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Joyas

Un facha de siete años

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 6 de Julio de 2008


Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas.

La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y que cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen. Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo. La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie. España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira. Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada. A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos.

Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando. Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda. Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anésdota anesdótica. Una de tantas.

Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío. Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario.

Siete años, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasconi en Cataluña, ni en Galicia. En la Manga del Mar Menor, provincia de Murcia. Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.»

Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda.

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Entrevista a Julián Lago

Podría decirse que Julián Lago se desnuda en su libro demorias "Un hombre solo". No he leído el libro, pero creo que acabaré por hacerlo en breve. De momento ahí les dejo una interesantísma entrevista al autor donde éste reparte estopa a diestro y sieniestro, cosa que es de agradecer.

 

Información parcial

 

Hace unos meses me invitaron a participar en una conferencia sobre la mala imagen de Israel en los medios de comunicación. Humildemente expuse mi punto de vista, derivado en gran parte de un nutrido elenco de situaciones vividas en carne propia. Básicamente, todo se resume en que la izquierda de los países occidentales se alineó con la Unión Soviética durante la Guerra Fría en su apoyo a la causa palestina. Se pueden encontrar precedentes en la votación por la creación del Estado Judío celebrada en la sede de la ONU en 1948 o en la Conferencia de Bandung de 1955, donde se reunieron los llamados países no alineados. En cualquier caso, mucha gente de izquierdas sigue criticando con fiereza al Estado de Israel más por una pose ideológica que por convicción real.

En este sentido, la Asociación Solidaridad España Israel ha editado un vídeo (es sólo un parte de lo que aparece en su web, les recomiendo lsobre todo que jueguen a este juego) sobre cómo sería vista España en el extranjero si aparecieran constantemente noticias negativas sobre ella en los telediarios. En el vídeo se pueden apreciar ciertos hechos constatables que dan mucho que pensar sobre nuestro país a la par que ponen de manifiesto que una información parcial puede socabar la más incuestionable reputación. Véanlo y piensen en ello.

 

Imágenes desde Marte

Imágenes desde Marte

Les invito a que se den una vuelta por la web de la NASA para echar un vistazo a las últimas imágenes del planeta rojo enviadas por la sonda Fenix. Hoy es uno de esos días en los que uno admira que el ser humano sea capaz de hacer cosas así.

Alguna vez, hablando con un amigo, hemos llegado a la conclusión de que las noticias verdaderamente importantes son estas. Al fin y al cabo estas cosas son las que nos permitirán (o no) seguir viviendo en el futuro. Dentro de 100 años nadie se acordará de los políticos de hoy en día, pero los resultados científicos de esta expedición habrán sido fundamentales para el desarrollo de otras misiones que, quién sabe, hayan conducido al hombre a vivir permanentemente en otros planetas.

Desde pequeño he sentido una gran fascinación por todo lo que está más allá de la atmósfera, así que comprendan ustedes mi excitación en estos momentos. Mi felicitación a todos aquellos que han hecho posible esta nueva proeza del ingenio humano. Espero que la cosa no se pare aquí y que pueda llegar a ver al primer hombre poner un pie en Marte.

Esperanza Aguirre y el liberalismo

Les dejo el interesante discurso que Esperanza Aguirre pronunció ayer.  
Quiero empezar mi intervención agradeciendo a los organizadores de este almuerzo su generosa invitación a dirigirles la palabra. Gracias, por tanto, a Unión FENOSA, a Deloitte y, por supuesto, a ABC por proporcionarme esta oportunidad. Gracias a ellos hoy podré hacerles partícipes de mis reflexiones sobre la política en general, y, en particular, sobre la vida política española de hoy.
Agradecer al ABC esta oportunidad me permite reiterar la gratitud que los liberales le debemos, pues siempre, aun las épocas más adversas, hemos tenido sus páginas a nuestra disposición. Hoy voy a hablarles poco de la Comunidad de Madrid y de los proyectos e iniciativas que estamos impulsando desde el Gobierno y que creo que ustedes ya conocen.
Hoy quiero hablarles más de política, de principios, de ideología, de prioridades y de futuro. Señoras y señores, El 29 y el 30 de junio de 1985 tenía lugar en Madrid el VI Congreso del Partido Liberal. A mí me correspondió redactar y presentar la Ponencia de Ideología, de la que me voy a permitir leerles un párrafo:

