países en los que se les ahorca.
Y nosotros, el Partido Popular, que no tenemos ningún lazo histórico ni afectivo con regímenes donde se haya perseguido a los homosexuales y que siempre hemos denunciado radicalmente la homofobia, hemos aparecido en ese debate como la fuerza que se opone a una extensión de derechos. Es sólo un ejemplo, pero es un buen ejemplo, de las trampas ideológicas que nos ha tendido Rodríguez Zapatero. Pues, y es lo más grave, negarse a llamar "matrimonio" a la unión civil de homosexuales era la posición más correcta para defender de verdad sus derechos. Y evitar –como así ha ocurrido– que las legítimas aspiraciones de los homosexuales se utilizaran para dividir ideológicamente a la sociedad española y no para defenderlos de verdad, como sujetos de derechos y no como piezas de un colectivo.
Veamos otro ejemplo de utilización ideológica de un debate planteado únicamente para resucitar agravios, crispar la convivencia y colocar al Partido Popular "en el lado malo de la historia": la Ley de Memoria Histórica. La realidad es que nadie puede decir que, desde 1977 hasta hoy, el Estado haya sido cicatero con las víctimas de la Guerra Civil. Es verdad que la inmensa mayoría de las terribles tragedias individuales que la Guerra Civil provocó no tiene ya solución, pero el Estado ha intentado, bajo los distintos gobiernos sin excepción de estos 31 años, paliar en lo posible todas las situaciones injustas. Por eso, hasta la fecha, ha indemnizado a las víctimas con más de 16 mil millones de euros, y desde 1977 hasta hoy todo el que ha querido reivindicar a cualquier personalidad republicana ha podido hacerlo con toda facilidad. Creo firmemente que una sociedad decente no puede permitir que quede ni una sola víctima de la Guerra Civil sin enterrar con todo el respeto y la dignidad que merece, pero también es cierto que, desde 1977, sus descendientes o sus correligionarios han podido hacerlo.
En el debate que esta Ley ha provocado, nuestro Partido, que no es heredero de ninguno de los partidos de la II República y que no tiene la menor concomitancia con el franquismo, ha defendido que lo importante era "mirar hacia el futuro". Pues bien, esos alegatos a favor de "mirar hacia el futuro" han sido percibidos por muchos como una muestra de inseguridad de nuestra postura, cuando no como un intento de justificar la dictadura de Franco. Y esa negativa a afrontar el debate ideológico en la interpretación de la Historia –porque la Historia se interpreta desde posiciones ideológicas– nos lleva a parecer herederos de un régimen antidemocrático, antiliberal y antinacional, como el franquismo. Un régimen que abominaba de la libertad y que negaba la Nación como sujeto de la soberanía. Un régimen con el que el Partido Popular no tiene nada que ver. Pero nuestra negativa a entrar a fondo en el debate ideológico lleva a los socialistas –ellos, sí, herederos de unos partidos que, desde posiciones totalitarias, coprotagonizaron el fracaso colectivo de la Guerra Civil- a aparecer como paladines de una libertad y de una democracia en las que en 1936 no creían y que ayudaron a destrozar.
Éstos son sólo dos ejemplos de las trampas que nos han tendido y que han servido para colocarnos ante la opinión pública en posiciones que no son las nuestras y para que al votante desengañado del PSOE le resulte difícil dar el paso de votar a un partido liberal y abierto. Porque España no es, ni puede ser, una anomalía en Europa. Y si Zapatero llega hasta 2012 en La Moncloa nos encontraremos con que el PSOE habrá gobernado en España 22 de los últimos 30 años. Algo que no tiene parangón en los países que histórica, económica y socialmente son parecidos al nuestro. Porque las opciones liberales de los países europeos de nuestro entorno no sólo han estado mucho más tiempo en el poder que el Partido Popular en España, sino que, además, son las que han liderado las principales reformas para que esos países prosperen y afronten con mejores garantías las crisis que se les presentan –como la que ya estamos sufriendo–.
Basada en los principios liberales y convencida de que el Partido Popular puede y debe liderar una opción que obtenga el apoyo mayoritario de los españoles, hoy quiero proclamar que no me resigno a que nos presenten como un partido antiguo y retrógrado, cuando somos la opción más abierta, más moderna y la única que no tiene hipotecas con su pasado.
No me resigno a dejar de denunciar el sectarismo del Pacto del Tinell y la actitud profundamente antidemocrática del PSOE cuya política tiene, desde las Elecciones Vascas de 2001, como único objetivo estigmatizar a nuestro Partido y a sus militantes, simpatizantes y votantes.
No me resigno a que nos arrinconen y nos hagan aparecer como enemigos de los homosexuales, cuando no tenemos ninguna tacha de homofobia en nuestra historia.
No me resigno a que nos etiqueten de anticatalanes cuando somos el único partido que de verdad defiende a los ciudadanos de Cataluña, y no utiliza las legítimas aspiraciones de fomento de la lengua y la cultura catalanas para buscar el poder.
No me resigno a que la política internacional de los socialistas haya llevado a España a la tercera división europea. No me resigno a que, con un porcentaje ínfimo de votos, los nacionalistas acaben dictando la política española.
No me resigno a que el Partido Popular no dé las batallas ideológicas y sea capaz de ganárselas a los socialistas.
No me resigno a que los gobiernos del Partido Popular sean una excepción en la democracia española.
No me resigno a que para que gane el Partido Popular los votos de la izquierda tengan que dividirse o que la participación sea muy baja.
No me resigno a que tengamos que parecernos al PSOE para aparentar un centrismo o una modernidad, que ya están en las bases de nuestras convicciones y nuestros principios políticos y no en los de ellos, como he señalado.
Como no me resigno a contemplar impávida cómo la educación en España se deteriora por momentos. Y cómo las universidades españolas no figuran nunca entre las mejores de Europa y, mucho menos, entre las mejores del mundo.
Ni me resigno a contemplar una política del agua que consiste en llevar agua en cisternas desde Almería a Barcelona, y no a dar el agua que sobra en unas cuencas a otras. Ni me voy a resignar cuando veo el escándalo que produce en los ciudadanos el funcionamiento de la Justicia.
Y no me resigno a no desmontar todas las trampas ideológicas que nos tienden nuestros adversarios.
Y como no me resigno a estas y a otras muchas cosas, estoy en el Partido Popular dispuesta a dar la batalla para que los españoles conozcan de verdad la opción abierta, moderna y liberal que es nuestro Partido.
El Partido Popular es un gran partido. Y es un partido en el que caben todos los que creen en la libertad como centro y motor de la vida política y todos los que creen que España es una gran Nación de ciudadanos libres e iguales. Con esos dos principios bien arraigados, estoy convencida de que podemos convocar a una mayoría de españoles. Porque la opción liberal, que consiste en confiar en los ciudadanos, en sus iniciativas, en sus energías, en su creatividad y en su indiscutible afán de prosperar, es la mejor solución para los problemas de los españoles. Y esa opción liberal sólo la ofrece el Partido Popular.
Como también es el Partido Popular el que mejor defiende una idea de España en la que quepamos todos los españoles sin excluir a nadie, una idea de España abierta y no cerrada, una idea de España en la que aceptemos nuestro denso y rico pasado, con sus luces y sus sombras, para aprender de esas luces y para evitar las sombras. Una idea de España que nos sirva de apoyo en un mundo en el que la lengua, la historia y la cultura de España son vistas como una garantía.
Y para presentarnos ante los ciudadanos españoles con nuestras políticas puestas al día, el próximo Congreso es una inmejorable oportunidad. Allí nos toca renovar y actualizar nuestros principios ideológicos y nuestras líneas programáticas. Al mismo tiempo, hay que ilusionar y convocar, desde nuestro Partido, a todos los que creen en la libertad y recelan del intervencionismo socialista, y a todos los que creen que España es una gran Nación. Nuestra tarea, desde ahora mismo, es esa: acercarnos a esa inmensa mayoría para que nos conozcan mejor y para que, cuanto antes, nos permitan gobernar en España.
Esta es la misión del Congreso que se avecina. Muchas gracias.
08/04/2008 09:41 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 3 comentarios.

El hombre que atacó solo

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Arturo Pérez Reverte 

Hace tiempo que no les cuento ninguna historieta antigua, de ésas que me gusta recordar con ustedes de vez en cuando, quizá porque apenas las recuerda nadie. Me refiero a episodios de nuestra Historia que en otro lugar y entre otra gente serían materia conocida, argumento de películas, objeto de libros escolares y cosas así, y que aquí no son más que tristes agujeros negros en la memoria. Hoy le toca a un personaje que, paradójicamente, es más recordado en los Estados Unidos que en España. El fulano, malagueño, se llamaba Bernardo de Gálvez, y durante la guerra de la independencia americana –España, todavía potencia mundial, luchaba contra Gran Bretaña apoyando a los rebeldes– tomó la ciudad de Pensacola a los ingleses. Y como resulta que, cuando me levanto chauvinista y cabrón, cualquier español que en el pasado les haya roto la cornamenta a esos arrogantes chulos de discoteca con casaca roja goza de mi aprecio histórico –otros prefieren el fútbol–, quiero recordar, si me lo permiten, la bonita peripecia de don Berni. Que fue, además de político y soldado –luchó también contra los indios apaches y contra los piratas argelinos–, hombre ilustrado y valiente. Sin duda el mejor virrey que nuestra Nueva España, hoy Méjico, tuvo en el siglo XVIII.

Vayamos al turrón: en 1779, al declararse la guerra, don Bernardo decidió madrugarles a los rubios. Así que, poniéndose en marcha desde Nueva Orleáns con mil cuatrocientos hombres entre españoles, milicias de esclavos negros, aventureros y auxiliares indios, cruzó la frontera de Luisiana para invadir la Florida occidental, tomándoles a los malos, uno tras otro, los fuertes de Manchak, Baton-Rouge y Natchez, y cuantos establecimientos tenían los súbditos de Su Graciosa en la ribera oriental del Misisipí. Al año siguiente volvió con más gente y se apoderó de Mobile en las napias mismas del general Campbell, que acudía con banderas, gaitas y toda la parafernalia a socorrer la plaza. En 1781, Gálvez volvió a la carga y estuvo a pique de tomar Pensacola. No pudo, por falta de gente y recursos –los milagros, en Lourdes–; así que regresó al año siguiente desde La Habana con tres mil soldados regulares, auxiliares indios y una escuadra de transporte apoyada por un navío, dos fragatas y embarcaciones de guerra menores.

La operación se complicó desde el principio: a los españoles parecía haberlos mirado un tuerto. Las tropas desembarcaron y empezó el asedio, pero los dos mil ingleses que defendían Pensacola –el viejo amigo Campbell estaba al mando– se atrincheraban al fondo de la bahía, protegida a su vez por una barra de arena que dejaba un paso muy angosto, cubierto desde el otro lado por un fuerte inglés, donde al primer intento tocó fondo el navío San Ramón. Hubo que dar media vuelta y, muy a la española, el jefe de la escuadra, Calvo de Irazábal, se tiró los trastos a la cabeza con Gálvez. Cuestión de celos, de competencias y de cada uno por su lado, como de costumbre. Calvo se negó a intentar de nuevo el paso de la barra. Demasiado peligroso para sus barcos, dijo. Entonces a Gálvez se le ahumó el pescado: embarcó en el bergantín Galveztown, que estaba bajo su mando directo, y completamente solo, sin dejarse acompañar por oficial alguno, arboló su insignia e hizo disparar quince cañonazos para que los artilleros guiris que iban a intentar hundirlo supieran bien quién iba a bordo. Luego, seguido a distancia sólo por dos humildes lanchas cañoneras y una balandra, ordenó marear velas con la brisa y embocar el estrecho paso. Así, ante el pasmo de todos y bajo el fuego graneado de los cañones ingleses, el bergantín pasó lentamente con su general de pie junto a la bandera, mientras en tierra, corriendo entusiasmados por la orilla de la barra de arena, los soldados españoles lo observaban vitoreando y agitando sombreros cada vez que un disparo enemigo erraba el tiro y daba en el mar. Al fin, ya a salvo dentro de la bahía, el Galveztown echó el ancla y, muy flamenco, disparó otros quince cañonazos para saludar a los enemigos.

Al día siguiente, con un cabreo del catorce, el jefe de escuadra Calvo de Irazábal se fue a La Habana mientras el resto de la escuadra penetraba en la bahía para unirse a Gálvez. Y al cabo de dos meses de combates, en «esta guerra que hacemos por obligación y no por odio», según escribió don Bernardo a su adversario Campbell, los ingleses se tragaron el sapo y capitularon, perdiendo la Florida occidental. Por una vez, los reyes no fueron ingratos. Por lo de la barra de Pensacola, Carlos III concedió a Gálvez el título de conde, con derecho a lucir en su escudo un bergantín con las palabras «Yo solo»; aunque en justicia le faltó añadir: «y con dos cojones». En aquellos tiempos, los reyes eran gente demasiado fina.

26/03/2008 16:52 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Gnossiennes

Por suerte, todavía quedan cosas en el mundo aparte de la política...


Lent et douloureux

 

 

26/02/2008 20:00 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Entrevista a Leguina

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Aunque muchas cosas me separan de Joaquín Leguina, por lo menos me parece un hombre coherente. Ahí les dejo una interesante entrevista de la que me han lamado gratamente la atención algunas respuestas.

–Tras esta legislatura dice adiós al Congreso de los Diputados y de alguna manera a su vida política.Aunque ya lo anunció hace tiempo, ¿como se siente ahora, que llega el momento?
-Ganas de marcharme porque estar aquí ya no tiene sentido. En unos días me iré al Instituto Nacional de Estadística. Pero eso no quiere decir que no vaya a volver, no sé si al Congreso... No está el mañana en el ayer escrito, que decía Machado.
-Ahora tendrá más tiempo para su pasión, la literatura.
- Pues sí. Tengo una novela muy avanzada. O cae antes del verano o después, pero este año cae.
-¿Es una novela de trama política?
- No. Es una novela con muchos rasgos autobiográficos, que quiere ser un poco la historia de una generación, que es la mía. Es una mezcla complicada, que por un lado es autobiográfica y por el otro es ficción. La parte sentimental que tiene que tener cualquier novela, si no se iría de las manos, es completamente de ficción y la parte intelectual, ideológica y vital es el resto.
- Parece que se va decepcionado. ¿Cree que José Luis Rodríguez Zapatero le ha señalado con el dedo, a usted a Manuel Marin…?
"ZP señaló con el dedo a una generación por intereses espúreos"

-¿A mí? No creo. Ha señalado con el dedo a toda una generación por intereses puramente espurios, pero explicables. Es la forma de dejar sin alternativas su propio liderazgo, que es una pretensión de casi todo el mundo y casi todo el mundo fracasa... y espero que él también.
-¿Por qué?
-Porque espero que el PSOE tenga alternativas y que no acabe el PSOE con Zapatero.
-¿El relevo generacional en el PSOE ha sido demasiado brusco?
- Demasiado injusto. Algo hemos hecho mal, pero algunas cosas hemos hecho bien. No sé por qué somos basura.
-Usted y Rosa Díez representan dos maneras dignas de entender la política y de discrepar con el propio partido...
-Rosa Díez ha creado un partido, que a mí me parece una ocurrencia, más que una idea. A mí no se me ocurrirá crear un partido nuevo.
-Pero sí ha acatado la disciplina de partido en contra de sus ideas, como sucedió a la hora de votar sobre el estatuto catalán.
- Por eso no juego a presentarme más, porque que te obliguen a votar cosas en las que estás radicalmente en contra no me gusta.
- El PSOE no despega en las encuestas y la cosas están igualadas. ¿Cuál cree que va a ser el resultado del 9-M?
- Se lo dije una vez a Zapatero en público y él no me desmintió. El gran capital político que tiene en este momento Zapatero es el PP, porque peor que lo hace el PP no se puede hacer. Como se trata de elegir entre dos, más que ganar las elecciones Zapatero, que creo que es lo que va ocurrir, las va a perder el PP.

