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No me salve, por favor

 

Estaba ayer viendo la tele cuando, al ver en una serie a un grupo de iluminados que trataban de salvar al mundo, me di cuenta de lo peligrosa que es la gente que intenta salvarnos de lo que sea. Me explico. La verdad absoluta que esgrimen católicos, musulmanes, comunistas, fascistas y, lo cortés no quita lo valiente, algunos liberales, han abocado al mundo a una serie de atrocidades que han quedado escritas con sangre en la Historia.

Desconfíe usted del que quiera salvarle; sólo pretenderá que viva de acuerdo con unas reglas que coartan su libertad en pos de algún supuesto fin utópico. Orwell lo plasmó a la perfección en esa joya de la literatura titulada 1984 y Arthur Koestler en esa otra que es Espartaco.

Pensando sobre esto me di cuenta de otra cosa: las ideas comúnmente aceptadas como buenas por la inmensa mayoría de seres humanos son aquellas que no necesitan justificación. Nadie justifica, por ejemplo, que esté a favor de la democracia, la libertad o los Derechos Humanos. En todo caso, el fascista esgrime argumentos para justificar sus ideas totalitarias. No tienen más que darse una vuelta por la blogsfera para ver cómo algún que otro iluminado racionaliza alguna masacre, alguna dictadura o algún genocidio en pos de la raza, la clase obrera o la nación. Sus discursos están repletos de justificaciones del tipo ellos más que nosotros, era necesario y, sobre todo, de todo tipo de enemigos, contrarrevolucionarios, judíos, o cualquier variante de los mismos. Ya se sabe, el infierno está empedrado de buenas intenciones. Pero la Historia ha demostrado que las revoluciones que se han sustentado en valores democráticos son aquellas que han perdurado. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los trabajadores vieron incrementada su calidad de vida en comparación con los obreros del paraíso socialista, no se ha producido ninguna revolución que pusiera en jaque el sistema en ninguna democracia occidental. Caso contrario de lo sucedido en el llamado Socialismo Real, donde se sucedieron revueltas reprimidas con puño de hierro hasta que el sistema se colapsó y cayó víctima de sus propias contradicciones. Curiosamente fueron los trabajadores quienes acabaron con estos sistemas.

Lo bueno del asunto es que se les ve el plumero. Todos los adalides del totalitarismo se sienten fascinados por la violencia, por la destrucción de lo establecido en busca de un futuro mejor y cuadriculado en el que cada ser humano será una pieza de una maquinaria perfecta. La felicidad del hombre uniformado dentro de la masa; el fin último, el Reich de los Mil Años, el Socialismo...

Desconfíe usted del que le alabe, del que le diga que es más guapo por ser blanquito de piel, vasco, seguidor de Cristo, o por trabajar en una cadena de montaje. Ellos no creen en usted como individuo, sino como mecanismo.

No cabe la justificación ni la pirueta intelectual; lo que está mal, lo que atenta contra la dignidad humana, está mal venga de donde venga. Esa es la línea que separa a un hombre libre de un sectario.

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3 comentarios

Armando -

Un buen post, sí señor

Autor -

Un hombre libre es el que saca sus propias conclusiones y vive la vida de acuerdo con sus principios sin necesidad de intermediarios. Kant diferenció entre moral autónoma y moral heterónoma. La primera parte del propio individuo, la segunda se le impone desde fuera.

Anónimo -

Algo me dice que sabes algo de los hombres libres y de buenos principios. O me equivoco?
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