"Hoy, las posiciones ideológico políticas opuestas en todo el mundo occidental dividen a los ciudadanos entre estatistas y liberales, entre los que creen que el Estado puede juzgar mejor que los individuos sobre sus necesidades, y elegir por ellos, y los que consideramos que cada persona debe elegir libremente, siempre que las necesidades mínimas estén garantizadas."
Hoy, 23 años después, las convicciones liberales que entonces expresaba con firmeza y con claridad en aquella ponencia se han hecho aún más fuertes. Porque la experiencia de estos 23 años ha demostrado cumplidamente su eficacia en la práctica para promover la prosperidad allá donde se han aplicado.
Y puedo asegurar que, desde que fui elegida Concejal del Ayuntamiento de Madrid, hasta hoy, siempre he tenido muy claro que si estaba en política era para defender esas ideas liberales y para llevarlas a la práctica.
Porque esas políticas liberales no sólo promueven más prosperidad y oportunidades para todos, sino que son las más sociales, las que permiten impulsar y articular mejor la solidaridad entre los ciudadanos. Una solidaridad que busca que nadie se quede descolgado, que nadie se quede atrás, y que todos tengan acceso a la prosperidad que entre todos estamos creando.
Señoras y señores, España acaba de celebrar unas Elecciones Generales y el Partido Popular ha obtenido un buen resultado. Hemos conseguido más de medio millón de votos más que en 2004 y hemos rozado nuestro récord de 2000, cuando obtuvimos mayoría absoluta. Y hemos obtenido más votos y más porcentaje que en 1996, cuando gobernamos. Pero, a pesar de este muy buen resultado, no hemos ganado las Elecciones.
Saber por qué no hemos ganado estas Elecciones requiere, sin duda, un análisis muy pormenorizado de los resultados y de sus causas, y no es éste el lugar para hacerlo. Sin entrar en demasiadas profundidades, sí parece evidente que el PSOE ha crecido a costa de IU y de los nacionalistas por una razón muy clara, porque se ha presentado con el aval de una Legislatura en la que ha impulsado muchas iniciativas que coincidían con las de Llamazares o las de Carod-Rovira. Pero también es verdad que ese sesgo hacia posturas extremistas y nacionalistas no ha provocado ninguna desbandada entre los votantes moderados y antinacionalistas del PSOE hacia nuestras filas. Ha sido un avance importante entre el electorado del PSOE, pero no suficiente. Dicho de otra manera, al PSOE no le han pasado factura sus iniciativas más nacionalistas y más izquierdistas.
El corrimiento del electorado socialista hacia nuestras filas no ha sido todo lo intenso que cabía esperar, probablemente, porque nuestros adversarios se han dedicado durante toda la Legislatura pasada a plantear debates ideológicos que escondían trampas para hacernos aparecer como un "nasty party", como un partido antipático, anticuado, al que le cuesta mucho trabajo ganar terreno entre sus contrincantes. Y les pondré sólo un par de ejemplos de cómo esas maniobras ideológicas de los socialistas han logrado colocar al Partido Popular en esa incómoda posición.
Desde la promulgación de la Ley del matrimonio homosexual, el 2 de julio de 2005, hasta final de 2006 (última fecha para la que tenemos datos absolutamente fiables) sólo se casaron 5.582 parejas homosexuales. Esto da una idea de que el debate que suscitó la aprobación de esa Ley era más ideológico que afán de resolver un acuciante problema social. Pero ese debate fue utilizado para trazar una línea que clasificara a los ciudadanos entre los que están por la modernidad y a favor de los homosexuales, personas que han sido secularmente perseguidas, y los que ponen un freno al avance de nuevas formas de familia y todavía guardan recelos hacia la libre sexualidad de las personas.
El debate, así planteado, siempre tendría un ganador, como hemos podido comprobar. Y lo paradójico de este debate es que Rodríguez Zapatero lo plantea, seguro de ganarlo, a pesar de presentarse como heredero del socialismo histórico español (en el que proliferan los casos de escandalosa homofobia, y ahí están las referencias a los "invertidos" de Largo Caballero en sus memorias, o la actitud de los dirigentes del PSUC, los comunistas catalanes, ante personalidades como Jaime Gil de Biedma, al que, ya en los años 60, no le permitieron afiliarse por su condición homosexual). A pesar de presentarse como condescendiente con Castro, que directamente los encarcela, o como impulsor de una inconcreta "alianza de civilizaciones" con países en los que se les ahorca.