-¿Se juegan PP y PSOE algo más en las elecciones? Me refiero al liderazgo.
-El perdedor va a tener que coger y hacer las maletas, que no está mal.
-¿A quién beneficia la entrada de los obispos en campaña?
-Le ha metido a Zapatero un millón de votos en el bolsillo. Son unos listos. Es simplemente increíble. ¿No se han dado cuenta en qué país están? ¿No leen las declaraciones de la renta? En un país que se dice católico y es católico, la gente prefiere que se lo gaste el Estado a que se lo gaste la Iglesia Católica. ¿Cuántos ponen la cruz? Visto lo visto, si son personas inteligentes, lo mejor es que cuando hablen de política es que miren para otro lado porque lo único que hacen es excitar a aquellos que se niegan a poner la cruz a ir a votar al contrario de lo que ellos digan.
- Por tanto, cree que sirve para movilizar más al electorado de izquierdas...
- Esto moviliza más el voto de izquierdas, el voto al PSOE, que todos los mítines que se van a hacer durante la campaña electoral. Así de claro. Desde un punto de vista neutral y de espectador es de risa.
-¿En caso de victoria del PSOE sería bueno volver a tener de compañeros de viaje a los partidos nacionalistas?
- No. Evidentemente, no. El gran problema político que existe en España se llama así: los nacionalistas. Parecería lógico, si todo el mundo está de acuerdo con que es un problema político creciente, porque no hay más que oír las declaraciones cada vez más subidas de todo de los Ibarretxe, de los Carod o del propio Artur Mas, que es un magnífico vendedor de corbatas de El Corte Inglés, como todo el mundo sabe, ponerse las pilas y decir: ‘Queridos amigos, hasta aquí hemos llegado’. Este juguete que habéis tenido, como niños malos que sois os lo vamos a quitar. ¿Y cuál es el juguete? La Ley Electoral.
-¿Por qué no se afronta la reforma de la Ley Electoral?
- Porque no se quiere y se tiene miedo. Para los aparatos de los partidos cualquier reforma del sistema proporcional corregido actual a un sistema mayoritario, que dejaría fuera de juego a toda esta barandalla, no se quiere. En un sistema abierto, mayoritario, temen que les pase lo que a Tony Blair en Londres. Dijo a ‘este chico que hay ahí y que quiere ser alcalde, que me lo quiten’. Y ese chico que le quitaron de la candidatura del Partido Laborista se presentó por libre y les ganó. Es el actual alcalde de Londres. Al día siguiente tuvo que llamarle Blair por teléfono para decirle ‘me he equivocado, vuelve al partido’. Los aparatos de los partidos en España son una de las mayores perversiones que se han creado.
-Y la reforma es necesaria...
Han secuestrado el sistema electoral, te ponen una escoba en la lista y la tienes que votar. Eso es lo que está pasando. El cambio para el crédito de los partidos y para acabar con la broma de los nacionalistas es bastante fácil de hacer. Si se pusieran de acuerdo en el objetivo básico de que hasta aquí ha llegado la broma lo otro vendría luego.
-En una legislatura tan crispada como esta no ha habido acercamiento en los grandes temas de Estado...
-He estado en una comisión que suele tratar temas de Estado, soy el presidente de la Comisión de Defensa, y aquí las leyes que se han sacado han sido por unanimidad. Por tanto, no es imposible. Y para crispación la del 93...
-Calificó de ‘ocurrencia’ que Zapatero hablara de ‘España plural’. ¿Falta sentido de Estado?
-Eso de la España plural es una estupidez. Claro que España es plural, lo que hay que exigir es que el País Vasco y Cataluña sean plurales. Que no se persiga a la gente simplemente porque hable o escriba en español. ¿Cómo se puede permitir que estos tipos vayan a Francfurt a presentar la literatura catalana y prohíban a los escritores catalanes de toda la vida simplemente por escribir en español?
-Tal vez uno de los errores de los últimos años han sido las continuas reformas de las leyes de Educación, no?
-Yo recuerdo bien cómo hizo la reforma educativa el PP. La penúltima la hizo con nocturnidad y alevosía, sin unanimidades ni consensos, haciéndonos votar a las tres de la mañana. Un escándalo la señora Pilar del Castillo. Y luego viene el otro y el bandazo. Los alumnos y los chavales no pueden estar a bandazos. Tiene que haber una Ley de Educación que dure al menos veinte años.
-¿El voto se decidirá más por la situación económica actual o por la ideología?
-Los datos económicos forman parte de la realidad social de forma relevante, pero si miramos atrás con objetividad, estos años han sido bastante buenos. En tres meses no va a cambiar la gente tan radicalmente. Cuando hay una crisis de verdad sí que influye, pero así a corto plazo, no lo creo. Las ofertas electorales, más que sobre puntos económicos, son fiscales... y dan risa.
-¿Un presidente de un gobierno puede negociar con ETA sin el consenso de todos los partidos?
-No es un tema en el que Zapatero se encuentre incómodo porque su argumento es muy poderoso: ‘Todos lo han intentado y todos han fracasado; yo también’. No creo que le quite un solo voto, porque todos los que se meten con él y le maldicen por esto son gente que jamás le iba a votar. No entiendo bien por qué el PP se mete en ese jaleo.
–¿El Gallardonazo ha dañado el crédito de las instituciones madrileños?
- No me atrevería a decir tanto, pero no le ha hecho ningún favor ni al PP ni a la política.
-¿En qué ha cambiado la Comunidad de Madrid desde que abandonó su presidencia en 1995?
-He sido presidente en el Jurásico... Desde el punto de vista institucional han cambiado competencias y luego la sociedad ha cambiado, en general para bien. Díría que todo ha cambiado para bien menos en una cosa: el tipo de urbanismo que ha hecho la derecha.
-¿Por ejemplo?
- Me refiero al tipo de urbanismo como el de los Planes de Actuación Urbanística, un desastre. Como el de las Torres del Real Madrid, para mi gusto; como el la carretera de La Coruña, con miles de adosados, que me parecen estéticamente deplorable.
-¿Y en el Corredor?
- Se ha destrozado menos, quizá porque era un sitio muy degradado antes de la democracia. Era un territorio industrializado a todo correr, que cuando llega la democracia entra en crisis desde el punto de vista industrial. Pero como ejemplo de mal urbanismo pondría otro.
-¿Los madrileños se sienten más identificados con su Comunidad o desconocen , por ejemplo el trabajo de la Asamblea de Madrid?
- A veces es bueno... Los madrileños saben qué es la Comunidad de Madrid. Si salen a la calle, desde la enseñanza de los niños, la universidad, la Sanidad, el agua,... toda la vida cotidiana depende de la Comunidad. Los malos ratos que pasamos en los inicios pasaron a la historia.
-¿Sería bueno retomar el debate de las circunscripciones que quedó paralizado en la anterior legislatura y que necesita consenso de los partidos?
-No estoy de acuerdo. Las cosas hay que cambiarlas cuando algo no funcionan bien. ¿Qué es lo que no funciona? Que me lo expliquen.
-Algunos dicen que se sentirían mejor representados por zonas...
-Pero si aquí no somos nacionalistas, somos racionalistas. Si yo vivo en la Puebla de la Sierra, por qué no me voy a sentir representado por un diputado porque haya nacido en Navalcarnero. A esas zonas les va de cine con la Comunidad de Madrid. Siendo un sistema proporcional no ha surgido el gran problema que es la dispersión de voto.
-¿Tras el batacazo del PSM en Madrid el 27-M y con el desembarco de Tomás Gómez llega la hora de apostar en firme?
-Lo veo difícil y con un virus interno brutal en la antigua FSM. Tomás Gómez salió casi con el 90% de los votos, arrasando en las urnas internas. Han pasado seis meses y ya le están montando el lío, ya le están preparando la cama. No hay derecho.
-¿Quién lo está haciendo?
-Los anteriores, Simancas y compañía. Tienen un argumento básico: no se van a ir. Y no se van a ir porque no tienen adonde irse. Me temo que le van a hacer la cama y es una locura.
- ¿Confía en Tomás Gómez? ¿Y en el nuevo socialismo?
-Bueno, mejor el antiguo socialismo, que ganaba elecciones... Tomás Gómez es un hombre valioso, tiene un buen equipo.
-Además le dijo a Gómez que sería bueno que fuera diputado...
-Sí, se lo dije. Y le dije más: ‘Tienes que ir de diputado y si gana Zapatero que te haga ministro de Fomento, que mejor que lo están haciendo ahora seguro que lo haces’. No quiso, entre otras razones, porque no quiere dejar su Alcaldía de Parla. Me parece razonable porque ha tenido éxitos muy notables y la gente le quiere mucho. Y en política es muy importante.

 

20/02/2008 00:23 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 2 comentarios.

La aventura africana y la cueva de Moratinos

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HENRY KAMEN 

Pensarán algunos que yerro cuando cito aquí pasajes del famoso libro sobre Don Quijote, escrito por el honorable Miguel de Cervantes, pero pienso sinceramente que mis fuentes son correctas. Me refiero, por supuesto, a «las admirables cosas que el estremado Don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Moratinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa». La verdad es que no se puede dudar de la existencia de la cueva, porque yo también la he visto y paso a contar lo que de labios de Don Quijote salió. Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere.

La verdad es que antes de que el famoso hidalgo bajara a la cueva de Moratinos, le habían dicho que ésta se encontraba en el corazón de la Mancha; sin embargo, cuando entró, vio que estaba en otro continente. En la cueva se topó con un venerable señor, pequeño y un tanto corpulento, medio calvo y con una alegre sonrisa en su redonda cara, que le dijo: «Soy el mismo Moratinos de quien la cueva toma nombre, y ésta es mi tierra que, vosotros mortales, conocéis como Africa». «¿Cómo es eso?» le preguntó el valeroso caballero, «¿cómo es que yo entré dentro de las entrañas de España y he acabado en Africa?». «Eso es fácil de explicar», dijo el otro, «porque en verdad todos los caminos llevan a Africa». «¿Pero no sois vos, venerable señor, una persona de cierta distinción en vuestro propio continente? ¿Por qué habéis venido a Africa?».

«¡Ay!», contestó él, «debéis escuchar mi triste historia. Hubo un tiempo en que yo estaba en una posición de autoridad en mi tierra, y dirigía su política exterior. Muy pronto, sin embargo, los dirigentes de las otras naciones empezaron a cuestionar mi política y despreciar mis iniciativas. Los mandatarios extranjeros que hablan extrañas lenguas como inglés, alemán, francés y ruso empezaron a discrepar de mi política y me contradecían en sus reuniones. Un comentarista del Strategic Study Group de Estados Unidos llegó a declarar que 'España ha perdido su credibilidad'. Así que comprendí que es mejor cultivar amigos en tu propia familia, y me adherí a los generosos dirigentes que hablan nuestra misma lengua. Tu habrás visto como me acojo al amable y cultivado dirigente de Venezuela, a quien el anterior Gobierno de mi país vilmente intentó derrocar; pero todos mis gestos de amistad se colapsaron cuando mi Rey, públicamente, le enseñó el dedo. Realmente no es justo. He puesto todo de mi parte para apoyar el régimen progresista de Cuba, pero los otros europeos se me han opuesto constantemente. Y ahora otros países europeos acaban de tener una reunión en Londres, pero han rehusado invitar a mi venerado dirigente. Ciertamente, parece que todos se burlan de mí. Ni tan solo he tenido el privilegio de encontrarme formalmente con el gran dirigente de Estados Unidos. Su representante, Condi, me visitó brevemente el año pasado. Cuando defendí mi amistad con Cuba y dije 'estoy seguro de que con el tiempo usted se convencerá de que mi estrategia producirá resultados', ella simplemente movió sus ojos y dijo: 'No aguantes la respiración.' ¿Puedes entender por qué estoy molesto?».

«Veo vuestras razones», dijo Don Quijote, con cierta simpatía, «¿pero supongo que habrá alguna salida para vos?».

«Por supuesto, por supuesto», respondió el guardián de la cueva. «He inventado una nueva Alianza que substituirá todas las otras alianzas, porque sólo será entre gente civilizada. La he llamado Alianza de Civilizaciones, porque será sólo para gente progresista, no para europeos o norteamericanos. Tuvimos una reunión en Madrid este año. Costó muy poco, unos cuatro millones de euros, que no es nada por tan valioso foro. Y ofrecimos nuestro firme apoyo a Turquía, a quien los europeos han excluido de su familia. Tenemos mucho en común con nuestros amigos turcos».

«Sé eso», dijo Don Quijote, «mi amigo Cervantes tuvo un notable encuentro con ellos en un lugar llamado Lepanto. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Decidme, amigo Moratinos, ¿cómo es que habéis limitado vuestra Alianza sólo a musulmanes? Corregidme si me equivoco, ¿pero no tenían los judíos también una civilización en España?».

«Tonterías, los judíos no han sido parte de España desde hace mucho tiempo, mucho antes de Lepanto. No pertenecen a la Alianza porque sus puntos de vista son diferentes, ellos no piensan como yo. No son parte de nuestra civilización. ¿Acaso sois judio?».

«No, no en absoluto, os lo aseguro. Soy un buen cristiano, como vos. Y apoyo a la Santa Inquisición».

«Pero si apoyáis a la Santa Inquisición, ¿acaso sois un integrista, fundamentalista y neoconservador, como los obispos de mi país, que también se me oponen?».

«No, no, os lo aseguro. Entonces, decidme, buen amigo, ¿pensáis que deberíamos rechazar a los europeos y norteamericanos y confiar sólo en los musulmanes?»

«Bien, es verdad que nuestro destino no es Europa, sino que se sitúa hacia el sur, en Africa. Es por eso que esta cueva se halla en Africa. Acabo de hacer un largo viaje a través del continente, y tranquilizado a todas las gentes del continente diciéndoles que obtendrán de mí -de nosotros- aquello que no han podido obtener de los europeos y norteamericanos, amistad verdadera y mucha ayuda financiera, de modo que puedan vivir al fin en paz. Incluso hablo su lengua: 'nalingi botondi', les dije en el Congo. Tal vez os preguntéis, por qué Africa. Os lo diré, en palabras de uno de nuestros filósofos, Ortega y Gasset: Africa para nosotros es 'una fatalidad histórica y, en la Historia, la fatalidad es obligación'. Otro de nuestros grandes hombres, Joaquín Costa, explicaba que 'el Estrecho de Gibraltar no es un tabique que separa una casa de otra casa; es, al contrario, una puerta abierta por la Naturaleza para poner en comunicación dos habitaciones de una misma casa'».

«He oído», comentó Don Quijote, «que intentáis construir un túnel por debajo del mar para conectarnos a Africa».

Al oír la palabra «túnel» los ojos del guardián Moratinos se iluminaron, y las palabras casi se precipitaron de sus labios. «¡El túnel, el túnel! Sí, ese es el gran futuro. Costará casi nada, y será más grande y mejor que cualquier cosa que han construido los británicos y franceses bajo el Canal de la Mancha. Mi túnel irá desde La Mancha -perdón por el juego de palabras- directamente a Marruecos. Realmente convertirá a Africa y a nosotros mismos en 'dos habitaciones de la misma casa'! ¿Os podéis imaginar eso? Millones de españoles podrán ir libremente a Africa, y millones de africanos nos vendrán a visitar. Como dije el otro día en Luxemburgo: 'Va a ser irreversible que el continente africano sea uno de los ejes prioritarios de la política exterior española'. ¡Africa, Africa, ese es el gran futuro para nosotros! ¡España será grande en Africa!».

«He oído estas palabras antes», Don Quijote murmuró, sin atreverse con el emocionado guardián, «pero las dijo alguien poco antes de una batalla que ocurrió en un lugar llamado Annual».

«Como no estás experimentado en las cosas del mundo», el guardián respondió, a penas escuchado lo que Don Quijote decía, «todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles. La verdad es que en esta cueva he descubierto los secretos del futuro, y aunque neguéis con la cabeza os puedo asegurar que, a pesar de que tanto Washington como Londres me han cerrado las puertas, el camino hacia delante se encuentra donde siempre ha estado desde los grandes días de Isabel la Católica, en Africa».

Esas fueron las últimas palabras que Don Quijote oyó antes de que, de repente, se desvaneciera, y se despertara delante de su buen amigo Sancho Panza. Cuando explicó todo lo que había visto y oído a su sorprendido asistente, Sancho comentó: «Bien se estaba vuestra merced acá arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse».

06/02/2008 12:49 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Cómo dejé a Marx

