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Ole tus cojones

Existen maestros en lo vital y en lo espiritual. Gente que con su ejemplo le van a indicando a uno el camino en esta puta vida llena de listos y gente con horchata en lugar de sangre. Tipos que sin pretender especular sobre la cida de la caspa en el mes de otoño al son una sinfonía de Maller, te escriben unos libros que te quitan el hipo y que te dan un repaso de conocimientos de aquí te espero. Y personajes como estos hay pocos: Stevenson, Dumas, Conrad o patrios como Vazquez Figueroa o Pérez reverte. Por este úlltimo es por el que más inclinación he sentido en los últimos años. Desde que mi padre me regaló las aventuras del Capitán Alatriste, libro que por otra parte recibí con sonrisa de compromiso y pensando en que mi progenitor estaba muy mal si creia que dedjaría de leer a Sartre para empezar con la novela infantil 8uno también tiene un pasado). Y como siempre en esta vida hay algo que te da la vuelta y te pone del revés. Si bien, como creo yo, la introspección en lo profundo del alma humana está en la base de la buena literatura, un camino tan excelso como la peorata pseudointelectualoide es el de la narración del hombre contra su destino, contra la adversidad. Vamos, sin marear más la perdiz, que una buena novela épica (n o olvidemos que la literatura nace con Homero)de aventuras o histórica, o como cojones se quiera llamar, te puede hacer llegar a ver algo que se ta había pasado por alto o en lo que no pensaste nunca.
Y por si no había quedado claro todavía, coincido en la cruzada personal del susodicho contra lo políticamente correcto, el progre de salón que se ha leído 8 veces el Ulises de Joice y otras tantas la película mítica del cine corenao de entreguerras. Es decir, pedantes, políticamente correctísimos, relativistas y todos aquellos que en nombre de la razón actúan desde la sinrazón y el fanatismo.
El maestro Perez Reverte a veces nos obsequia con algunos artículos que además de matarte de risa ponen todos los puntos sobre las íes con una precisión pitagoriana. Y entre ellos el de hoy en periodistadigital. Ahí va y que lo disfruten ustedes.

Tenemos por delante una larga temporada de polémica histórica, a base de aniversarios, bicentenarios y cosas así. Que es justo lo que le faltaba a esta nueva España megaplural y ultramoderna que nos están actualizando entre varios compadres. La verdad es que el tricentenario de la ocupación inglesa de Gibraltar habría pasado inadvertido de no ser por la murga que organizaron los guiris, pues aquí nadie pareció acordarse de nada. Pero vienen tiempos difíciles para la amnesia.

En 2005 hará doscientos años de lo de Trafalgar. Y entre 2008 y 2014, una docena de ciudades y pueblos españoles tendrá ocasión de conmemorar fechas de batallas decisivas hace dos siglos, como Bailén, La Coruña, Zaragoza, Gerona, Talavera, La Albuera, Cádiz, etcétera. Me refiero a ese período que antes, en los libros del cole, se llamaba guerra de la Independencia, y ahora no sé cómo cojones se llama, si es que aún se llama algo.

En otros países, conmemorar esas cosas está chupado: acuden los historiadores, los niños de los colegios, las asociaciones, se recorre el campo de batalla, se homenajea a las víctimas de uno y otro bando, y se mantiene viva la memoria de los hombres, sus hazañas y sus miserias. Lo hemos visto en Waterloo, en Gettysburg, en Normandía. Todos lo hacen, como recordatorio de lo grande y lo terrible que hay en el corazón humano. En España no, claro.

Somos el único país donde conmemorar batallas no sólo está mal visto, sino que permite, a la panda de mercachifles y payasos de que tan sobrados andamos, sacar fuera la mala leche, el oportunismo, la insolidaridad y la incultura que, precisamente, crearon campos de batalla. Acostumbrados a confundir Historia con reacción, memoria con derechas, pacifismo con izquierda, guerras con militarismo, soldados con fascistas, cualquier iniciativa para rescatar la memoria, el coraje y la dignidad de quienes lucharon y murieron por una idea, por una fe o simplemente arrastrados por el torbellino de la Historia, tropieza siempre con un muro de estupidez y demagogia.

El último caso tuvo lugar hace poco en Bailén, cuando, en los actos conmemorativos, un párroco local –ignorando que conmemorar no significa celebrar– alzó una escoba mientras leía un texto de San Francisco en defensa de la paz, mostrando así su disconformidad con que la ciudad recuerde que allí, hace ciento noventa y seis años, un ejército de campesinos y patriotas alzados contra la ocupación de su tierra por un ejército extranjero infligió a Napoleón su primera derrota.

Y así la demagogia del párroco desplazó, en los titulares de diarios, la que hubiera sido reflexión adecuada: que Vietnam o Iraq, por ejemplo, tuvieron en la batalla de Bailén –en España– un precedente digno de consideración. Que es justo de lo que se trata. La Historia como luz para iluminar el presente.

Conmemorar el aniversario de una batalla no es un acto belicista, ni de derechas, ni de izquierdas. Es un acto de afirmación histórica, de identidad y de memoria. Es homenajear a los abuelos, honrando la tierra que mojaron con la sangre que corre por nuestras venas. Es recordar el sufrimiento, el valor de quienes fueron capaces de levantarse y subir ladera arriba, entre la metralla, porque ese día, en aquel lugar, fueran cuales fuesen la bandera o las ideas que los empujaban, creyeron su deber hacerlo; así que apretaron los dientes y pelearon, en vez de quedarse en un agujero agazapados como ratas, leyendo a san Francisco mientras sus amigos y sus vecinos morían por ellos.

Porque a veces, la vida, la Historia, las cosas, son muy perras, y te obligan a luchar y a morir, te guste o no te guste. Por pacífico que seas. Y todo hombre o mujer que cumple esa regla, en cualquier bando, merece recuerdo y respeto, igual que una bandera –aunque en tu fuero interno las desprecies todas– debe ser honrada, no a causa de los políticos de mierda que se aprovechan de ella, sino a causa de quienes murieron por defenderla. He dicho alguna vez en esta página que la Historia no es buena ni mala. Es objetiva. Sólo es Historia.

Ocurrió y punto. A las nuevas generaciones corresponde sacar lecciones de ella, en vez de barrerla con una escoba como pretenden el párroco de Bailén y tantos imbéciles más. Escoba que, por cierto, los soldados franceses que en 1808 ocupaban su tierra a los acordes de La Marsellesa, poco amigos de sotanas, no habrían dudado en meterle al señor párroco por el ojete.
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