Y nosotros, el Partido Popular, que no tenemos ningún lazo histórico ni afectivo con regímenes donde se haya perseguido a los homosexuales y que siempre hemos denunciado radicalmente la homofobia, hemos aparecido en ese debate como la fuerza que se opone a una extensión de derechos. Es sólo un ejemplo, pero es un buen ejemplo, de las trampas ideológicas que nos ha tendido Rodríguez Zapatero. Pues, y es lo más grave, negarse a llamar "matrimonio" a la unión civil de homosexuales era la posición más correcta para defender de verdad sus derechos. Y evitar –como así ha ocurrido– que las legítimas aspiraciones de los homosexuales se utilizaran para dividir ideológicamente a la sociedad española y no para defenderlos de verdad, como sujetos de derechos y no como piezas de un colectivo.
Veamos otro ejemplo de utilización ideológica de un debate planteado únicamente para resucitar agravios, crispar la convivencia y colocar al Partido Popular "en el lado malo de la historia": la Ley de Memoria Histórica. La realidad es que nadie puede decir que, desde 1977 hasta hoy, el Estado haya sido cicatero con las víctimas de la Guerra Civil. Es verdad que la inmensa mayoría de las terribles tragedias individuales que la Guerra Civil provocó no tiene ya solución, pero el Estado ha intentado, bajo los distintos gobiernos sin excepción de estos 31 años, paliar en lo posible todas las situaciones injustas. Por eso, hasta la fecha, ha indemnizado a las víctimas con más de 16 mil millones de euros, y desde 1977 hasta hoy todo el que ha querido reivindicar a cualquier personalidad republicana ha podido hacerlo con toda facilidad. Creo firmemente que una sociedad decente no puede permitir que quede ni una sola víctima de la Guerra Civil sin enterrar con todo el respeto y la dignidad que merece, pero también es cierto que, desde 1977, sus descendientes o sus correligionarios han podido hacerlo.
En el debate que esta Ley ha provocado, nuestro Partido, que no es heredero de ninguno de los partidos de la II República y que no tiene la menor concomitancia con el franquismo, ha defendido que lo importante era "mirar hacia el futuro". Pues bien, esos alegatos a favor de "mirar hacia el futuro" han sido percibidos por muchos como una muestra de inseguridad de nuestra postura, cuando no como un intento de justificar la dictadura de Franco. Y esa negativa a afrontar el debate ideológico en la interpretación de la Historia –porque la Historia se interpreta desde posiciones ideológicas– nos lleva a parecer herederos de un régimen antidemocrático, antiliberal y antinacional, como el franquismo. Un régimen que abominaba de la libertad y que negaba la Nación como sujeto de la soberanía. Un régimen con el que el Partido Popular no tiene nada que ver. Pero nuestra negativa a entrar a fondo en el debate ideológico lleva a los socialistas –ellos, sí, herederos de unos partidos que, desde posiciones totalitarias, coprotagonizaron el fracaso colectivo de la Guerra Civil- a aparecer como paladines de una libertad y de una democracia en las que en 1936 no creían y que ayudaron a destrozar.
Éstos son sólo dos ejemplos de las trampas que nos han tendido y que han servido para colocarnos ante la opinión pública en posiciones que no son las nuestras y para que al votante desengañado del PSOE le resulte difícil dar el paso de votar a un partido liberal y abierto. Porque España no es, ni puede ser, una anomalía en Europa. Y si Zapatero llega hasta 2012 en La Moncloa nos encontraremos con que el PSOE habrá gobernado en España 22 de los últimos 30 años. Algo que no tiene parangón en los países que histórica, económica y socialmente son parecidos al nuestro. Porque las opciones liberales de los países europeos de nuestro entorno no sólo han estado mucho más tiempo en el poder que el Partido Popular en España, sino que, además, son las que han liderado las principales reformas para que esos países prosperen y afronten con mejores garantías las crisis que se les presentan –como la que ya estamos sufriendo–.