Cómo dejé a Marx

Por Pío Moa

En De un tiempo y de un país escribí: "Una mañana, tomando café en el café Kühper [de Madrid], junto a la glorieta de Bilbao, llegué, tardíamente, a esta conclusión: la cuestión central del marxismo no puede ser más que el stalinismo".
"Si algo tiene de científico el marxismo es su subordinación al criterio de la práctica –añadía–. Y la práctica marxista, más allá de cualquier condicionamiento especulativo, consiste en el stalinismo, insuperado e insuperable, salvo matices o intentonas frustradas, en los países del socialismo real. Insuperado en Occidente por bibliotecas enteras de lucubraciones que no anuncian revolución alguna. Considerar el stalinismo como la práctica del marxismo es sin duda una hipótesis, pero no una más, sino la única desde la que es posible ahondar. Ni la controversia chino-soviética ni los discursos jruschofianos ni los tochos occidentales han resuelto la cuestión. Ni siquiera la han planteado consecuentemente. Al contrario, la han rehuido por sistema (…) Comprendí el sinsentido de la reconstrucción de inciertos partidos proletarios auténticos. Era la crisis del marxismo el problema que había que considerar".
En otras palabras, ¿por qué la teoría marxista derivaba, cuando quería realizarse, hacia stalinismos variados, pero reconocibles? ¿Y cómo se podía construir una sociedad mejor por medio de tanto evidente crimen?
(Por cierto, que Cristina Losada me ha comentado que ella también frecuentaba el hoy desaparecido café Kühper, no sé si por las mismas fechas –debía de ser sobre el 79 o el 80–. No llegamos a conocernos entonces, desde luego).
Pese a aquella conclusión sobre el stalinismo, no le di luego demasiadas vueltas. Entre tres que quedábamos (los hermanos Luis Miguel y Francisco Úbeda y yo), sacamos en abril de 1979 una revista, Contracorriente, para fundamentar la reconstrucción del partido comunista sobre bases sólidas y examinar la crisis del marxismo, cada día más indisimulable. En ella fuimos examinando diversos problemas que nos parecían cruciales: la teoría de los Tres Mundos, base de la estrategia mundial china de entonces, derivación revisionista de la concepción de las "cuatro concepciones fundamentales" maoístas; también la doctrina de Lenin y Stalin sobre las nacionalidades, y otras, como la teoría del descenso tendencial de la tasa de ganancia capitalista según Marx.
Tirábamos la revista en un tabuco alquilado, en el interior de un mugriento patio de una casa vetusta, en el número 3 de la calle del Amparo, próxima a la plaza de Tirso de Molina. Al estrecho patio se accedía por un oscuro pasillo, y a nuestro cuarto de trabajo por unos escalones de madera. Cubrimos la puerta con carteles de árboles y paisajes, para dar la impresión de que nos dedicábamos a la ecología, y organizamos la habitación con mesillas de noche, sillas cojas y otros muebles rescatados de la basura. Utilizábamos una multicopista manual de segunda mano comprada con 25.000 pesetas que nos había facilitado Eliseo Bayo, a la sazón directivo de la revista Interviú. También nos proporcionó la basura algunas planchas de corcho normal y blanco para aislar el sonido de la máquina, poco ruidosa de todas formas, que disimulábamos asimismo con música de una pequeña radio.
Pagábamos el pequeño alquiler (5.000 pesetas mensuales o algo así) entre todos, aunque mis ingresos correspondían en realidad a los de mi abnegada y valiente compañera, P., ya ajena a todas aquellas cosas sin necesidad de disquisiciones teóricas, y que daba clases en un colegio de secundaria. Mi familia me hacía llegar a su vez algunas ayudas, y vivíamos espartanamente.
Otro habitáculo, al lado del nuestro, lo había alquilado gente del PCE (m-l), el partido que había organizado el grupo terrorista FRAP unos años antes. No recuerdo bien cómo lo descubrimos, me parece que porque una vez vi llegar a él, sin que él me viera, a mi viejo compañero de la Escuela Oficial de Periodismo Manuel Blanco Chivite, uno de los indultados en las últimas ejecuciones del franquismo, de 1975. Me parece que el PCE (m-l) estaba ya legalizado, pero posiblemente sometido a vigilancia policial, por lo que redoblamos las precauciones. Los del "m-l" dejaron el local al cabo de un tiempo y más tarde lo ocupó un grupo pro nazi.
El lugar rezumaba ese estilo entre sórdido y romántico que tanto atraía a Pío Baroja y recordaba algunas descripciones de su serie Memorias de un hombre de acción. Ahora que lo pienso, ¡quién sabe si aquellos cuchitriles no habrían albergado otros antiguos trabajos conspirativos!
Normalmente íbamos al sitio al atardecer, uno o dos días a la semana, para discutir los textos e imprimirlos, un trabajo pesado porque la máquina, harto primitiva, funcionaba bastante mal. Aunque mantuvimos el local durante dos años, a la memoria sólo me vienen los dos inviernos, con sus anocheceres fríos y a veces lluviosos. Al terminar parábamos a tomar unas cañas de cerveza en un bar gallego de la inmediata calle de la Espada, A Lareira, que aún existe, cosa rara en una zona donde los pequeños negocios han cambiado tanto. "Vamos a ver si nos dan algo de perro", decía alguno de nosotros, refiriéndose a los trocillos de jamón que nos servían de aperitivo; bromeaba, claro, el jamón estaba bueno.
Mis compañeros no estaban fichados por la policía, que a aquellas alturas tenía seguramente tareas más urgentes que darme caza como en otros tiempos. La foto mía publicada en la prensa nunca le había servido de mucho, por lo que yo me sentía bastante seguro con mi carné falso y mantenía unas precauciones simples: asegurarme de no ser seguido al salir de casa y al volver de cualquier reunión. Hacía mucha vida de bares, donde iba a leer y escribir a base de algún café o algunos vinos. También por entonces tomé afición a los viajes a pie. Pero al mismo tiempo que sacábamos la revista manteníamos una agitación endiablada, con pintadas, repartos de hojas, en las estaciones de metro que daban al Rastro y otros lugares de concentración "de masas". Rara vez tan pocos habrán realizado una agitación tan intensa y sostenida, la cual, pese a nuestra experiencia y precauciones, estuvo un día a punto de ocasionar mi detención, como he contado en el libro.
Tirábamos cosa de un centenar de ejemplares de Contracorriente y los dejábamos en varias librerías izquierdistas. Pocos se vendían: abordábamos la evidente crisis del movimiento comunista, pero, para nuestra sorpresa, tal labor no despertaba apenas atención entre la muchísima gente que hasta hacía poco había creído en Marx. Ya años antes de la caída del Muro de Berlín el marxismo hacía agua en España, aunque siempre de esa forma oscura tan característica, sin estudio ni debate. Intelectuales y no intelectuales cambiaban de convicciones llevados por las modas, sin que ello restara peligro a doctrinas y creyentes.
Organizamos unas charlas sobre estos problemas en el colegio San Juan Evangelista, de tradición progre, y asistieron dos o tres estudiantes y alguna persona algo mayor. Ya me había percatado del cambio de ambiente cuando distribuíamos propaganda en la Complutense: carteles ecologistas, anuncios de tarot, de pronósticos astrales y similares, un tono general de blandenguería y simpleza impensable en los últimos tiempos del franquismo, aún tan recientes, cuando los comunistas de un grupo u otro, siendo pocos, parecíamos dominar la universidad.
Nuestro esfuerzo terminó en abril de 1981, duró dos años justos y sacamos 19 números de la revista, y al final el grupo, grupúsculo do los haya, se disolvió: las dudas impedían seguir como hasta entonces, el trato con otros grupillos parecidos se hacía más y más decepcionante, y la pretensión reconstructora de un "auténtico" partido comunista perdía sentido.
Durante esos dos años escribí asimismo De un tiempo y de un país, y en 1982 intenté publicarlo. Lo conseguí finalmente gracias a la generosidad del editor José María Gutiérrez (Ediciones De la Torre), antiguo militante comunista. Poco antes, en octubre, yo había concertado con Rafael Cid una amplia entrevista y la publicación de un capítulo para Cambio 16, revista muy leída entonces. Cid era un periodista próximo a los círculos ácratas, que por entonces también se iban descomponiendo entre querellas internas, después de haber resurgido en la Transición con aparente impulso.
Logo de los Grapo.La distribución del libro la hice yo mismo, pero aun teniendo en cuenta esa limitación despertó muy poco interés. Me sorprendía de que, tras pasarse años hablando del "oscuro Grapo" tantos periodistas y políticos, casi ninguno mostrase curiosidad por aclarar el enigma a partir de un testimonio tan directo. En fin, como dije antes, la época y el ambiente cambiaban con rapidez.
Empecé a interesarme entonces por los programas de reinserción que había puesto en marcha el anterior Gobierno de UCD y mantenía el PSOE, llegado al poder en el 82.
De todas formas, gracias al libro pude hablar en 1983 con Antonio Alférez, de Diario 16, quien me admitió artículos para su periódico. Más tarde telefoneé a Luis María Ansón, que había sido subdirector de la Escuela Oficial de Periodismo (el director era Emilio Romero) cuando le organicé una huelga, creo que la primera de la historia de la Escuela, allá por 1970. Ansón, siempre generoso con los discrepantes, acogió a su vez artículos míos ocasionales, pese a que en ellos rara vez seguí la línea del ABC. Con ello ganaba algún dinero, no llegaba a las 20.000 pesetas al mes de promedio, pero algo era. Vivía aún en la ilegalidad, de hecho tolerada.
Hablé con Juan María Bandrés, célebre abogado que gestionaba la autodisolución del sector polimili de la ETA, parte del cual ingresaría en el PSOE. Me incluyó en la lista, pero el proceso se alargaba, y finalmente mi padre habló no sé si con el Defensor del Pueblo o con un juez que le aconsejó me presentase solo, y así lo hice, por intermedio de una abogada, Pilar Luna Jiménez de Parga. Y en diciembre de 1983, catorce años después de haber ingresado en el PCE, mi vida comunista y clandestina concluyó con una libertad condicional por dos años.
En la entrevista de Cambio 16 me declaraba "marxista con serias dudas", pero me he alargado un tanto y necesitaré otro artículo para concluir el asunto.

Cómo dejé a Marx (y 2)

Por Pío Moa

Karl Marx.
Después de Contracorriente seguí estudiando lo de la tasa de ganancia capitalista y sus descensos. Avanzado 1984 o a principios de 1985 vivía en un pequeño piso interior, muy cercano a la glorieta de Cuatro Caminos, con Violeta, chica guapa, inteligente y llena de vida, refractaria a la política.
Violeta había estudiado turismo y trabajaba en una agencia de viajes. Integrado ya en la legalidad, me deprimía e irritaba lo que juzgaba chabacanización de la vida, una de las compañías parasitarias de la democracia, muy acentuada bajo la gestión socialista e impulsada, diríase que deliberadamente, desde la televisión y otros medios; y la pérdida del sentido de la cultura propia, tachada de franquista o algo así.
Yo debía de resultar bastante intratable a ratos, y recuerdo el extraño consuelo que me producían algunos documentales televisivos sobre las aves nocturnas: me daban una sensación de vida al margen de una normalidad pestífera, de alejamiento de la ramplonería tan visible, tan chocante a la luz diurna. La misma sensación me causaría una novela que leí bastantes años después, El enamorado de la Osa mayor, de Sergiusz Piasecki, narración de las andanzas nocturnas de unos contrabandistas por la frontera soviético-polaca de entreguerras, una vida marginal que encontraba muy atractiva. Por la misma razón me interesaban los libros de Atienza sobre los templarios, pese a hallarlos un tanto disparatados.
A raíz de un viaje a pie por el Camino de Santiago, que no pasó de Burgos, pensé formar una asociación que colonizase algún pueblo desierto, como Tiermas, sobre el embalse de Yesa, y organizase a partir de él actividades que yo mismo no tenía muy claras, no muy esotéricas en cualquier caso. La idea me dio poco trabajo, pues nadie se interesó por ella.
Solía levantarme antes que Violeta y hacía el desayuno; y mientras ella se preparaba, releía en la cocina, a breves trozos, la Historia de la guerra del Peloponeso. La leía en la edición de Juventud, traducida del latín, mejor, para mi gusto, que otras traducciones del griego que, por intentar ser demasiado fieles a la difícil sintaxis de Tucídides, pierden fuerza expresiva en español y a veces se vuelven apenas inteligibles. Después desayunábamos y salíamos, ella a tomar el autobús para su trabajo y yo a una cafetería cercana, Sirius, armado con un cuaderno y libros sobre la tasa de ganancia, de Claudio Napoleoni, Lucio Colletti (los marxistas italianos han trabajado bastante sobre el tema) y otros parecidos. Allí me pasaba media mañana a base de un café con leche y un cruasán, dando vueltas a la abstrusa cuestión.
Por esa época conocí, quizá a través de Martín Prieto, a Ludolfo Paramio, que tenía mano en El País. Me sugirió escribir algo para el periódico, pero yo tenía dudas: Cebrián me vetaría. "Paranoias tuyas –replicó–. Allí escribe la gente más variopinta, no hay censura".
Juan Luis Cebrián.Mis dudas venían de que unos años antes, en un librito titulado La España que bosteza, Cebrián se había permitido aludirme como supuesto "cerebro" del secuestro de Oriol y probable colaborador de la policía, como lo indicaría el inventado hecho de que yo me moviera por Madrid con plena libertad y hablase tranquilamente con periodistas: he ahí retratada la frivolidad señoritil y la precaria deontología de un personaje procedente por familia de altos cargos de la Falange, tan capaz de hacer cómoda carrera con el franquismo como con la democracia y experto, por tanto, ¡en la vida clandestina! Modelo, también, de antifranquista retrospectivo. Le había replicado con una carta que publicó el periódico, dejándome encantado con el juego limpio del caballero; pero más tarde Martín Prieto me desengañó: mi carta había salido estando ausente Cebrián y sustituyéndole él, Prieto, quien recibió una regañina por su osadía, por lo demás perfectamente democrática. Aun así, hice la prueba, envié un artículo y Paramio me comentó después: "Tenías razón, estaba el artículo compuesto para salir y Cebrián, al ver la firma, ordenó retirarlo sin más". La asechanza de Cebrián la repetirían después Mienmano y el héroe de Paracuellos, entre otros, bien conscientes –no puede ser de otro modo– de que su aserto, además de radicalmente falso, constituye una incitación al asesinato.
Pero a lo que vamos. Discutí con Paramio un par de veces acerca de la tasa de ganancia, y hasta creo haberle mostrado el borrador de mi estudio al respecto. Yo estaba bastante satisfecho de él, pero dieciséis años después, cuando lo desempolvé para publicarlo en el libro de ensayos La sociedad homosexual, comprobé que el texto quedaba farragoso, y hube de reordenarlo y rehacerlo.
Como fuere, Paramio no entraba en esas menudencias y rechazó mis conclusiones. Según enseñaba a sus alumnos de la universidad, la cosa era en el fondo muy simple: los capitalistas, movidos por la competencia, mejoran y amplían constantemente la producción introduciendo más y mejor maquinaria, materias primas, etc. (capital constante), y reduciendo proporcionalmente la mano de obra (capital variable). Con ello suben de momento su masa de beneficio, pero como la base de él consiste en la plusvalía extraída a la mano de obra, su codicia les conduce a una trampa, pues merman dicha base y así debilitan la tasa o promedio de su ganancia. Lo cual, a través de crisis sucesivas, marcaría el destino del capitalismo, empujándolo al derrumbe.
Esto no me decía nada, pues sólo resumía la tesis de Marx, de la que yo partía y a la que criticaba. Pero la actitud de Paramio, repitiendo una evidencia sólo aparente, es muy común, demasiado, entre los profesores e intelectuales españoles. No se trata de ignorancia, generalmente saben mucho de sus materias, y Paramio, desde luego, "sabía latín". En cambio, su destreza de análisis y su atención a posibles problemas bajo las teorías prestigiosas caen bastante por debajo de sus conocimientos. Si saben muy bien lo que dijeron tales o cuales pensadores o científicos, ellos, a su turno, son incapaces de decir algo por su cuenta.
Como he expuesto en el citado ensayo, la formulación de la ley marxiana contradice su pretensión de que la ganancia nace exclusivamente de la plusvalía y, yendo un poco más allá, permite ver cómo la teoría del valor-trabajo, base de toda la construcción económica de Marx, es a su vez contradictoria e inaplicable para medir el valor de las mercancías.
La conclusión resultaba demoledora: el marxismo trata de explicar la historia a través de la economía, clave de la evolución humana (esta idea ha arraigado con tal fuerza que, implícita o explícitamente, con unos u otro matices, siguen repitiéndola y enseñándola como algo evidente innumerables intelectuales por todo el mundo). Pero si el análisis económico marxiano, cifra de todos sus títulos científicos, se revela inoperante, entonces su entero edificio teórico se derrumba inapelablemente, quedando como una de tantas elaboraciones utópicas del siglo XIX –tan despreciadas por el propio Marx–, si bien más pretenciosa y compleja, embrollada en realidad.
A menudo se ha criticado al marxismo oponiéndole su propia experiencia histórica (el stalinismo, en suma), mas frente a esa crítica cabría argüir que se trata de una experiencia muy reciente, muy joven dentro de la historia humana, y por tanto deben comprenderse sus errores prácticos, incluso sus crímenes, corregibles con más tiempo, y que no afectarían a la corrección científica de la teoría. Este argumento cae por tierra, como digo, una vez descubierta la incoherencia de la teoría en su mismo núcleo. Entonces los errores, los crímenes, los stalinismos no nacen de una teoría buena aunque aplicada con deficiencias explicables, sino de la propia teoría.
Otro ejemplo, salvando los niveles, lo hallamos en la tesis del carácter legítimo y democrático del Frente Popular, piedra angular de una abultadísima historiografía izquierdista y separatista, también de alguna derechista. Tal falsedad genera de modo irremediable desvirtuaciones en cadena y falsea la historia hasta lo grotesco.
Llegar a aquella conclusión sobre el marxismo me produjo un sentimiento mezcla de liberación y melancolía. Nuestras sospechas, a cada paso más perturbadoras durante el período de Contracorriente, se confirmaban, pero la lentitud de aquella evolución hizo poco traumático el descubrimiento y nos permitió reorientarnos con más libertad. La posterior caída del Muro de Berlín, aun si inesperable, no me dejó perplejo, o pesaroso, o angustiado, como a tantos sofistas de izquierda en España y fuera.
De paso debía preguntarme sobre el sentido de tantos años de esfuerzos por una causa de pesadilla, mucho peor en sus objetivos que en sus métodos, con ser éstos brutales. Pregunta sin respuesta. Hace meses, en una pequeña fiesta o xuntanza organizada por mi paisano Pepín Calaza, canté con mi voz, reconozco que mala –pero la voluntad es lo que cuenta, según me han contado–, un par de estrofas del himno ruso de la Gran Guerra Patria, Sviaschénnaia Vainá, la guerra sagrada, tan inspirador. Y Pepín me dijo, con sarcasmo: "¿Para qué sirvió toda aquella lucha? Para que los rusos anden de pobretones por Europa y aguantando a las mafias en su país". "Sí, pero, ¿para qué sirve cualquier cosa que hagamos? Dentro de unos años estaremos todos calvos de verdad".
Uno debe reconocer el error, pero aun así la perspectiva general de la vida se le escapa, al menos tal es mi caso.
31/01/2008 19:09 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Me voy...

17/01/2008 21:44 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Permitidme tutearos, imbéciles


ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 23 de Diciembre de 2007

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
27/12/2007 23:24 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 2 comentarios.

Iom Ha'Atzmaut

Hace poco se conmemoró el 59º aniversario de la declaración de independencia de Israel. Los asiduos de este blog ya conocen mi debilidad por el pueblo judío. Aquí les dejo un vídeo con una bella canción. Mazel tov javerim shel Erezt Israel.

 

30/04/2007 23:10 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 2 comentarios.

Y Federico recogió el premio....

Federico Jiménez Losantos, alias Chiquito de Teruel, alias Pequeño talibán de sacristía, recogió el micrófono de oro como tenía previsto. Llama la atención que Luís del Olmo no tomase la de Villadiego y que el susodicho Chiquito estuviese más manso que de costumbre. Eso sí, la cabra tira al monte y dejó caer alguna de las suyas.

 

 

Y Alaska, musa de La Movida y colaboradora de La Mañana de Federico Jiménez Losantos, acude a la entrega de otros premios, los que otorga Cambio 16 (éstos de un cariz más "progresista"). Tampoco tiene desperdicio lo que dice.

 

22/04/2007 13:55 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 1 comentario.