Basada en los principios liberales y convencida de que el Partido Popular puede y debe liderar una opción que obtenga el apoyo mayoritario de los españoles, hoy quiero proclamar que no me resigno a que nos presenten como un partido antiguo y retrógrado, cuando somos la opción más abierta, más moderna y la única que no tiene hipotecas con su pasado.
No me resigno a dejar de denunciar el sectarismo del Pacto del Tinell y la actitud profundamente antidemocrática del PSOE cuya política tiene, desde las Elecciones Vascas de 2001, como único objetivo estigmatizar a nuestro Partido y a sus militantes, simpatizantes y votantes.
No me resigno a que nos arrinconen y nos hagan aparecer como enemigos de los homosexuales, cuando no tenemos ninguna tacha de homofobia en nuestra historia.
No me resigno a que nos etiqueten de anticatalanes cuando somos el único partido que de verdad defiende a los ciudadanos de Cataluña, y no utiliza las legítimas aspiraciones de fomento de la lengua y la cultura catalanas para buscar el poder.
No me resigno a que la política internacional de los socialistas haya llevado a España a la tercera división europea. No me resigno a que, con un porcentaje ínfimo de votos, los nacionalistas acaben dictando la política española.
No me resigno a que el Partido Popular no dé las batallas ideológicas y sea capaz de ganárselas a los socialistas.
No me resigno a que los gobiernos del Partido Popular sean una excepción en la democracia española.
No me resigno a que para que gane el Partido Popular los votos de la izquierda tengan que dividirse o que la participación sea muy baja.
No me resigno a que tengamos que parecernos al PSOE para aparentar un centrismo o una modernidad, que ya están en las bases de nuestras convicciones y nuestros principios políticos y no en los de ellos, como he señalado.
Como no me resigno a contemplar impávida cómo la educación en España se deteriora por momentos. Y cómo las universidades españolas no figuran nunca entre las mejores de Europa y, mucho menos, entre las mejores del mundo.
Ni me resigno a contemplar una política del agua que consiste en llevar agua en cisternas desde Almería a Barcelona, y no a dar el agua que sobra en unas cuencas a otras. Ni me voy a resignar cuando veo el escándalo que produce en los ciudadanos el funcionamiento de la Justicia.
Y no me resigno a no desmontar todas las trampas ideológicas que nos tienden nuestros adversarios.
Y como no me resigno a estas y a otras muchas cosas, estoy en el Partido Popular dispuesta a dar la batalla para que los españoles conozcan de verdad la opción abierta, moderna y liberal que es nuestro Partido.
El Partido Popular es un gran partido. Y es un partido en el que caben todos los que creen en la libertad como centro y motor de la vida política y todos los que creen que España es una gran Nación de ciudadanos libres e iguales. Con esos dos principios bien arraigados, estoy convencida de que podemos convocar a una mayoría de españoles. Porque la opción liberal, que consiste en confiar en los ciudadanos, en sus iniciativas, en sus energías, en su creatividad y en su indiscutible afán de prosperar, es la mejor solución para los problemas de los españoles. Y esa opción liberal sólo la ofrece el Partido Popular.
Como también es el Partido Popular el que mejor defiende una idea de España en la que quepamos todos los españoles sin excluir a nadie, una idea de España abierta y no cerrada, una idea de España en la que aceptemos nuestro denso y rico pasado, con sus luces y sus sombras, para aprender de esas luces y para evitar las sombras. Una idea de España que nos sirva de apoyo en un mundo en el que la lengua, la historia y la cultura de España son vistas como una garantía.
Y para presentarnos ante los ciudadanos españoles con nuestras políticas puestas al día, el próximo Congreso es una inmejorable oportunidad. Allí nos toca renovar y actualizar nuestros principios ideológicos y nuestras líneas programáticas. Al mismo tiempo, hay que ilusionar y convocar, desde nuestro Partido, a todos los que creen en la libertad y recelan del intervencionismo socialista, y a todos los que creen que España es una gran Nación. Nuestra tarea, desde ahora mismo, es esa: acercarnos a esa inmensa mayoría para que nos conozcan mejor y para que, cuanto antes, nos permitan gobernar en España.
Esta es la misión del Congreso que se avecina. Muchas gracias.

El hombre que atacó solo

El hombre que atacó solo

Arturo Pérez Reverte 

Hace tiempo que no les cuento ninguna historieta antigua, de ésas que me gusta recordar con ustedes de vez en cuando, quizá porque apenas las recuerda nadie. Me refiero a episodios de nuestra Historia que en otro lugar y entre otra gente serían materia conocida, argumento de películas, objeto de libros escolares y cosas así, y que aquí no son más que tristes agujeros negros en la memoria. Hoy le toca a un personaje que, paradójicamente, es más recordado en los Estados Unidos que en España. El fulano, malagueño, se llamaba Bernardo de Gálvez, y durante la guerra de la independencia americana –España, todavía potencia mundial, luchaba contra Gran Bretaña apoyando a los rebeldes– tomó la ciudad de Pensacola a los ingleses. Y como resulta que, cuando me levanto chauvinista y cabrón, cualquier español que en el pasado les haya roto la cornamenta a esos arrogantes chulos de discoteca con casaca roja goza de mi aprecio histórico –otros prefieren el fútbol–, quiero recordar, si me lo permiten, la bonita peripecia de don Berni. Que fue, además de político y soldado –luchó también contra los indios apaches y contra los piratas argelinos–, hombre ilustrado y valiente. Sin duda el mejor virrey que nuestra Nueva España, hoy Méjico, tuvo en el siglo XVIII.

Vayamos al turrón: en 1779, al declararse la guerra, don Bernardo decidió madrugarles a los rubios. Así que, poniéndose en marcha desde Nueva Orleáns con mil cuatrocientos hombres entre españoles, milicias de esclavos negros, aventureros y auxiliares indios, cruzó la frontera de Luisiana para invadir la Florida occidental, tomándoles a los malos, uno tras otro, los fuertes de Manchak, Baton-Rouge y Natchez, y cuantos establecimientos tenían los súbditos de Su Graciosa en la ribera oriental del Misisipí. Al año siguiente volvió con más gente y se apoderó de Mobile en las napias mismas del general Campbell, que acudía con banderas, gaitas y toda la parafernalia a socorrer la plaza. En 1781, Gálvez volvió a la carga y estuvo a pique de tomar Pensacola. No pudo, por falta de gente y recursos –los milagros, en Lourdes–; así que regresó al año siguiente desde La Habana con tres mil soldados regulares, auxiliares indios y una escuadra de transporte apoyada por un navío, dos fragatas y embarcaciones de guerra menores.