Helen Thomas

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A veces me dan ganas de mandarlo todo al garete y dedicarme a otra cosa. No es oro todo lo que reluce. Esta profesión, la mayor parte de las veces, se reduce a la actividad de un grupo de mediocres transcribiendo las declaraciones de otro grupo de mediocres. De todas formas, de vez en cuando, encuentro un ejemplo de lo que es el verdadero periodismo y me digo a mí mismo que a lo mejor merece la pena.

Transcribo una entrevista a Helen Thomas publicada en periodistadigital.com.

—¿Bush es el peor de los presidentes que le tocó cubrir?

—Empezar una guerra contra un país que no nos hizo nada es una de las peores cosas que puede hacer un presidente. Abusar del poder para beneficio propio, desatando un escándalo de corrupción como Watergate, también.

—O sea que Bush y Richard Nixon fueron los peores...

—Sí. Al menos, Bush todavía tiene margen para mejorar. Le quedan dos años de gobierno.

—¿Le tiene fe todavía?

—No (ríe). A menos que dé un giro de 180 grados y diga "cometí un error gravísimo, replegaremos las tropas". Pero no creo.

—Ahora llueven las críticas pero hace dos años fue reelecto y la realidad era la misma. ¿Por qué ese cambio?

—La gente se despertó, simplemente. Y vio que nada de lo que había prometido se cumplió.

—Usted acusó a sus colegas, de ayudar a que la gente durmiera mientras se preparaba la invasión a Irak.

—Los periodistas defraudaron al país. Nuestra arma es el escepticismo. Observar y hacer preguntas. Y cuando algo no huele bien, deberíamos ser los primeros en alertar al público. Pero después del 11-S tenían miedo de que se les cuestionara el patriotismo. Recién ahora están saliendo del coma.

—¿Kennedy fue su presidente favorito?

-Fue un visionario. Motivó a los jóvenes a sumarse a la función pública. Apoyó la cultura, la educación. Miraba hacia el futuro. Tuvo la idea de llevar el hombre a la luna.

—Usted dijo que las conferencias de prensa son una institución fundamental de la democracia. Algunos presidentes, como el argentino, dicen que prefieren hablarle directo a la gente, sin intermediarios.

—(Ríe.) Claro, así habla sólo de las cosas buenas de su gobierno. Seguro tiene miedo de responder sobre asuntos más oscuros. Los periodistas no somos intermediarios, somos interrogadores. En la democracia, los presidentes deben responder las preguntas de los periodistas.

—Usted le preguntó a Bush por la razón real para invadir Irak. Y le prohibieron preguntar. ¿Qué pregunta tiene preparada para cuando le levanten la suspensión?

—La misma. No me lo respondió. La gente sigue muriendo y aún no sabemos de verdad.

 

04/03/2007 12:41 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Sobre mezquitas y acueductos

Les paso un artículo de APR que, como siempre, me ha dejado con una sonrisa dibujada en los labios.  

 

Sé, sin que saberlo tenga mérito alguno, cómo acabará la polémica sobre el uso islámico de la catedral de Córdoba. Estando como estamos en España, y por muchas pegas que se pongan al asunto, todo será, tarde o temprano, como suele. Aquí es cosa de tener paciencia y dar la murga. Por eso apuesto una primera edición de El Guerrero del Antifaz a que, en día no lejano, veremos a musulmanes orando en la antigua mezquita árabe. Tan seguro como que me quedé sin abuela. Estamos aquí, señoras y caballeros. En la España pluricultural y polimorfa marca ACME. Donde todo disparate y estupidez tienen su asiento.

A ver si me explico. Si yo fuera musulmán –cosa imposible, porque me gustan el vino, los escotes de señora, el jamón de pata negra y blasfemar cuando me cabreo– pediría eso y más. Como acaba de hacer, por ejemplo, la federación de asociaciones islámicas, exigiendo que la Iglesia católica devuelva el patrimonio musulmán; o los descendientes de moriscos –échenle huevos y háganme un censo–, obtener la nacionalidad española. En un mahometano que se tome a sí mismo en serio, o le convenga parecer que se toma, todo eso sería normal, pues los deseos son libres. El problema no está en los que piden, que están en su derecho, sino en los que dan. O en la manera de dar. O en la manera cobarde, acomplejada, en la que cualquiera que tenga algo público que sostener en España se muestra siempre dispuesto a dar, o a regalar, con tal de que no le pongan la temida etiqueta maléfica: reaccionario, conservador o antiguo. En un país tan gilipollas que hasta los niños de las escuelas tendrán una asignatura que los adiestre para el talante y la negociación, donde en boca del presidente del Gobierno un terrorista asesino que desea salir del talego es un hombre de paz, donde hasta un tertuliano de radio puede decir, sin que nadie entre sus colegas lo llame imbécil, que a los españoles les sobra testosterona y ya va siendo hora de reivindicar la cobardía, lo absurdo sería no ponerse a la cola y pedir por esa boca pecadora. Faltaría más. La mezquita de Córdoba, o el acueducto de Segovia por parte del alcalde de Roma. Y si cuela, cuela.

No voy a ser tan idiota como para pretender explicar lo obvio: las iglesias tardorromanas o visigodas anteriores a las mezquitas árabes, los ocho siglos de afirmación nacional, etcétera. Sólo argumentarlo es dar cuartel a quienes utilizan nuestra bobería como arma. Lo que quiero destacar es el hecho invariable del método. En España, basta que alguien plantee una estupidez de grueso calibre, sea la que sea, para que, en vez de soltar una carcajada y pasar a otra cosa, siempre haya gente que entre al trapo, debatiéndola con mucha seriedad constructiva, con el concurso natural de los malintencionados y de los tontos. En eso vamos a peor. Hasta hace poco sólo soportábamos a los paletos de campanario de pueblo empeñados en reducir el mundo al tamaño del rabito de su boina. Pero en vista del éxito, todo cristo acude ahora a mojar en la salsa. A qué pasar hambre, si es de noche y hay higueras.

Por eso digo que acabarán orando en Córdoba. Tienen fe, poseen el rencor histórico y social adecuado, y han tomado el pulso a nuestra estupidez y nuestra cobardía. Tampoco merece conservar catedrales quien no sabe defenderlas: no por motivos religiosos –dudoso argumento de tanto notable chupacirios–, sino porque esas catedrales construidas sobre mezquitas o sinagogas, que a su vez lo fueron sobre iglesias visigodas asentadas sobre templos romanos o lugares sagrados celtas, son libros de piedra, memoria viva de lo que algunos todavía llamamos cultura occidental. Un Occidente mestizo, por supuesto, como siempre lo fue; pero con cada uno en su sitio y las cosas claras. Como ya escribí alguna vez, hicieron falta nueve mil años de memoria documentada desde Homero, dos siglos transcurridos desde la Revolución francesa llenos de sufrimiento y barricadas, y unos cuantos obispos llevados a la guillotina o al paredón, para que una mujer goce hoy en Europa de los mismos derechos y obligaciones que cualquier hombre. O para que yo mismo tenga derecho –lo ejerza o no– a escribir «me cago en Dios» sin que me metan en la cárcel, me persigan o me asesinen por blasfemo. Quien olvida eso y se la deja endiñar en nombre del qué dirán y el buen rollito, merece que le recen en Córdoba o lo pongan mirando a La Meca. Y que cuando su legítima pase con falda corta frente a la mezquita-catedral, símbolo de la multicultura, del todos somos iguales y del diálogo de civilizaciones, otra vez la llamen puta.

30/01/2007 13:43 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 1 comentario.

Una perlita

Perdonen ustedes la semanita de asueto que me he tomado, acabo de regresar de un castillo de la comarca de Osona (preciosa, por cierto) habilitado como casa rural donde he pasado un par de días en compañía de mis amigos del alma Vuelvo con pocas ganas de darle a la tecla pero con muchas de compartir con ustedes una perlita que por varios motivos me ha hecho mucha gracia. Primero, por ser un asunto al que le he dedicado más de un ratico largo de reflexión. Segundo, por haber sido este servidor de ustedes miembro de uno de esos sindicatos de estudiantes (época, por otra parte, maravillosa de mi vida) que menta el autor del texto. Y tercero, como no, por coincidir en muchos puntos con lo que APR comenta de la izquierda (desilusión incluida; ya lo decía el viejo Miralles, protagonista de Soldados de salamina:"la izquierda siempre decepciona") la extrema derecha patriotera española.  Ahí les dejo el texto.

NI saben ni quieren saber

Les hablaba hace poco de lo difícil que se va poniendo en España dar un mitin político, una conferencia o expresar en público una opinión, sin que un piquete de lo que sea intente silenciar al invitado de turno. Para confirmarlo –que no hacía maldita la falta–, al día siguiente de teclear esas líneas, a don Manuel Fraga le interrumpieron una conferencia en Granada medio centenar de jóvenes llamándolo asesino y fascista. Después le tocó en otro sitio a Carod Rovira, y menos gordito simpático le dijeron de todo. Los que acosaron al político catalán eran diez fulanos de extrema derecha –la auténtica, no la que adjetivan ciertos soplapollas pretendiendo reescribir la Transición y la Historia–; así que, en realidad, esos animales salvapatrias se limitaban a lo que se espera de ellos: mantener viva la tradición de quemar libros y apalear bocas, que tiene rancia solera europea, tanto nacionalsocialista como nacionalsindicalista.

Lo de Fraga, en cambio, me preocupa más. Y no por el abuelo, que tiene más conchas que mi tortuga Amanda, sino por quienes liaron la pajarraca. Lo inquietante es que esos jóvenes se autodenominaran de izquierdas. Porque si es verdad que la izquierda española oficial de toda la vida, compañeros del metal y todo eso, acabó degenerando en el penoso espectáculo botijero de sandez, obviedad y demagogia inútil verde manzana que se pone de manifiesto cada vez que abre la boca su secretario general, señor Llamazares, no es menos cierto que uno espera, en el fondo de su corazoncito, que el futuro alumbre alguna vez una izquierda diferente, eficaz, provista de argumentos sólidos, de coraje político y de la cultura republicana que hoy es fácil adquirir a poco que uno acceda a las fuentes formativas adecuadas, que para eso están ahí.

En tales circunstancias, resulta desazonador que, comentando el pifostio granadino del señor Fraga, un joven individuo llamado Ramón Reyes, que responde, nada menos, al formidable título de secretario provincial del Sindicato de Estudiantes de Granada –alguien tendría que explicarme algún día en qué consiste exactamente un sindicato de eso, y yo a cambio le explico lo del SEU–, justificara el incidente afirmando, por la cara, que el viejo político gallego «nunca ha apretado el gatillo, pero lo ha ordenado», y culpando además a la Universidad «por invitarlo con el dinero de todos los contribuyentes». Apenas leí tales declaraciones, corrí al diccionario de la Real Academia y, abierto por la página 847, leí la siguiente definición de la palabra imbécil: «Alelado, flaco de razón». Después busqué en la página 98 la segunda acepción de analfabeto: «Ignorante, sin cultura o profano en alguna disciplina». Y de ese modo pude confirmar, con el respaldo de la autoridad adecuada, que al antedicho secretario del sindicato estudiantil granadino –de otras provincias no tengo información suficiente– se le puede llamar imbécil analfabeto con absoluta propiedad y precisión filológica. Cosa que hago aquí, para que conste a los efectos oportunos, etcétera. Hasta a Adolfo Hitler, señoras y caballeros. Hasta a Stalin, Pinochet, Franco o Atila, si hace falta. Hasta al torturador más infame de la ESMA argentina, o al más bestia sargento de marines destacado en Iraq, sería interesante escuchar en una conferencia. Incluso al miserable De Juana Chaos, imagínense, mientras cuenta qué sentía pidiendo champaña cuando asesinaban a alguien. Después, que para eso está el coloquio, se discute o se le menta a la madre. Pero, como digo, después. Mientras tanto, la oportunidad de escuchar bien calladitos es oro puro, pues no hay mejor modo de escrutar el alma humana, tinieblas incluidas, adquiriendo conocimiento y lucidez –Mein Kampf o Sabino Arana, por ejemplo, son textos imprescindibles–. Por eso, y sin que el pobre don Manuel Fraga tenga que ver con los individuos antes citados, excepto con el Franco del que fue ministro –muy competente, por cierto– antes de participar de forma decisiva en la extraordinaria transición que España vivió en los años setenta, compartir la experiencia de su dilatada vida política es privilegio al que esa panda de tontos del culo granadinos renunció, para su propio mal. Ignorantes, también, de lo tradicionalmente española que es tan cerril actitud. Que ya en el siglo XVI escribía en su Viaje de Turquía el supuesto Pedro de Urdemalas: «La gente española, ni sabe ni quiere saber… De este vicio nació el refrán castellano que en ninguna lengua se halla sino en la española: dadme dinero y no consejos».

04/12/2006 12:45 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 4 comentarios.

Érase una vez...

Érase una vez el Hombre  fue mi serie de dibujos animados favorita.  A ella le debo gran parte de lo que soy... una pena que no la repongan...

25/11/2006 12:15 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 2 comentarios.

El último discurso de Bin Laden...

18/11/2006 20:25 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Boadella y la prensa

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31/10/2006 09:31 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 2 comentarios.

La guerra civil que perdió Bambi

Texto de Arturo Pérez Reverte. 

En mi familia perdieron la guerra. Mi padre hizo poco para ganarla, pues la pasó en artillería antiaérea, jugando al ajedrez entre bombardeo y bombardeo. Pero mi tío Lorenzo, que se alistó con dieciséis años y volvió de sargento y con agujero de bala a los diecinueve, se comió el Ebro y Belchite. Quiero decir con eso que, por nacer doce años después de la guerra, tuve información oral fresca: combates, represión, cárceles, paseos a manos de milicianos o falangistas, y cosas así. Soy de Cartagena, donde la cosa estuvo cruda. Tuve además, como casi todos los españoles, a parientes en ambos bandos; y allí lucharon y también fueron fusilados por unos y otros, en aquella macabra lotería que fue España.



Poseo, por tanto, elementos casi de primera mano sobre esa parte de la memoria que ahora tanto agitan. Y nunca me tragué lo de buenos y malos: ni cuando niño las hordas rojas, ni de mayor los fascistas de fijador, brillantina y correaje. Tuvimos de unos y otros, naturalmente. Y a la guerra siguió una dictadura infame, ajena a la caridad. Pero hay un par de puntualizaciones necesarias. Una es que, españoles todos, llenos de los rencores, las envidias y la mala baba de la estirpe, canallas y asesinos lo fuimos en los dos bandos. Otra, que casi todos se vieron envueltos en aquello muy a su pesar; y que, entusiastas y héroes aparte –a ambos lados los hubo con igual coraje y motivos–, la mayor parte estuvo en las trincheras de modo aleatorio, según donde tocó. La prueba es que hubo más deserciones –pasarse, decían– por volver al pueblo con la familia, que por ideología nacional o republicana.



Por eso estoy hasta los cojones de que me vendan burros teñidos de azabache. Si de pequeño no creí lo de la Cruzada y la espada más limpia de Occidente, no pretenderán que me trague ahora lo del pueblo en armas en plan Bambi: aquí la buena gente proletaria, y allí espadones y señoritos. Mi padre y mi tío, verbigracia, eran chicos de buena familia, pero defendían a la República. Entre otras cosas, porque el pueblo eran muchos pueblos y muchos hijos de vecino, y cada cual, según le iba o donde caía, era de su padre y de su madre. Por mucho que, a falta de argumentos actuales, de inteligencia política, de cultura, de ideas claras y de otra cosa que no sea el hoy trinco votos y mañana veremos, ciertos habituales de los telediarios estén empeñados en ganar por la cara, setenta años después, las guerras que perdieron sus abuelos, o los míos. Y no sé hasta qué punto la demagogia y el fraude calarán en jóvenes a quienes eso queda muy lejos; pero ya empiezo a estar harto de tanto bocazas y tanto cuento chino. Una cosa es que aquellos a cuyos parientes fusilaron por rojos puedan, al fin, hacer lo que hicieron otros en los años cuarenta: honrar los huesos de sus muertos. Otra, que se falsee la Historia para reventar al adversario político de ahora mismo, suplantando la realidad con camelos como aquel grotesco Libertarias que rodó hace años Vicente Aranda, poblado de angelicales milicianos. Por ejemplo.



Así que ya está bien de mezclar churras con merinas. Tengo verdaderas ganas de oír, en boca de estos cantamañanas aficionados no a desenterrar muertos, sino rencores, que el franquismo sometió a España a una represión brutal, cierto; pero que, de haber ganado la República, sus fosas comunes también habrían sido numerosas. Que ya lo fueron, por cierto, aunque ahora se cargue todo en la ambigua cuenta de los incontrolados. Y no digamos si hubieran vencido los tipos duros del partido comunista, entonces férreamente sujeto al padrecito Stalin; pregúntenselo a don Santiago Carrillo, que de ajustes de cuentas con derechas e izquierdas sabe un rato. Y en cuanto a los nacionalismos radicales –esos miserables paletos que tanta manteca han sacado de la guerra civil, y la siguen sacado–, sería útil recordarles que al presidente Companys, por ejemplo, cualquier gobierno izquierdista fuerte y consecuente lo habría fusilado también, acabada la guerra, por traidor a la República, a la Constitución y al Estatuto. Y del pueblo vasco que acudió a defender la libertad, curas incluidos, como un solo gudari y como una sola gudara, podemos hablar despacio otro día, porque hoy se me acaba la página. Incluidos los tercios de requetés donde se alistaron de abuelos a nietos apellidados Iturriaga, Onaindía, Beascoechea, Elejabeitia, Orueta o Zubiría; a quienes ni siquiera Javier Arzalluz –la jubilación más aplaudida de la historia reciente de España– podría llamar españoles maketos de mierda.