La operación se complicó desde el principio: a los españoles parecía haberlos mirado un tuerto. Las tropas desembarcaron y empezó el asedio, pero los dos mil ingleses que defendían Pensacola –el viejo amigo Campbell estaba al mando– se atrincheraban al fondo de la bahía, protegida a su vez por una barra de arena que dejaba un paso muy angosto, cubierto desde el otro lado por un fuerte inglés, donde al primer intento tocó fondo el navío San Ramón. Hubo que dar media vuelta y, muy a la española, el jefe de la escuadra, Calvo de Irazábal, se tiró los trastos a la cabeza con Gálvez. Cuestión de celos, de competencias y de cada uno por su lado, como de costumbre. Calvo se negó a intentar de nuevo el paso de la barra. Demasiado peligroso para sus barcos, dijo. Entonces a Gálvez se le ahumó el pescado: embarcó en el bergantín Galveztown, que estaba bajo su mando directo, y completamente solo, sin dejarse acompañar por oficial alguno, arboló su insignia e hizo disparar quince cañonazos para que los artilleros guiris que iban a intentar hundirlo supieran bien quién iba a bordo. Luego, seguido a distancia sólo por dos humildes lanchas cañoneras y una balandra, ordenó marear velas con la brisa y embocar el estrecho paso. Así, ante el pasmo de todos y bajo el fuego graneado de los cañones ingleses, el bergantín pasó lentamente con su general de pie junto a la bandera, mientras en tierra, corriendo entusiasmados por la orilla de la barra de arena, los soldados españoles lo observaban vitoreando y agitando sombreros cada vez que un disparo enemigo erraba el tiro y daba en el mar. Al fin, ya a salvo dentro de la bahía, el Galveztown echó el ancla y, muy flamenco, disparó otros quince cañonazos para saludar a los enemigos.

Al día siguiente, con un cabreo del catorce, el jefe de escuadra Calvo de Irazábal se fue a La Habana mientras el resto de la escuadra penetraba en la bahía para unirse a Gálvez. Y al cabo de dos meses de combates, en «esta guerra que hacemos por obligación y no por odio», según escribió don Bernardo a su adversario Campbell, los ingleses se tragaron el sapo y capitularon, perdiendo la Florida occidental. Por una vez, los reyes no fueron ingratos. Por lo de la barra de Pensacola, Carlos III concedió a Gálvez el título de conde, con derecho a lucir en su escudo un bergantín con las palabras «Yo solo»; aunque en justicia le faltó añadir: «y con dos cojones». En aquellos tiempos, los reyes eran gente demasiado fina.

Gnossiennes

Por suerte, todavía quedan cosas en el mundo aparte de la política...


Lent et douloureux

 

 

Entrevista a Leguina

Entrevista a Leguina

Aunque muchas cosas me separan de Joaquín Leguina, por lo menos me parece un hombre coherente. Ahí les dejo una interesante entrevista de la que me han lamado gratamente la atención algunas respuestas.

–Tras esta legislatura dice adiós al Congreso de los Diputados y de alguna manera a su vida política.Aunque ya lo anunció hace tiempo, ¿como se siente ahora, que llega el momento?
-Ganas de marcharme porque estar aquí ya no tiene sentido. En unos días me iré al Instituto Nacional de Estadística. Pero eso no quiere decir que no vaya a volver, no sé si al Congreso... No está el mañana en el ayer escrito, que decía Machado.
-Ahora tendrá más tiempo para su pasión, la literatura.
- Pues sí. Tengo una novela muy avanzada. O cae antes del verano o después, pero este año cae.
-¿Es una novela de trama política?
- No. Es una novela con muchos rasgos autobiográficos, que quiere ser un poco la historia de una generación, que es la mía. Es una mezcla complicada, que por un lado es autobiográfica y por el otro es ficción. La parte sentimental que tiene que tener cualquier novela, si no se iría de las manos, es completamente de ficción y la parte intelectual, ideológica y vital es el resto.
- Parece que se va decepcionado. ¿Cree que José Luis Rodríguez Zapatero le ha señalado con el dedo, a usted a Manuel Marin…?
"ZP señaló con el dedo a una generación por intereses espúreos"

-¿A mí? No creo. Ha señalado con el dedo a toda una generación por intereses puramente espurios, pero explicables. Es la forma de dejar sin alternativas su propio liderazgo, que es una pretensión de casi todo el mundo y casi todo el mundo fracasa... y espero que él también.
-¿Por qué?
-Porque espero que el PSOE tenga alternativas y que no acabe el PSOE con Zapatero.
-¿El relevo generacional en el PSOE ha sido demasiado brusco?
- Demasiado injusto. Algo hemos hecho mal, pero algunas cosas hemos hecho bien. No sé por qué somos basura.
-Usted y Rosa Díez representan dos maneras dignas de entender la política y de discrepar con el propio partido...
-Rosa Díez ha creado un partido, que a mí me parece una ocurrencia, más que una idea. A mí no se me ocurrirá crear un partido nuevo.
-Pero sí ha acatado la disciplina de partido en contra de sus ideas, como sucedió a la hora de votar sobre el estatuto catalán.
- Por eso no juego a presentarme más, porque que te obliguen a votar cosas en las que estás radicalmente en contra no me gusta.
- El PSOE no despega en las encuestas y la cosas están igualadas. ¿Cuál cree que va a ser el resultado del 9-M?
- Se lo dije una vez a Zapatero en público y él no me desmintió. El gran capital político que tiene en este momento Zapatero es el PP, porque peor que lo hace el PP no se puede hacer. Como se trata de elegir entre dos, más que ganar las elecciones Zapatero, que creo que es lo que va ocurrir, las va a perder el PP.