26/10/2006 10:16 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Una buena película

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Acabo de ver -por cuasuliadad- una de las mejorespelículas que he tenido la oportunidad de disfrutar en mucho tiempo. Se titula Hasta donde los pies me lleven y narra la historia de un prisionero alemán en una campo de Siberia tras la Segunda Guerra Mundial y su huída posterior a través de la URSS. La película no cae el el maniqueísmo que sería de esperar, lo cual se agradece. Además de la historia me han impactado los paisajes y la profundidad de los personajes. No es una película con muchos diálogos, aunque no hacen demasiada falta.  

En fin, que en el link que les he dejado podrán informarse mucho mejor. Espero que la vean y la disfruten 

22/10/2006 16:25 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Islam es amor...

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Carteles: ¡El Islam es paz, Phil! ¡Jihad contra Phil! Phil no es equilibrado. ¡Los musulmanes condenan a Phil!
Phil no tardó mucho en lamentar haber sugerido que los musulmanes deberían protestar contra el terrorismo, no contra las críticas.

Diferentes raseros

20/09/2006 12:16 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 3 comentarios.

Algunos artículos interesantes

Un nuevo frente, siempre latente, ha sido abierto este verano en Oriente Medio. Si en los populosos suburbios chiíes de la capital fueron disparadas salvas al aire como muestra de alegría por la captura de los dos soldados israelíes, y si los refugiados palestinos del campo de Burj el Brajne, cabe al aeropuerto, hicieron gala de su satisfacción, la mayoría de los libaneses teme las consecuencias de esta acción del Hezbollah…

En medio de este ambiente de indignación, de resentimiento, de frustración de los pueblos árabes y musulmanes ante las represalias israelíes en Gaza, y también respecto a la apatía de los gobiernos del Mashrek, la coordinación de Hezbollah con Hamas ha sido fomentada por Siria y por la República Islámica de Irán…

(Tomás Alcoverro, lavanguardia, 13-VII-06)

El primer ministro israelí, Ehud Olmert, se encontraba ayer en Galilea, en casa de la familia del soldado secuestrado de 19 años Guilad Shalit, cuando sus ayudantes le interrumpieron para informarle de que a media hora de allí, en la frontera de Líbano, dos soldados más acababan de ser secuestrados por Hezbollah.

Históricamente, para los israelíes el secuestro de sus soldados es considerado un golpe moral y psicológico que va mucho más allá de una vida humana. La muerte de soldados en combate es motivo de luto para la calle israelí, pero los secuestros tienen una importancia política y militar mucho más profunda.

Decenas de atentados suicidas palestinos en el corazón de las ciudades traumatizaron parcialmente a la sociedad judía. Sin embargo, minutos después el lugar afectado ya estaba limpio y organizado, y horas después volvía a estar lleno de gente. El efecto de los secuestros, en cambio, se siente a la larga: es el caso del piloto Ron Arad, capturado en Líbano en 1986 y del que se perdió el rastro; todo niño israelí conoce su historia y le recuerda.

Gran parte de las familias israelíes envían a sus hijos de 18 años para cumplir un servicio militar de 36 meses que, a veces, conlleva fuertes peligros. Tras el secuestro de tres soldados en menos de tres semanas son muchos los padres que expresan su más profundo temor por la vida de sus hijos; su terror son las imágenes que los islamistas radicales difunden en internet, asesinando a sangre fría a secuestrados en Iraq.

Los grupos islamistas Hezbollah, Hamas y la Yihad Islámica, apoyados y asesorados por Teherán, estudian al detalle las debilidades de la sociedad israelí. Por eso, las milicias libanesas intentan raptar incluso los cadáveres israelíes: en los canjes de presos, Israel paga un alto precio incluso por los muertos.

Hezbollah y Hamas tienen cadenas de televisión con programas propagandísticos en hebreo para que la opinión pública israelí presione al Gobierno para liberar a miles de presos palestinos de las cárceles israelíes. El propio padre del soldado Guilad Shalit se lo pidió ayer al primer ministro cuando éste le visitó.

(Henrique Cymerman, La Vanguardia, 13-VII-06)

 

18/07/2006 14:24 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 1 comentario.

La boquita del senador

Les paso un artículo de Arturo Pérez Reverte que no tiene desperdicio. 

Si algo me fascina de los políticos españoles es su capacidad de rizar el rizo con tal de no bajarse de los carteles. Y la verdad es que algunos domingos me dan esta página hecha. Hoy se la debo al senador del PNV Javier Maqueda, quien opina, literalmente, que «el que no se sienta nacionalista ni quiera de lo suyo no tiene derecho a vivir». Sí. Eso fue lo que el senador –que viene del latín senatus, senado, consejo de ancianos sabios y venerables– largó hace unos días, durante un acto al que estaba invitado en Mallorca; donde, por cierto, se le jaleó la ocurrencia con aplausos. Faltaría más. En España los aplausos van de oficio. Es, salvando las distancias mínimas, como en los programas bazofia de la tele, donde eructa cualquier pedorra, y el cuerpo de marujas de guardia rompe aguas en aplausos entusiastas, que para eso están allí. Para aplaudir lo que le echen y decir te queremos, bonita.

Con lo del senador, sin embargo, albergo un par de dudas. Lo de nacionalista es un concepto complejo, pues abarca demasiadas cosas. Todos somos nacionalistas de algo: la lengua, la memoria, la cultura, la infancia. El fútbol. Pero creo que el senador Maqueda hablaba de otro nacionalismo: el que se envuelve en la bandera local, el exclusivo y excluyente, el de nosotros y ellos. El patológico. El que manipula instintos y sentimientos para conseguir perversa rentabilidad política. Y por ahí, no. En ese sentido, algunos no nos sentimos nacionalistas en absoluto. A mí, sin ir más lejos, no se me saltan las lágrimas cuando oigo una minera en La Unión, ni cuando veo saltar un salmonete en la punta de Cabo Palos, ni cuando le cantan –lo siento paisanos, pero ya no– la salve a la Virgen el Lunes Santo por la noche. He visto demasiadas veces cómo lo noble, lo legítimo, termina en manos de gente como el senador Maqueda. Si alguna vez aflojo, será por otras cosas. Por mi infancia perdida, tal vez, y por las sombras entrañables que la acompañan. No porque me emocione el cantón nacional de Cartagena o su independencia de la mardita y opresora Mursia. Por ejemplo.

Aclarado, pues, que me incluyo en las palabras del senador Maqueda, quisiera que un experto en nacionalismos y en derecho a la vida, como él, aclare un par de cosas. Imaginemos que decido establecerme en Bilbao para pasear por el Guggenheim cada mañana; o en Barcelona, por ir de noche a la calle Tallers y calzarme un martini seco en Boadas; o en Cádiz, puntal indiscutible de la nación andaluza, para ponerme de urta a la sal en El Faro, un día sí y otro no, hasta las trancas. Supongamos, como digo, que opto por alguna de esas alternativas, sin sentir, respecto a Bilbao, Barcelona o Cádiz, más cosquilleo nacionalista que el que proviene de la atenta lectura de los libros de Historia, el aprecio por su gente, y la certeza de compartir una memoria colectiva en la compleja y mestiza plaza pública –llamada Hispania por los mismos que inventaron la institución de la que trinca el senador Maqueda– donde, unas veces por suerte y otras por desgracia, el azar puso a mis antepasados. Entre los que lamento, por cierto, no figuren unos cuantos jacobinos, guillotinadores, con un «todos los ciudadanos son iguales ante la ley» bajo el brazo y con las cabezas de Carlos IV y Fernando VII metidas en un cesto. A lo mejor no estaríamos hablando de estas gilipolleces.

Y ahora, las preguntas. ¿Cómo se articularía, a juicio del senador Maqueda, mi falta de derecho a vivir? ¿Mediante la prohibición, tal vez, de establecerme donde vivan nacionalistas? ¿Quemándome la ferretería si decidiera hacerme ferretero? ¿Pegándome un tiro en la nuca?… Como ven, las posibilidades que abre la afirmación senatorial son curiosas. Y pueden aderezarse, además, con matices interesantes. ¿Echar la pota –por ejemplo– cada vez que oigo a un cateto cantamañanas manipular la Historia y mi inteligencia haciendo comparaciones con Irlanda o con Montenegro, es un tic franquista? ¿Saber como sé, porque viajo y leo libros, que no hay nada más conservador, inculto y reaccionario que un nacionalista radical, me hace acreedor al epíteto de fascista?… Y ya puestos a preguntar, ¿se ocuparía, llegado el caso, el senador Maqueda de explicarme personalmente mi derecho a vivir? ¿Él y cuántos más? ¿Vendrían de día, o vendrían de noche? ¿Vendrían juntos a explicármelo, o vendrían de uno en uno?… Porque me parece que el senador Maqueda está mal informado. No todos somos Ana Frank.

 

 

12/07/2006 22:54 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Si la Bonino fuera española

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Les paso un artículo muy bueno publicado en un blog que les recomiendo visitar.

En cuanto se acercan las elecciones los liberales se encuentran con el mismo conflicto. ¿A quién hay que votar? No existe ninguna alternativa liberal en España, y hay que elegir entre una derecha conservadora e intervencionista, o una izquierda estatalista y rendida al nazionalismo reaccionario. En Italia no existe ese problema,
los liberales pueden votar al excéntrico Partido Radical, de Emma Bonino y Panella.
El compromiso radical con la libertad les ha llevado a enfrentarse con el poder de la Iglesia Católica en la política italiana. Defienden con ardor el derecho al aborto, la eutanasia, el matrimonio gay, la investigación con células madre y el "divorcio exprés".
Se oponen a la penalización de la prostitución y lideran la lucha antiprohibicionista que pretende legalizar las drogas.
En 1989 promovieron una candidatura prolegalización en España, con el respaldo de gente como Fernando Savater, Maruja Torres, Arrabal, Escohotado, Javier Krahe...
En materia económica también defienden ante todo la libertad individual. A su lado el P.P. es una banda de socialistas albaneses que no han acabado de salir del mario. En las últimas elecciones italianas se ha constituido una alianza electoral que resulta sorprendente, vista desde nuestro país.
"La Rosa n´el Pugno" ha unido a liberalesradicales con socialistas. No hace falta decir que en Italia existe una izquierda que en España está desterrada. Allí hay socialistas cuyo compromiso con la libertad les ha llevado a ser anticomunistas convencidos,
y no sólo se levantan ante la bandiera de EE.UU., sino que hicieron gala de su atlantismo en los peores años de la Guerra Fría. Se trata de una izquierda que se ha despojado de sus dogmas y no se ofende con la leyenda "liberali" en su escudo electoral.
No existe nada parecido en nuestro panorama político. En Euskadi los bolcheviques más feroces se convierten en monaguillos del PNV, a cambio de un puñado de peladillas y de un traguito de vino de misa.
En Cataluña forman parte de la oligarquía partitocrática. Incluso han conseguido superar a la derecha nacionalista y vaticanista con su obsesión por perseguir a las prostitutas por las calles de Barcelona. Puestos a buscar aliados eligen a los enemigos más reaccionarios
de las libertades individuales. A aquellos que en nombre de la Santa Tradición exigen que el Estado anule y aplaste al individuo para formar una nueva nación con esa pasta uniforme.
En estos momentos más que nunca se echa de menos una opción progresista formada por quienes se sienten traicionados por una izquierda entregada a la Reacción, una "Rosa nel Pugno" española. En Cataluña ha aparecido algo que se le puede parecer, una alternativa laica, progresista y que defiende la libertad frente al colectivismo nacional. Me refiero a Citadans de Catalunya, un intento valiente para enfrentarse a ese partido único con cuatro cabezas que gobierna desde siempre. El primer rasgo que dejan ver, su oposición a los valores de la tribu, ha levantado muchas expectativas.
Sobre todo entre los fascistas que les niegan a momporro limpio el derecho de expresión.
La capacidad dialéctica de Albert Boadella y su descaro de bufón ácrata garantizan el espectáculo.
No es suficiente que aparezca sólo en Cataluña, haría falta que se extienda por toda las península, y las islas.
¡Si la Bonino fuera española...!

03/07/2006 17:39 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

No negociable

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28/06/2006 22:47 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Más humor gráfico

20060624215929-fox.gifHamas: Las sanciones nos están llevando a la bancarrota. Nuestra gente necesita comida y medicinas.
Cartel: Presupuesto de la Autoridad Nacional Palestina.

Hamas: Todo se reduce a una elección entre armas y...

Teléfono: ¡Occidente está enviando ayuda humanitaria!

Hamas: ¡El último que llegue al bazar de armas es un puto judío!

24/06/2006 21:59 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

PARTIDAZO

20060614172426-nino.jpg4-0. España enseña los dientes frente a Ucrania. El resultado más abultado de lo que va de mundial. Parecía que Brasil se hubiese vestido de rojo. ¡A por ellos!
14/06/2006 17:24 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Un puntazo

20060613195443-pannella1.jpgPanella, magnífico. Estos italianos tienen unos puntos...
13/06/2006 19:55 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

TODOS SOMOS LIBERALES

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Mario Vargas Llosa 

La palabra de moda es liberal. Pasa con ella lo que, en los sesenta, con las palabra socialista y social, a las que todos los políticos y los intelectuales se arrimaban, pues, lejos de ellas, se sentían en la condición de dinosaurios ideológicos. El resultado fue que corno todos eran socialistas o, por lo menos, sociales —socialdemócratas, social cristianos, social progresistas— aquellas palabras se cargaron de imprecisión. Representaban tal mezcolanza de ideas, actitudes y porqués que dejaron de tener una significación precisa y se volvieron estereotipos que adornaban las solapas oportunistas de gentes y partidos empeñados en “no perder el tren de la historia” (según la metáfora ferrocarrilera de Trotsky).

Ahora todos somos liberales. Lo que equivale a nadie es liberal. Para algunos, liberal y liberalismo tienen una exclusiva connotación económica y se asocian a la idea del mercado y la competencia. Para otros es una manera educada de decir conservador, e incluso troglodita. Muchos no tienen la menor sospecha de lo que se trata, pero comprenden, eso sí, que son palabras de fogosa actualidad política, que hay, por tanto, que emplear (exactamente como en los cincuenta había que hablar de compromiso; en los sesenta, de alineación; en los setenta, de estructura, y en los ochenta de perestroika).

Si uno quiere ser entendido cada vez que emplea los vocablos liberal y liberalismo conviene que los acompañe de un predicado especificando qué pretende decir al decirlos. Ello es necesario para salir al fin del embrollo político-lingüístico en el que hemos vivido gran parte de nuestra vida independiente.

Las primeras lecciones de liberalismo yo las recibí de mi abuelita Carmen y mi tía abuela Elvira, con quienes pasé mi infancia. Cuando ellas decían de alguien que era un liberal, lo decían con un retintín de alarma y de admonición. Querían decir con ello que esa persona era demasiado flexible en cuestiones de religión y de moral, alguien que, por ejemplo encontraba lo más normal del mundo divorciarse y recasarse, leer las novelas de Vargas Vila y hasta declararse libre pensador. La suya era una versión más restringida, latinoamericana y decimonónica de lo que es un liberal. Porque los liberales del siglo XIX, en América Latina, fueron individuos y partidos que se enfrentaban a los llamados conservadores en nombre del laicismo. Combatían la religión de Estado y querían restringir el poder político y a veces económico de la Iglesia, en nombre de un abanico de mentores Ideológicos —desde Rosseau y Montesquieu hasta los jacobinos— y enarbolaban las banderas de la libertad de pensamiento y de creencia, de la cultura laica, contra el dogmatismo y el oscurantismo de la ortodoxia religiosa.

Hoy podemos damos cuenta que, en esa batalla de casi un siglo, tanto liberales como conservadores quedaron entrampados en un conflicto monotemático excéntrico a los grandes problemas: ser adversarios o defensores de la religión católica Así contribuyeron decisivamente a desnaturalizar las palabras, las doctrinas y valores implícitos a ellas con que vestía sus acciones políticas.

En muchos casos excluido el tema de la religión, conservadores y liberales (latinoamericanos) fueron índiferenciables en todo lo demás y, principalmente, en sus políticas económicas, la organización del Estado, la naturaleza de las instituciones y la centralización del poder (que ambos fortalecieron de manera sistemática siempre). Por eso, aunque en esas guerras interminables, en ciertos países ganaron los unos y en otros los otros, el resultado fue más o menos similar: un gran fracaso nacional. En Colombia, los conservadores derrotaron a los liberales. Y en Venezuela estos a aquellos y eso significó que la Iglesia católica ha tenido en este último país menos influencia política y social que en aquél. Pero en todo lo demás, el resultado no produjo mayores beneficios sociales ni económicos ni a unos ni a otros, cuyo atraso y empobrecimiento fueron muy semejantes (hasta la explotación del petróleo en Venezuela, claro está).

Y la razón de ello es que los liberales y conservadores latinoamericanos fueron ambos tenaces practicantes de esa versión arcaica —la oligárquica y mercantilista— del capitalismo, a la que, precisamente, la gran revolución liberal europea transformó de raíz. Al extremo de que, en muchos países, como el Perú, fueron los conservadores, no los liberales, quienes dieron las medidas de mayor apertura y libertad, en tanto que en la economía estos practicaron el intervencionismo y el estatismo.

Lo cierto es que el pensamiento liberal estuvo siempre contra el dogma —contra todos los dogmas, incluido el dogmatismo de ciertos liberales— pero no contra la religión católica ni ninguna otra y que más bien la gran mayoría de filósofos y pensadores del liberalismo fueron y son creyentes y practicantes de alguna religión. Pero si se opusieron siempre a que, identificada con el Estado, la religión se volviera obligatoria: es decir, que se privara al ciudadano de aquello que para el liberalismo es el más preciado bien: la libre elección. Ella está en la raíz del pensamiento liberal, así como el individualismo, la defensa del Individuo singular de ese espacio autónomo de la persona para decidir sus actos y creencias que se llama soberanía, contra los abusos y vejámenes que pueda sufrir de parte de otros individuos o de parte del Estado, monstruo abstracto al que el liberalismo, premonitoriamente, desde el siglo XVIII señaló como el gran enemigo potencial de la libertad humana al que era imperioso limitar en todas sus Instancias para que no se convirtiera en un Moloch devorador de las energías y movimientos de cada ciudadano.

Si la preocupación respecto al dogmatismo religioso ha quedado anticuada desde una perspectiva latinoamericana, en la que un laicismo que no dice su nombre avanza a grandes zancadas desde hace décadas, la crítica del Estado grande como fuente de injusticia e ineficiencla de la doctrina liberal tiene en nuestros países vigencia dramática. Unos más, unos menos, todos padecen un gigantismo estatal del que han sido tan responsables nuestros llamados liberales como los conservadores. todos contribuyeron a hacerlo crecer, extendiendo sus funciones y atribuciones, cada vez que llegaban al gobierno, porque, de ese modo, pagaban a su clientela, podían distribuir prebendas y privilegios, y, en una palabra, acumulaban más poder.

De ese fenómeno han resultado muchas de las trabas para la modernización de América Latina: el reglamentarismo asfixiante, esa cultura del trámite que distrae esfuerzos e inventivas que deberían volcarse en crear y producir, la inflación burocrática que ha convertido a nuestras instituciones en paquidermos ineficientes y a menudo corrompidos; esos vastos sectores públicos expropiados a la sociedad civil y preservados de la competencia, que drenan inmensos recursos a la sociedad, pues sobreviven gracias a cuantiosos subsidios y son el origen del crónico déficit fiscal y su correlato: la Inflación.

El liberalismo está contra todo eso, pero no está contra el Estado, y en eso se diferencia del anarquismo, que quisiera acabar con aquél. Por el contrario, los liberales que no sólo aspiran a que sobrevivan los estados sino a que ellos sean Io que precisamente no son en América Latina: fuertes, capaces de hacer cumplir las leyes y de prestar aquellos servicios, como administrar Justicia y preservar el orden público, que les son inherentes. Porque existe una verdad poco menos que axiomática —muy difícil de entender en países de tradición centralista y mercantilista: que mientras más grande es el Estado, es más débil, más corrupto y menos eficaz.

Es lo que pasa entre nosotros. El Estado se ha arrogado toda clase de tareas, muchas de las cuales estarían mejor en manos particulares, como crear riqueza o proveer seguridad social. Para ello ha tenido que establecer monopolios y controles que desalientan la iniciativa creadora del individuo y desplazan el eje de la vida económica del productor al funcionario, alguien que, dando autorizaciones y firmando decretos, enriquece, arruina o mantiene estancadas a las empresas. Este sistema enerva la creación de riqueza, pues lleva al empresario a concentrar sus esfuerzos en obtener prebendas de poder político, a corromperlo o aliarse con él, en vez de servir al consumidor. Pero además, el mercantilismo provoca una progresiva pérdida de legitimidad de ese Estado al que el grueso de la población percibe como una fuente continua de discriminación o Injusticia.

Este es el motivo de la creciente informalización de la vida y de la economía que experimentan todos nuestros países. Si la legalidad se convierte en una maquinaria para beneficiar a unos y discriminar a otros. Si solo el poder económico o el político garantizan el acceso al mercado formal, es lógico que quienes no tienen ni uno ni otro trabajen al margen de las leyes y produzcan y comercien fuera de ese exclusivo club de privilegiados que es el orden legal. Las economías Informales parecieron durante mucho tiempo un problema No lo son, sino, más bien, una solución primitiva y salvaje, pero una solución, al verdadero problema; el mercantilismo, esa forma atrofiada del capitalismo, resultante del sobredimensionamiento estatal. Esas economías informales son la primera forma —y es significativo que sean una creación de los marginados y pobres— aparecida en nuestros países de una economía de libre competencia y de un capitalismo popular.

Este es el más arduo reto de la opción liberal: adelgazar drásticamente al Estado, ya que ésta es la más rápida manera de tecnificarlo y de moralizarlo. No solo se trata de privatizar las empresas públicas devolviéndolas a la sociedad civil; de poner fin al reglamentarismo kafkiano y a los controles paralizantes y al régimen de subsidios y de concesiones monopólicas y, en una palabra, de crear economías de mercado de reglas claras y equitativas, en las que el éxito y el fracaso no dependen del burócrata, sino del consumidor. Se trata, sobre todo, de desestatizar unas mentalidades acostumbradas por la práctica de siglos —pues esta tradición se remonta hasta los Imperios prehispánicos colectivistas en los que el individuo era una sumisa función en el engranaje Inalterable de la sociedad— a esperar de algo o de alguien —el emperador, el rey, el caudillo o el gobierno— la solución de sus problemas, una solución que tuvo siempre la forma de la dádiva.

Sin esa desestatización de la cultura y la psicología, el liberalismo será letra muerta.

08/06/2006 11:33 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 3 comentarios.

Contradicciones del progresismo de salón Parte III

 

 

Serafín Fanjul, Catedrático de Literatura Árabe de la UAM

25/05/2006 23:12 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Contradicciones del progresismo de salón II Parte

20060519135838-z.gifPor lo visto no es algo que suceda sólo en España.Como dice mi señor padre, "en este mundo no cabe un tonto más"...
19/05/2006 13:59 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 1 comentario.

Patria o muerte, venderemos

20060518190128-che-converse-3.jpgDerrota tras derrota hasta la derrota final...
18/05/2006 19:01 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

Añoranza de Cataluña

Les paso un artículo buenísimo de Juan Carlos Girauta. Como historiador he vivido en propias carnes lo que se comenta en el artículo. Es bastante largo pero merece mucho la pena leerlo.

 

A la muerte de Franco, círculos intelectuales catalanes, con prolongaciones baleares y valencianas, desplegaron una serie de iniciativas tendentes a divulgar una nueva visión de la historia de Cataluña y a proporcionar, de paso, elementos ideales de legitimación a los sectores progresistas y nacionalistas, así como argumentos de autoridad a los dirigentes de la oposición local y a los grupos influyentes en el campo intelectual. Como bien preveían, pronto se iban a crear o recuperar instituciones, nuevos centros de poder, y había que empezar a tomar posiciones. En aquel contexto, se consideró que no tardaría en generarse una fuerte demanda de relato nacional catalán. Y cumplieron con su papel, aunque quizá con menos eco del que cabía esperar: en la mayoría de los casos, las puras consignas, sin mayor profundización, satisficieron los requerimientos. Vayan a preguntarles hoy, uno por uno, a los diputados autonómicos del PSC y de CiU, por ejemplo, quién era Ramon Berenguer IV.

Existía una producción historiográfica local que había llegado a las universidades y a los estudiosos, pero hacía falta remozarla, dotarla de intencionalidad para una etapa específica, armar algunos nuevos constructos y escamotear una parte de la visión de España presente en la escuela de Vicens Vives: una visión contrapuesta a la de los historiadores llamados visigóticos y que rechazaba la exclusividad constitutiva castellana en lo español. Es la que prevaleció en la Constitución del 78, pues implícita está en nuestro sistema jurídico-político. Paradojas de la vida, la nueva historiografía catalana de mediados de los 70 prefería decantarse en este crítico asunto -sin reconocerlo explícitamente, claro está- por los visigóticos: España era básicamente Castilla. Lo nuestro era otra cosa.

Sirva como ejemplo privilegiado de aquellas iniciativas divulgadoras, legitimadoras, portadoras de argumentos de autoridad y preñadas de intenciones inmediatas, una especialmente reveladora por los fundamentos que plasmó en su acta de nacimiento: la revista mensual L’Avenç (Història dels Països Catalans). Su embrión estuvo en la facultad de Letras de la Universidad Central de Barcelona, en el folletón ciclostilado Història i Societat, que cristalizó en L’Avenç con el apoyo de Editorial Avance. El editorial de su número cero, gratuito, de diciembre de 1976, da cuenta de los avatares de sus impulsores a la hora de lograr financiación. Muy en la línea de la descontextualización burda y simpática de las fuentes marxistas tan propia de aquellos ambientes y de aquella época, informa: “Nos hacía falta lo que, según Engels, es determinante en última instancia: el factor económico”. La práctica totalidad de los miembros del Consejo Asesor eran profesores universitarios de historia. Encontramos a Rafael Aracil, Albert Balcells, Josep Benet, Ernest Lluch, Joaquim Nadal, Borja de Riquer o Jaume Sobrequés, entre otros.

Nos situamos en una cesura histórica. Desde julio, sustituyendo a Arias Navarro, gobierna Adolfo Suárez, nombrado ministro Secretario General del Movimiento tras la muerte de Franco. Suárez impulsa su proyecto de reforma política, que la izquierda rechaza, pero la ley se aprueba por referéndum justamente en diciembre. La situación española está a punto de dar un vuelco formidable de la mano del régimen. El principio rector del proceso será “de la ley a la ley”. La oposición, a la vista del aplastante apoyo popular a los planes del Gobierno, transitará, sucesivamente y a rastras, la renuencia, la desconfianza, el escepticismo, la esperanza y el asombro, para terminar en la plena aceptación de una democracia hija de la iniciativa de un grupo de franquistas. De las Leyes Fundamentales del Movimiento a un Estado de Derecho plenamente homologable, siguiendo cauces legales y sin solución de continuidad. Habrá una excepción a la regla “de la ley a la ley”: la Generalidad restaurada.

La Generalidad será previa a la Constitución, y su presidencia se le reconocerá a Josep Tarradellas, que mantuvo prácticamente en solitario, en el exilio francés, la llama de la institución. Aquel grupo de profesores de historia se había puesto manos a la obra un año antes con un objetivo que, en palabras de Josep Fontana inspiradas por Jean Chesneaux, consistía en “atender las demandas populares e insertar la historia en la práctica social”. Más concretamente, Fontana reconoce: “Nuestra tarea más inmediata y urgente, aquella que ha de responder a las primeras demandas sociales que nos lleguen, será la de restituir a nuestro pueblo la visión histórica nacional que le ha sido negada desde 1939”. Se trata de “aprender a hacer una historia nueva”, y por si hubiera alguna duda de lo que esto significa Fontana afirma sin ambages: “Contra la historia científica, entendida en el sentido de neutra e imparcial, hay que propugnar una historia política, objetiva pero partidaria (…)”.

Desde ese momento, las elites intelectuales y los estudiantes universitarios serán alimentados en Cataluña, Valencia y Baleares, y aun en la francesa Catalunya Nord, por un cuerpo de doctrina que incluye, de entrada, el concepto de Països Catalans. Tal es la nación de la que hablan, sobre la que escriben, para la que se disponen a “hacer una historia nueva”. No está clara la relación entre la historia que, según Fontana, nos estaban negando desde 1939 y tal constructo político-cultural. Nunca existió una entidad llamada Països Catalans. Entendemos que se refieren a la Corona de Aragón, cuyo nombre no es plenamente satisfactorio de cara a los fines que propugnan los avanzados del catalanismo universitario en aquella cesura histórica de mediados de los 70 (“una historia política, objetiva pero partidaria”). Muchos historiadores escribieron y escriben acerca de una Confederación catalano-aragonesa, denominación no tan flagrantemente engañosa cuando matizan “confederación avant la lettre”, aunque, hecha la advertencia, siguen usándola sin matiz. La página web oficial de la Generalidad de Cataluña de noticia de lo siguiente: “Con este nombre [¿Generalitat? ¿Generalitat de Catalunya? No se especifica] se ha designado, desde hace casi setecientos años, al organismo ejecutivo creado por las Cortes Generales de la Confederación [sin matices] de la corona catalanoaragonesa (s.XIV-XV). Las raíces de Cataluña como pueblo con una unidad de territorio y de gobierno se adentran en la lejanía de los siglos de la edad media. (…) La nación catalana ha tenido a lo largo de los siglos las instituciones políticas y las formas de gobierno propias de cada época, con un grado de soberanía también diverso. Estas instituciones han sido, en ciertos periodos de su historia, las propias de un estado soberano, y en otros más recientes la expresión de un poder compartido con el poder central del Estado español”.

Con la elección del término “Confederación” se trata de destacar que aquello que se conoció como Corona de Aragón tuvo su centro político en Barcelona, que sus reyes (reyes de Aragón) pertenecían a la Casa de Barcelona. Que, referidos a ésta, su título era el de condes, etcétera. Pero es que antes de 1939, en aquella historia que luego “nos negaron”, las instituciones republicanas no reconocieron nada parecido a unos Países Catalanes. Basta echar un vistazo a la Constitución de 1931 para comprobarlo: “Artículo 13. En ningún caso se admite la federación de regiones autónomas”. Y ponerla en relación con el Estatuto de Cataluña de 1932: “Artículo 1. Cataluña se constituye en región autónoma dentro del Estado español con arreglo a la Constitución de la República y al presente Estatuto (…)”. Así que la negación de nuestra historia procederá de épocas anteriores, no será una consecuencia del final de la Segunda República. ¿De cuándo exactamente? ¿Con qué mundo sin negaciones entroncaba la “nueva historia” que habían de “hacer” Fontana y sus colegas?

Sostenía Jaume Sobrequés, hoy director del Museo de Historia de Cataluña, que la Generalidad republicana no había hecho sino “continuar la tarea que se inició en 1359 y que Felipe V malogró en 1714”. Así, el precedente de la institución que estaba cerca de recuperarse cuando nació L’Avenç no era otro que la Diputació del General. Nada nuevo, dirá el lector: siempre que un círculo se arroga la posesión de la verdad sobre los orígenes, naturaleza y unidad esencial de un grupo mayor, siempre que alguien se dispone a iniciar un proyecto de “construcción nacional”, hurga en la Edad Media, lo suficientemente oscura para que un nacionalista le atribuya la época dorada de su patria (en la lejanía de los siglos, como diría la web de la Generalidad). Se puede retroceder aún más: “Con la desaparición del Imperio Romano de Occidente, los visigodos se establecieron en la Península Ibérica. La entrada en Cataluña se produjo al comienzo del siglo V” (Recursos del profesorado, XTEC, Consejería de Educación de la Generalidad). Obsérvese: como no existía España, los visigodos entraron en la Península Ibérica, donde sí existía “Cataluña”. Para la Generalidad y sus medios, España sigue sin existir; se refieren a ella como “Estado español”.

Lo esencial es buscar, y encontrar, pautas con las que armar una trayectoria coherente hasta el presente y así justificar cualquier operación de ingeniería social de cara al futuro. Se trata de construir un relato comprensible, aun si en tal cometido se sacrifica la historia científica, como admite Fontana sin disimulo. Vaya por delante que el que firma desconfía profundamente del adjetivo “científico” cuando se aplica a las ciencias sociales. Sorprende sin embargo que hace treinta años los defensores de los Países Catalanes despacharan tan tranquilamente “lo científico” y que hoy en día sus epígonos, o ellos mismos más talluditos, lo invoquen a la mínima de cambio para pintar como aprendices, amateurs o simples intrusos a cuantos se atreven a llevarles la contraria.

En 1976, a los profesores de historia más concienciados les parecía urgente proporcionar al pueblo un arsenal legitimador de nombres propios, fechas clave, viejas luchas (¡que ya estaban en la buena línea, o en la mala!), instituciones, victorias y derrotas. Fuera del ambiente universitario, todo hay que decirlo, estas pretensiones se recibían con una cierta frialdad o, incluso, con un escepticismo burlón. La llegada de Tarradellas y su Generalidad fue bien acogida por razones diferentes que tienen que ver con la inteligente gestión del propio don Josep, a quien las izquierdas no veían con buenos ojos, ni mucho menos aprobaban su estrategia. Fueron decisivos el afán conciliador del honorable y su habilidad para hacer valer activos morales y solemnes. Tarradellas no dudó en aceptar la autoridad de las instituciones españolas del momento. Visitó al Rey y a Suárez en Madrid antes de pisar suelo catalán; conectó del mejor modo posible el pasado con el presente. Tarradellas era un hombre extraordinario. Su jugada maestra consistió en presentar públicamente una crucial entrevista negociadora con Suárez que había resultado un rotundo fracaso como un éxito, con lo que forzó irresistible y diplomáticamente al presidente del Gobierno hacia su terreno y precipitó el proceso que estaba dispuesto a culminar. Y que culminó, plantándose el 23 de octubre de 1977 en un balcón de la Plaza de San Jaime y dirigiéndose a la multitud con una frase memorable: “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!”. La policía había cerrado la plaza, donde no cabía un alfiler. Tener tan cerca a los temidos uniformados causaba una cierta impresión. Doy fe de que franqueaban el paso a quien mostrase algo parecido a un carné con una hoz y un martillo. En esas anécdotas se comprendía el vuelco histórico.

Ya estaba ahí Tarradellas, ya estaba ahí la Generalidad restaurada. Y todavía no teníamos Constitución ni, por tanto, diseño territorial y político para la España de la democracia. No empezó su discurso diciendo “Catalans!”, como Macià el 14 de abril de 1931 o Companys el 6 de octubre de 1934. Ni por supuesto dijo “Ciutadans dels Països Catalans!”. Dijo “Ciutadans de Catalunya!”. Sus palabras estaban perfectamente medidas. La conclusión es obvia: decidió romper con una trayectoria histórica (y acaso con una maldición) y apelar a la ciudadanía, a la razón.

Su fórmula se impuso a pesar de la oposición de las izquierdas y del nacionalismo catalán (bastante escuchimizado a la sazón). Ellos hubieran preferido recuperar las instituciones por una vía distinta a la encarnación en un viejo presidente exiliado que apostaba por un entendimiento fluido y colaborador con el gran proyecto español de la Transición y que, habiendo vivido las experiencias de la Cataluña republicana, consideraba un peligro la permanente adopción del tono reivindicativo, de enfrentamiento, que la jovencísima Convergencia Democràtica de Catalunya ya apuntaba y que el pasado de Jordi Pujol, marcado por unos años de prisión injusta y por una naturaleza exaltada, aseguraba.

Esperanzados con lo que la nueva situación iba a traer, a la inmensa mayoría de los ciudadanos de Cataluña les dejaban bastante indiferentes las repentinas indignaciones, doscientos sesenta años después, por el Decreto de Nueva Planta. Los multitudinarios onces de septiembre de aquellos años pueden llamar a engaño a quienes los conocen a través de documentales televisivos. Quienes los vivimos sabemos que, en aquel estallido civil, la reivindicación de la autonomía (no de la independencia) era inseparable del afán de libertades públicas que recorría España. Está en el lema Llibertat, amnistia, estatut d’autonomia. Cualesquiera que fuesen las intenciones con que la Assamblea de Catalunya lo puso en circulación -tácticas, parciales, coyunturales…-, la interpretación que le dio la gente fue clara: un estatuto más o menos similar al del 32 y libertades democráticas para España. Y una amnistía, que también se obtuvo y que, con la perspectiva del tiempo, parece claro que hubiera debido quedarse en indulto para los presos políticos. No se comprende en qué beneficiaba a las libertades políticas y a la salud democrática que un reciente violador, un atracador o un asesino de ancianas dejaran sin pagar sus crímenes. Si todas las sentencias penales por delitos comunes del tardofranquismo estaban contaminadas, ¿por qué no lo estaban las civiles, las laborales o las contencioso-administrativas?

Los que con más insistencia se proclaman continuadores directos (y superadores) de aquellas manifestaciones por las libertades y el estatuto ahora sólo exclaman: In-de-pen-dèn-ci-a! Al cabo, son ellos los que se han nutrido más que nadie de la reinterpretación del pasado, de la nueva historia que postulaba Fontana y del sesgado rescate secular de Sobrequés: de Pedro el Ceremonioso a Pascual Maragall. El resto de los catalanes simplemente no justifica demandas políticas acudiendo a la Edad Media. La nueva historia de los siglos lejanos ha quedado en unos cuantos conceptos vagos que se invocarán ocasionalmente sin entrar en detalles. Por ejemplo, cuando se quiera marcar distancias con otras autonomías, o bloquear competencias mediante el expediente de los “derechos históricos”. No operan siquiera como argumentos. Son motivo para elevar los corazones, para retroceder de tanto en tanto a aquella sentimentalidad que Josep Pla calificó de obscena. Para gozar de la experiencia del médium con un pie en la historia y otro en la leyenda. Con una mano jurando los hechos y con otra jurando las falacias. Con la cabeza en la gloria de los elegidos y los pies ansiando la moqueta del Parlament, de la conselleria o de la fundación subvencionada. La perfección mística llega cuando se puede vivir del patriotismo. Se trata de insertarse uno, personalmente, en el ámbito conocido como casa nostra. Ayudará al proceso cualquier actividad demostrable dirigida a nostrar la realidad. “Nostrar” es un verbo insólito, no sé si tiene equivalente en otro idioma. Ni siquiera sé si existe realmente en catalán; en mis diccionarios no aparece, ni en el clásico Els verbs catalans conjugats, de Xoriguera. Cabe traducirlo por “hacer nuestro”, siempre en el sentido de catalanizar. Puesto uno a nostrar lo que se le ponga por delante, puede llegar a pensar que trabaja con conceptos nítidos. Pero no. Se encontrará con lo etéreo; sólo contará con presupuestos (de presuponer) y sólo se saciará con presupuestos (de presupuestar).

Si uno escribe, verá su obra publicada y distribuida. Si no, tendrá al menos la confortable sensación de pertenencia. Pertenencia a un sujeto colectivo tan generoso, atractivo y absorbente que, si uno es catalán, o simplemente está en Cataluña e intuye el funcionamiento de ciertos códigos (porque se dedica a algo relacionado con la cultura, el intelecto, las artes o los medios de comunicación; por ejemplo, un corresponsal extranjero), se da por hecho, sin más, que es uno de los nuestros. Pertenencia que no se refiere a pagar impuestos en Cataluña, o a colaborar al crecimiento de su PIB, o a tener la vecindad civil, datos sin mayores consecuencias. Lo decisivo es compartir una Weltanschauung. Que las opiniones sobre una larga lista de asuntos no se muevan demasiado de una aceptable franja. Todo en el terreno del sobreentendido y gracias a una infinita generosidad ambiental, pues no es necesario demostrar ni afirmar nada en absoluto, en ningún sentido. Sólo arriesga quien se pronuncia. Es la famosa complicidad, en la acepción que le dan los locutores de televisión y, si se tercia, también en la acepción estricta.

Los catalanes nacemos solidarios y progresistas. Por tanto, declararlo no aporta mucho, es una ingenuidad. Si un artista es entrevistado en televisión y quiere marcarse un tanto seguro, tiene que ir un poco más allá. Insultar a Aznar, por ejemplo, sin que venga a cuento, o a Ana Botella. Nunca falla. Si al entrevistado, incluso siendo contrario a Aznar, le repugnan los salvoconductos grupales, perderá esta fácil ventaja. En la última década, denigrar a Aznar en Cataluña ha sido jugar con las cartas marcadas. La famosa escuela catalana que copa el prime time de las televisiones españolas se ha forjado en esa facilidad. ¡Cuánto han tenido que fatigar algunos los libros de historia para que otros lo tengan tan fácil! El profesor, escritor, periodista o cantante que no desee ninguno de los privilegios que se derivan de los sobreentendidos y esté resuelto a opinar sin morderse la lengua, aunque se salga clamorosamente de la franja permisible de discrepancia, puede buscarse problemas. Si el disidente es colectivo, se organiza, publica un manifiesto, da una rueda de prensa, se erige en interlocutor de peso (tanto como tenga su grupo) y hace valer a toda costa su libertad de expresión, reunión y asociación para enmendarle la plana a la Weltanschauung, entonces se encienden todas las alarmas. ¿Quién no tiene en mente un ejemplo reciente y otro antiguo? Por si cupiera alguna duda sobre la relación entre esas dos iniciativas, separadas por más de veinte años, el republicano Bargalló, conseller primer, la ha subrayado. Algo escalofriante, teniendo en cuenta el modo en que acabó el manifiesto de los 2.300. Y que el grueso de Terra Lliure se aloja en su partido, sin arrepentimiento alguno, desde que comprendió al fin, en los años 90, que insistir en la lucha armada era una falta de urbanidad.

El líder de la formación de Bargalló niega ser nacionalista, igual que el presidente Maragall. Cabe interpretarlo como una muestra de cansancio tras revolver demasiado las esencias. Habrán comprobado cuánto más eficaz resulta esa variante de la propaganda que descansa en la ocurrencia: la francofonía de Maragall, la oficialidad en toda España del catalán, de Carod. Son cosas que no podían prever aquellos profesores de historia a mediados de los 70. El desmarque del nacionalismo nominal también responde a la voluntad de distanciarse de Convergència i Unió. Los socialistas de Madrid, Sevilla o Cáceres deberían preguntarse seriamente por qué Carod está más cómodo gobernando con Pasqual Maragall que con Artur Mas. PSC, ERC e ICV lo ven así: durante casi un cuarto de siglo ha gobernado el nacionalismo conservador. Ahora nos toca a nosotros, las izquierdas, a los que no nos define la condición de nacionalistas sino la de progresistas. Cabe replicar a esto que todas las energías del Gobierno tripartito se han puesto al servicio de una reivindicación identitaria: un estatuto nuevo que reconozca derechos históricos, blinde competencias y defina a Cataluña como nación. No les han quedado fuerzas para nada más. Carecen prácticamente de producción legislativa. Por otra parte, su supuesta renuncia al esencialismo histórico se referirá quizás a los siglos XIII al XIX (o del V al XIX, si hay que hacer caso de aquellos Recursos para profesores). No al siglo XX.

De hecho, es ERC quien ha impulsado con mayor vehemencia, en Cataluña y en Madrid, donde el Gobierno central depende de sus votos, la “recuperación de la memoria histórica”, sin que nadie dude de que dicha recuperación se circunscribe a la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo. Y sin que nadie sueñe con que su arrebato mnemotécnico alcance, dentro de las épocas señaladas, ni a la represión ejercida por las izquierdas y los anarcosindicalistas durante la República, ni a la de retaguardia, ni a las checas, ni a los juicios bufos y sumarios, ni a la cacería de poumistas en Barcelona, ni a la violencia contra los católicos por el mero hecho de serlo. Lo que tenemos que recordar, inducidos por su péndulo hipnótico, es una República humanista cuyas reformas se vieron frustradas por militares, obispos y terratenientes; también las execrables insurrecciones reaccionarias; la muy legítima revolución del 34, incluyendo el golpe de Companys; la feroz represión del “bienio negro”; el estallido de libertad y de alegría del Frente Popular; la infame sublevación de julio del 36; la ayuda italo-germana a los nacionales; los juicios de posguerra, la cárcel y los fusilamientos subsiguientes. Y la pérdida de las libertades de Cataluña, que, como un solo hombre, se adhería al bando republicano. Igual que se adherían, siempre en defensa de las libertades y de la democracia, los comunistas de toda España. Esto, es, resumidamente, lo que hay que traer a la memoria.

Repito que es ERC el grupo que más ha impulsado la interferencia de todo ese muestrario trucado del pasado en la actual política española. Parcialidad asombrosa, sufrimiento vicario y exaltación tardía. Y simetría perfecta con la actualidad, como si no hubiera llovido desde entonces. La grandiosa propaganda diseñada por el estalinismo sigue dando sus frutos podridos. Y es el caso que a esa iniciativa esquerrana se ha sumado con entusiasmo el PSOE de Rodríguez Zapatero, tirando de abuelo y descubriendo una poderosa arma cuyos mortíferos efectos se resumen en señalar con el dedo al Partido Popular, el único que no existía en los años treinta (aparte de CDC, siempre coaligada con Unió, que sí existía). Señalarlo para identificarlo con “los fascistas”, que es como llamaban las izquierdas, siempre tan precisas, a Gil Robles y a Francesc Cambó, a José Calvo Sotelo y a Alejandro Lerroux, a Andreu Nin y a Julián Besteiro.

Y en estas nos tenemos que ver en pleno siglo XXI. Quién se lo iba a decir a tantos republicanos de izquierda, socialistas, comunistas y anarquistas como publicaron sus memorias sinceras, situando en su lugar, con la fidelidad de quien ya no tiene nada que perder, las copiosas porciones de culpa que les correspondían a los suyos. No sé si será mucho pedir que la recuperación de la memoria histórica que nos ha cocinado la Esquerra y que nos va a servir el PSOE incluya una cosita: ya que se proclaman, frente a otros, herederos directos de la legalidad republicana, ¿les importaría, por favor, representar en TV3, con buenos actores, cierto diálogo escrito por Manuel Azaña? A fin de cuentas fue el personaje más importante de la Segunda República, el que la encarnó, el que la presidió durante la guerra. Antes había sido jefe del Gobierno. Y antes miembro del Comité Revolucionario. ¡Fue la cabeza visible del Frente Popular! ¡Defendió personalmente el Estatuto de Cataluña en las Cortes republicanas! Con estos antecedentes, no se pueden negar, ¿verdad? Además, la obra está escrita en Barcelona. Se llama La velada en Benicarló. ¿A que no la pasan por TV3? ¿A que no la representan en el Romea? No, desde luego, en esta Cataluña. Quizá se representó en aquella otra, donde ocurrían tantas cosas. Como que unos profesores de historia se organizaran para explicarnos, justo a tiempo, quiénes éramos. Quizá en la Cataluña que añoro, sin haberme movido de ella, todos los días.

28/02/2006 18:21 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.

VIOLENCIA PROPORCIONADA Y OTRAS MURGAS

Les paso la última "joya" del maestro Pérez Reverte. Como siempre, da en la diana. Léanlo bajo su responsabilidad, no vayan a convertirse de golpe en "fachas" peligrosos por pensar obviedades.

 VIOLENCIA PROPRCIONADA Y OTRAS MURGAS

Quisiera saber a qué atenerme. Con los amigos que tengo en la madera y en Picolandia diciendo por lo bajini Dios te ampare, colega, no damos abasto y esto va a más, sería bueno que alguien me instruyera en los asuntos de legítima defensa, provocación suficiente y proporcionalidad en la violencia que una persona decente puede emplear en su propia casa contra los malos. Porque estoy confuso. Cuando pones tu vida, tu familia y tus propiedades en manos del Estado y te ves desamparado por éste –falta de ganas o falta de medios no cambian la situación–, el sentido común y el instinto de supervivencia aconsejan adoptar otras defensas razonables. Y ése es el problema: lo que las leyes españolas consideran razonable en legítima defensa doméstica tiene poco que ver con el sentido común. Tendría que ver, quizá, con ese mundo ideal, esa Europa responsable, ordenada y ciudadana que parecíamos a punto de conseguir. Pero eso ya no cuela, Manuela. Al corderito de Norit se lo zampan hoy al horno con absoluta impunidad. Y con patatas.

Así que me gustaría que alguien cualificado ilustrara mis dudas legítimo-defensivo-hogareñas. Si unos ladrones, por ejemplo, saltan a un jardín con intenciones dolosas y son atacados por el perro de la casa, ¿la indemnización que debe pagarles el propietario del perro incluye las lesiones por mordiscos o también la ropa rota en la refriega? ¿Debe esperar el perro a que los intrusos demuestren inequívocamente sus intenciones malvadas antes de hacerles pupita? ¿Da lo mismo a quién muerda el perro, o hay connotaciones xenófobas si en vez de un español o un ucraniano rubio la víctima es moro o colombiano? ¿Es agravante ladrar? ¿Será sacrificado el cánido por las autoridades competentes? En caso de que el perro despache al intruso, ¿deben ser indemnizados los parientes próximos de la víctima?

Como ven, el asunto no es baladí. Y eso que todavía estamos en el jardín. Pero imaginen que, con perro o sin él, los malos penetran en la casa. Ahí sí debemos hilar fino. ¿A partir de qué momento es legítimo defenderse? ¿Es adecuado sacudirle con un garrote a un fulano que entra en tu casa a las tres de la madrugada, o es preciso antes averiguar sus intenciones? ¿Y qué hacer cuando, tras preguntarle cortésmente, «Caballero, ¿qué intención lo trae por aquí?», el otro se hace el longuis? ¿Hay que esperar a que empiece a meter en un saco la colección de Tintín? ¿A que desenchufe el Deuvedé? ¿A que coja las llaves del coche? ¿Es atenuante para el intruso que la interpelación no se le haga en la lengua autonómica correspondiente?

Pero, en fin. Supongamos que la actitud del malevo es inequívoca. Eso, lejos de aclarar las cosas, plantea más problemas legales. De noche y dentro de la propia casa, ¿qué es provocación suficiente? ¿Basta con que los asaltantes amenacen a la familia de palabra, o hay que esperar a que te pongan una navaja en el cuello o una pistola en la cabeza? ¿Violar a las hijas, a la esposa o a la chacha ecuatoriana es provocación suficiente? ¿Basta con adivinar la intención, o hay que dar tiempo a que se consume el asunto? ¿Hay que esperar a que te maniaten o sodomicen para que la provocación sea suficiente y manifiesta?

Llegados a ese punto, por cierto, entramos en el resbaladizo terreno de la proporcionalidad en la respuesta. ¿Es proporcionado que el dueño de una casa, cuando le entran varios individuos armados o sin armas, intente cargarse a alguno, si puede? ¿A partir de qué momento, poseyendo una escopeta de caza o un fusco con papeles, puede liarse a tiros con los malos? ¿Debe esperar a que las intenciones de provocación sean manifiestas, como por ejemplo, a que lo inflen a hostias preguntándole dónde esconde la viruta? Si los malos llevan cuchillos, ¿debe renunciar al uso de la pistola, por aquello de la proporcionalidad, y utilizar sólo un cuchillo de cocina o el palo de la fregona? Si en una casa entran a robar diez albanokosovares veteranos de guerra, ¿a cuántos puede atacar a mordiscos el propietario si ninguno de los diez lleva armas? ¿Y si las llevan? ¿Debe esperar a que le disparen para disparar él? ¿Hace falta un tiro previo de advertencia al aire? ¿Si los mata a los diez y encima le da risa, se considera ensañamiento?

Dicho de otro modo: ¿Y si nos fuéramos todos a hacer puñetas?

 

PD. Ahí dejo un regalito para los "revertianos" de pro. Que lo disfruten y vayan prerándose, ¡Voto a bríos!...

17/02/2006 21:06 Autor: Thomas Jefferson. Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 7 comentarios.

"Aquí no sirve ni muere nadie"

Iba a escribirles hoy un artículo muy mono, pero por aquellas cosas que pasan he encontrado uno mejor y que toca alguno de los temas que trataré en breve. No creo que haga falta que les diga--a estas alturas--quien lo ha perpetrado.Así que ahí va.
Huelga decir que comparto la inmensa mayoría de lo dicho por el autor...

Seguimos actualizándonos, pardiez. En la academia de suboficiales de Lérida, Defensa –el nombre empieza a parecer un chiste– ha retirado la inscripción «A España servir hasta morir». La decisión se tomó por presiones de vecinos y políticos locales, que pedían la desaparición de un mensaje que consideraban «una vergonzosa agresión al paisaje, al buen gusto y a la libertad». Y bueno. Lo del paisaje y el buen gusto podría ser; pero la agresión a la libertad no termino de verla del todo. Mi libertad, por lo menos, no se ve agredida porque los suboficiales del Ejército sirvan a España hasta morir, en Lérida o en donde sea. Más bien al contrario. A mí, la verdad, que en un ejército voluntario, como el de ahora, haya individuos e individuas dispuestos a dejarse escabechar por España, siempre y cuando sea en condiciones normales de milicia y no en vuelos chárter de segunda mano para ahorrarle cuatro duros al ministerio, me parece estupendo. Alguien tendrá que hacerlo llegado el caso, digo yo. Y además lo llevan incluido en el oficio y en la mierda de sueldo que cobran. De modo que si a alguien le parece mal, sólo veo una explicación: ese alguien cree que no hace falta que nadie muera por España.

Dejemos las cosas claras. En este país ruin e insolidario, y en lo que a mí se refiere, las banderitas e himnos nacionales, regionales y locales, los villancicos navideños, las salves marineras y rocieras, las jotas a la Pilarica o a San Apapucio, los pasos de Semana Santa y la ola en los estadios cuando juega la selección tal o la cual, se los pueden guardar algunos donde les alivien. Cuando políticos, generales, obispos, financieros y presidentes futboleros, entre otros, agitan desaforadamente trapos, crucifijos, folklore, camisetas o lo que sea, en vez de heroísmo, patrias, dignidades, espiritualidades, tradiciones y cosas así, lo que yo veo es a millones de infelices manipulados desde hace siglos por aquellos que diseñan las banderas y los símbolos, utilizándolos para llevarse al personal a la cama. Lo que no es incompatible –acabo de escribir una novela sobre eso– con la ternura y respeto que siento por los desgraciados que lucharon, sufrieron y palmaron por una fe, por un deber o porque no tenían más remedio. Pero entre quienes se benefician de ello, no veo distinción entre derechas, izquierdas, nacionalistas o mediopensionistas. En sus manos pecadoras, tan sucia es la bandera que agitan como la ausencia de la que niegan. Bicolor, tricolor, multicolor, technicolor o cinemascope. Lo mismo si la izan que si la descuartizan.

Respecto a lo que decía antes, me explico más. Quienes crean que en un país normal, con fronteras y política exterior, los ejércitos resultan innecesarios, son unos pardillos. Esa murga sería preciosa en un mundo ideal, pero nada tiene que ver con éste. Ciertos cantamañanas olvidan, o ignoran, que quienes en 1936 vertebraron la defensa antifranquista, tonterías populacheras aparte, fueron los organizadísimos comunistas y los militares profesionales leales a la República. En cuanto al presente de indicativo, la razón de que Estados Unidos, nos cuaje o no, sea árbitro del mundo no se basa sólo en su potencia económica, sino en su carísima y eficaz máquina militar sin complejos. Europa es un ratoncillo en ese terreno, y España la colita cochambrosa de ese ratón. Pregúntenselo a Javier Solana, el míster Pesc del circo Price, cuando va a Israel y esa mala bestia de Sharon se le descojona en la cara. O a nuestro genio de la blitzkrieg diplomática y el buen rollito, el ministro Moratinos, la próxima vez que los ingleses le metan la Royal Navy en el estanque del Retiro. El pacifismo y el antiamericanismo rinden en titulares de prensa; pero la falta de fuerzas armadas propias significa que, si algo se va al carajo, habrá que pedir ayuda a los Estados Unidos, como en las guerras mundiales, Bosnia, Kosovo y demás. Siempre y cuando Estados Unidos no esté con el otro bando. Lo ideal, claro, es acabar de una vez con las armas y las guerras y besarnos todos en la boca dialogante, muá, muá, slurp. Pero esa película hace tiempo que la quitaron de los cines.

Aunque, volviendo a lo de la academia de Lérida, cabe una segunda posibilidad: que aparte de quien cree innecesario que exista gente capaz de sacrificarse por España, haya a quien le conviene que nadie la defienda si la maltratan o descuartizan. En el primer caso nos las veríamos con un ingenuo, o un imbécil. En el otro caso, con un relamido hijo de la gran puta.
19/01/2005 12:05 Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 2 comentarios.

La fiel infantería

Arturo Pérez Reverte

La rendición de Breda, por Diego Velázquez.

Aún no se había inventado la fotografía; pero aquel tipo, Velázquez, recogió el momento. Estábamos allí, engalanados como para el Corpus, y a lo lejos Breda estaba en llamas. La verdad es que nos habíamos ganado a pulso el asunto, después de ocho meses dale que te pego, tragando miseria en los parapetos; cavando trincheras, zapa va y zapa viene, con los holandeses haciendo salidas y acuchillándonos en cuanto cerrábamos un ojo. Pero allá ondeaba, en el campanario, el lienzo blanco, grande como una sábana. Al final les habíamos roto el espinazo.

Nos alinearon en el centro, capitanes delante, guardia de piqueros y mosquetes a la derecha, más o menos en orden, aupándonos sobre la punta de los pies para verle la jeta a los holandeses. El capitán Urbieta nos puso en las filas delanteras a los que teníamos la ropa menos harapienta, empeñado como estaba en que impresionásemos al enemigo con nuestra marcial apariencia. La revista de la mañana había sido un calvario: diez azotes por cada falta de aseo y descuido en la vestimenta. Como dijo Antonio Muñoz, mi paisano, para qué puñetas queremos impresionarlos más, capitán, después de que los hemos fastidiado así de bien, que hasta se rinden, los herejes. Si eso no es impresionar a esos hideputas, que baje Cristo y lo vea. Y Urbieta, la mano en el pomo de la espada, mordiéndose el bigote para mantenerse serio, recetando cinco latigazos y medio rancho para el pobre Antonio, por bocazas y por meter al hijo de Dios en estos lances.

El caso es que allí estábamos, en aquel cerro que se llamaba Vangaast o Vandaart o algo por el estilo, con una treintena de picas y otros tantos mosquetes como guardia de honor, con las banderas de los tercios y toda la parafernalia. El resto de las compañías en línea ladera abajo, la cruz de San Andrés desplegada sobre los morriones de nuestros piqueros, lanzas y más lanzas, y mosquetes, que era un gusto mirarlos hasta el llano donde estaba la artillería apuntando al valle y la ciudad. Y al fondo, difuminada y azul entre el humo de los incendios, con manchas de sol que iban y venían entre las motas grises de las fortificaciones y los edificios, Breda a nuestros pies.

Sitúense ante el cuadro y miren a los holandeses, a la izquierda del lienzo. Observen sus caras. Habían subido la cuesta despacio, tomándose su tiempo, como si los que iban a rendirse fuéramos nosotros. Y Justino de Nassau endomingado como para una boda, bajándose del caballo con cara de asistir a su propio funeral, mirando alrededor como un sonámbulo, intentando digerir la humillación mientras procuraba mantener el porte digno. Al pobre diablo le temblaba la mano que sostenía la llave de la ciudad. Algunos de sus oficiales eran muy jóvenes, demasiado para emplearlos en negocio como la guerra, crecidos en campos fértiles, con llanuras y ríos y graneros bien abastecidos, comiendo caliente desde renacuajos. Burgueses cebados y con mucho que perder. Había uno de sus cachorros, rubio e imberbe, jovencito, con casaca blanca y manos de damisela que, aunque destocado por el protocolo, miraba con desprecio nuestras botas con remiendos, las barbas mal rapadas, nuestras caras de lobos flacos, peligrosos y arrogantes. Y hasta tal punto galleaba el mozo que mi capitán Urbieta, que tenía el genio vivo, empezó a retorcerse el mostacho y a acariciar el pomo de la espada, sugiriendo una sesión privada de esgrima. Un compañero del holandés captó el gesto y, poniendo la mano en el hombro del joven oficial, lo reconvino en voz baja hasta que éste bajó los ojos humillado y furioso, a punto de romper en lágrimas. Demasiado tierno, como casi todos ellos. Así les había ido la feria.

A la derecha estamos nosotros; mi lanza es la tercera por la izquierda. En torno sonaban redobles, cascos de cabalgaduras, capitanes dando órdenes como latigazos. Y allí, descabalgando, nuestro general, con media armadura negra rematada en oro, cuello de encaje y banda carmesí, el apunte de una sonrisa en los labios, Ambrosio Spínola, el viejo zorro. Con aire de circunstancias, pero disfrutando por dentro el espectáculo. Al fin y al cabo, aquélla era su fiesta.

Lo que son las cosas de la vida. Cuando la gente se para ante el cuadro, en el museo, son Spínola y el holandés, el jovencito imberbe y la plana mayor de nuestro general, quienes acaparan todas las miradas. Nosotros só1o somos el decorado, el te1ón de fondo de una escena en la que hasta el caballo de don Ambrosio, sus cuartos traseros, parece tener más importancia. Y sin embargo, allí en Breda como antes en Sagunto, Las Navas, Otumba o Pavía, o después en los Arapiles, Baler, Annual o Belchite, quienes en realidad hacíamos el trabajo duro éramos nosotros. Los nombres dan igual, porque durante siglos fuimos siempre los mismos: Antonio de Úbeda, Luis de Oñate, Álvaro de Valencia, Miguel de Jaca, Juan de Cartagena... Con la España que teníamos a la espalda, no había otra solución que huir hacia adelante. Por eso éramos, qué remedio, la mejor infantería del mundo. Secos y duros como la ingrata tierra que nos parió, hechos al hambre, al sufrimiento y la miseria. Crecidos sabiendo lo que cuesta un mendrugo de pan. Viendo al padre, y al abuelo, y a los hermanos mayores, dejarse las uñas en los terrones secos, regados con más sudor que agua. A la madre silenciosa y hosca, atizando el miserable fogón. Salidos de ocho siglos de acogotar moros o de acuchi1larnos entre nosotros, crueles e inocentes a un tiempo, traídos y llevados a través del tiempo y de los libros de Historia so pretexto de tantas palabras huecas, de tantos mercachifles disfrazados de patriotas, de tantas banderas a cuánto la vara de paño de Tarrasa, de tantas fanfarrias compuestas por filarmónicos héroes de retaguardia. Fíjense en nosotros: siempre al fondo y muy atrás, perdidos, anónimos como siempre, como en todos los cuadros y todos los monumentos y todas las fotos de todas las guerras. Soldados sin rostro y sin nombre, carne de cañón, de bayoneta, de trinchera. La pobre, sudorosa y fiel infantería. Después, en los primeros planos y sobre los pedestales de las estatuas siempre aparecen otros: los Spínola que nunca se manchan el jubón, y que aún tienen humor y elegancia para decirle al holandés no, don Justino, faltaría más, no se incline. Estamos entre caballeros. El resto queda para nosotros: cruzar un río helado entre la niebla, en camisa para confundirnos con la nieve, la espada entre los dientes minados por el escorbuto. Levantarse y correr ladera arriba con la metralla zumbando por todas partes, porque al capitán, aunque es una mala bestia, nos da vergüenza dejarlo ir solo. Quedarte sin municiones en la Puerta del Carmen de Zaragoza y empalmar la navaja tarareando una jotica para tragarte el miedo, mientras los gabachos se acercan para el último asalto. Hacerse a la mar porque más vale honra sin barcos, dicen, en buques de madera ante los acorazados de acero yanquis. Morir de fiebre en la manigua, degollado en Monte Arruit por la ineptitud de espadones con charreteras. O cruzar el Ebro con diecisiete años mientras la artillería te da candela, el fusil en alto y el agua por la cintura, con los compañeros yéndose río abajo mientras en la orilla los generales y los políticos posan para los fotógrafos de la prensa extranjera.

Échenle un vistazo tranquilo al lienzo, sin prisas, e intenten reconocernos. Somos la humilde parcheada piel sobre la que redobla toda esa ilustre vitola de los generales y los reyes que posan de perfil para las monedas, los cuadros y la Historia. Y cuántas veces, en los últimos doscientos o trescientos años, no habremos visto ante nosotros, mirando con fijeza hacia el modesto rincón que ocupamos en el lienzo, un rostro de campesino, de esos arrugados y curtidos por el sol como cuero viejo. Un rostro parado ante el cuadro con aire tímido y paleto, dándole vueltas a la boina o el sombrero entre las manos nudosas, encallecidas, de uñas rotas. Los ojos de un hombre indiferente a la escena central del cuadro, buscando aquí atrás, en la modesta parte derecha de la composición, al fondo, bajo las lanzas, entre nosotros, una silueta confusa, familiar. Tal vez la de aquel hijo al que una vez acompañó un trecho por el sendero que conducía al pueblo, llevándole el hato de ropa o la maleta de cartón, liándole el primer cigarro. El hijo al que, ya parado en el último recodo, vio alejarse con su pelo al rape, las alpargatas y el traje de domingo, llamado a servir al rey. Hacia una guerra lejana e incomprensible de la que no habría de volver jamás.

Fíjense en el cuadro de una maldita vez. Nosotros le dimos nombre y apenas se nos ve. Nos tapan, y no es casualidad, los generales, el caballo y la bandera.
22/09/2004 22:51 Enlace permanente. Tema: Joyas Hay 1 comentario.

Pepe y Manolo en Formentera

Aparte de mi diario articulito del día no puedo dejar pasar la ocaasión de poner esta joya para que la disfruteis.

Pues eso. Que arribé de madrugada y estoy fondeado frente a los Trocados, en Formentera, con treinta metros de cadena en cinco de sonda, intentando recobrarme de una larga noche frente a la pantalla de radar o con los prismáticos en la cara, esquivando mercantes que nunca se apartan aunque vayan a vela y encima vean tu luz roja de babor, los muy cabrones. Estoy tumbado en el camarote, digo, durmiendo el sueño glorioso de los marinos cansados que al fin arrían velas y echan el hierro donde querían echarlo, sobando como un almirante pese a los rayos de sol que se filtran por los portillos, y además tengo la suerte de que no hay ningún retrasado mental con moto de agua dando por saco cerca, y de postre hace dos semanas que no leo periódicos, ni oigo la radio, ni tengo la menor idea de cómo andan la comisión del 11-M, ni el Pesoe, ni el Pepé, ni el plan Ibarretxe, o sea, ni puta falta que me hace, ni a mí ni a nadie. Estoy tal cual, digo, dormido y razonablemente feliz, soñando que una sirena se desliza a mi lado y me despierta con la habilidad que tienen las sirenas como Dios manda para esa clase de menesteres despertatorios, cuando un estruendo exterior estremece los mamparos. Chunda, chunda, hace, igual que cuando estás en la calle y pasa un imbécil con la radio a toda leche y las ventanillas del coche abiertas.

Me levanto, jurando a los doctrinales. Después subo a cubierta y veo el otro barco. La playa tiene muchas millas y hay sitio de sobra; pero el recién llegado ha venido a situarse cerquísima de mi banda de estribor. Es un yatecito a motor de nueve o diez metros, algo cochambroso, con música bailonga atronando por los altavoces de la bañera y tres jóvenes señoras en tanga y con las tetas al aire bailando en la proa. Para ser exactos, se trata de una rubia y dos morenas. Y para ser más exactos todavía, lo de señoras resulta relativo, porque tienen una pinta de putas que te rilas. Con Ibiza cerca y a primeros de agosto, no digo más.

Pero lo mejor, el tuétano del asunto, son los tres jambos. El dueño del barco está al timón, en la toldilla. Cincuentón, moreno, peludo, tripón, con una cadena de oro al cuello. Sus dos colegas responden al mismo perfil ibérico: barriga cervecera desbordándoles la cintura del bañador, latas de birra en la mano. Un común toquecito hortera. Españoles maduros de toda la vida, con aspecto y maneras de estarse corriendo una juerga de cojón de pato. El típico Manolo que le ha dicho a su respectiva: oye, Maruja, me voy tres días con Pepe y Mariano a pescar atunes en alta mar, para descansar un poco del curro, y a la vuelta te llevo con los críos a la playa. Eso es lo que imagino mientras los observo moverse al ritmo de la música, bailoteando a saltitos discotequeros entre sorbo y sorbo a la cerveza alrededor de las pájaras de la proa, que siguen a lo suyo sin hacerles mucho caso. Y entonces, como si me hubieran adivinado el pensamiento, uno empieza a darse golpecitos de nalga con la grupa de una de las tordas y le grita al patrón: «Vente pacá, Manolo, que no decaiga». Lo juro: Manolo. Tal cual. Y entonces llega Manolo moviendo la tripa al ritmo de la murga discotequera, esforzadamente moderno a tope, y agarra a una chocholoco, la rubia, y se tira al agua con ella, y allí le quita el tanga y lo agita en alto como trofeo antes de ponérselo de gorro, y los colegas lo jalean desde el barco, y uno saca una cámara y le hace una foto chapoteando con la lumi apalancada, el tanga en el cogote y él sonriendo regordete y triunfante, imaginando, supongo, la envidia de los compañeros del curro cuando en septiembre les enseñe el afoto. Ese afoto que luego la legítima siempre encuentra escondido en un cajón y te cuesta, según la pasta que tengas, el divorcio o un disgusto.

Pero lo mejor es que, cuando Manolo sale del agua y se pone a secarse desnudo, ciruelo al sol, mientras la rubia despelotada pasa de él y se va a bailar con las otras, y los colegas lo rodean cerveza en mano celebrando lo del tanga, juás, juás, qué jartá a reír nos estamos pegando, compadre, oigo que a otro de ellos lo llaman Pepe. Les doy mi palabra. Pepe esto y Pepe lo otro. Y me digo: no puede ser, es demasiado clásico todo, demasiado patéticamente perfecto. Pepe y Manolo. La España eterna, cutre, cañí, nunca se rinde. Entonces me entra así como una ternura retorcida y rara, oigan. Y, horrorizado de mí mismo, sonrío.

Arturo Pérez Reverte
16/09/2004 16:10 Enlace permanente. Tema: Joyas No hay comentarios. Comentar.


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