-¿Se juegan PP y PSOE algo más en las elecciones? Me refiero al liderazgo.
-El perdedor va a tener que coger y hacer las maletas, que no está mal.
-¿A quién beneficia la entrada de los obispos en campaña?
-Le ha metido a Zapatero un millón de votos en el bolsillo. Son unos listos. Es simplemente increíble. ¿No se han dado cuenta en qué país están? ¿No leen las declaraciones de la renta? En un país que se dice católico y es católico, la gente prefiere que se lo gaste el Estado a que se lo gaste la Iglesia Católica. ¿Cuántos ponen la cruz? Visto lo visto, si son personas inteligentes, lo mejor es que cuando hablen de política es que miren para otro lado porque lo único que hacen es excitar a aquellos que se niegan a poner la cruz a ir a votar al contrario de lo que ellos digan.
- Por tanto, cree que sirve para movilizar más al electorado de izquierdas...
- Esto moviliza más el voto de izquierdas, el voto al PSOE, que todos los mítines que se van a hacer durante la campaña electoral. Así de claro. Desde un punto de vista neutral y de espectador es de risa.
-¿En caso de victoria del PSOE sería bueno volver a tener de compañeros de viaje a los partidos nacionalistas?
- No. Evidentemente, no. El gran problema político que existe en España se llama así: los nacionalistas. Parecería lógico, si todo el mundo está de acuerdo con que es un problema político creciente, porque no hay más que oír las declaraciones cada vez más subidas de todo de los Ibarretxe, de los Carod o del propio Artur Mas, que es un magnífico vendedor de corbatas de El Corte Inglés, como todo el mundo sabe, ponerse las pilas y decir: ‘Queridos amigos, hasta aquí hemos llegado’. Este juguete que habéis tenido, como niños malos que sois os lo vamos a quitar. ¿Y cuál es el juguete? La Ley Electoral.
-¿Por qué no se afronta la reforma de la Ley Electoral?
- Porque no se quiere y se tiene miedo. Para los aparatos de los partidos cualquier reforma del sistema proporcional corregido actual a un sistema mayoritario, que dejaría fuera de juego a toda esta barandalla, no se quiere. En un sistema abierto, mayoritario, temen que les pase lo que a Tony Blair en Londres. Dijo a ‘este chico que hay ahí y que quiere ser alcalde, que me lo quiten’. Y ese chico que le quitaron de la candidatura del Partido Laborista se presentó por libre y les ganó. Es el actual alcalde de Londres. Al día siguiente tuvo que llamarle Blair por teléfono para decirle ‘me he equivocado, vuelve al partido’. Los aparatos de los partidos en España son una de las mayores perversiones que se han creado.
-Y la reforma es necesaria...
Han secuestrado el sistema electoral, te ponen una escoba en la lista y la tienes que votar. Eso es lo que está pasando. El cambio para el crédito de los partidos y para acabar con la broma de los nacionalistas es bastante fácil de hacer. Si se pusieran de acuerdo en el objetivo básico de que hasta aquí ha llegado la broma lo otro vendría luego.
-En una legislatura tan crispada como esta no ha habido acercamiento en los grandes temas de Estado...
-He estado en una comisión que suele tratar temas de Estado, soy el presidente de la Comisión de Defensa, y aquí las leyes que se han sacado han sido por unanimidad. Por tanto, no es imposible. Y para crispación la del 93...
-Calificó de ‘ocurrencia’ que Zapatero hablara de ‘España plural’. ¿Falta sentido de Estado?
-Eso de la España plural es una estupidez. Claro que España es plural, lo que hay que exigir es que el País Vasco y Cataluña sean plurales. Que no se persiga a la gente simplemente porque hable o escriba en español. ¿Cómo se puede permitir que estos tipos vayan a Francfurt a presentar la literatura catalana y prohíban a los escritores catalanes de toda la vida simplemente por escribir en español?
-Tal vez uno de los errores de los últimos años han sido las continuas reformas de las leyes de Educación, no?
-Yo recuerdo bien cómo hizo la reforma educativa el PP. La penúltima la hizo con nocturnidad y alevosía, sin unanimidades ni consensos, haciéndonos votar a las tres de la mañana. Un escándalo la señora Pilar del Castillo. Y luego viene el otro y el bandazo. Los alumnos y los chavales no pueden estar a bandazos. Tiene que haber una Ley de Educación que dure al menos veinte años.
-¿El voto se decidirá más por la situación económica actual o por la ideología?
-Los datos económicos forman parte de la realidad social de forma relevante, pero si miramos atrás con objetividad, estos años han sido bastante buenos. En tres meses no va a cambiar la gente tan radicalmente. Cuando hay una crisis de verdad sí que influye, pero así a corto plazo, no lo creo. Las ofertas electorales, más que sobre puntos económicos, son fiscales... y dan risa.
-¿Un presidente de un gobierno puede negociar con ETA sin el consenso de todos los partidos?
-No es un tema en el que Zapatero se encuentre incómodo porque su argumento es muy poderoso: ‘Todos lo han intentado y todos han fracasado; yo también’. No creo que le quite un solo voto, porque todos los que se meten con él y le maldicen por esto son gente que jamás le iba a votar. No entiendo bien por qué el PP se mete en ese jaleo.
–¿El Gallardonazo ha dañado el crédito de las instituciones madrileños?
- No me atrevería a decir tanto, pero no le ha hecho ningún favor ni al PP ni a la política.
-¿En qué ha cambiado la Comunidad de Madrid desde que abandonó su presidencia en 1995?
-He sido presidente en el Jurásico... Desde el punto de vista institucional han cambiado competencias y luego la sociedad ha cambiado, en general para bien. Díría que todo ha cambiado para bien menos en una cosa: el tipo de urbanismo que ha hecho la derecha.
-¿Por ejemplo?
- Me refiero al tipo de urbanismo como el de los Planes de Actuación Urbanística, un desastre. Como el de las Torres del Real Madrid, para mi gusto; como el la carretera de La Coruña, con miles de adosados, que me parecen estéticamente deplorable.
-¿Y en el Corredor?
- Se ha destrozado menos, quizá porque era un sitio muy degradado antes de la democracia. Era un territorio industrializado a todo correr, que cuando llega la democracia entra en crisis desde el punto de vista industrial. Pero como ejemplo de mal urbanismo pondría otro.
-¿Los madrileños se sienten más identificados con su Comunidad o desconocen , por ejemplo el trabajo de la Asamblea de Madrid?
- A veces es bueno... Los madrileños saben qué es la Comunidad de Madrid. Si salen a la calle, desde la enseñanza de los niños, la universidad, la Sanidad, el agua,... toda la vida cotidiana depende de la Comunidad. Los malos ratos que pasamos en los inicios pasaron a la historia.
-¿Sería bueno retomar el debate de las circunscripciones que quedó paralizado en la anterior legislatura y que necesita consenso de los partidos?
-No estoy de acuerdo. Las cosas hay que cambiarlas cuando algo no funcionan bien. ¿Qué es lo que no funciona? Que me lo expliquen.
-Algunos dicen que se sentirían mejor representados por zonas...
-Pero si aquí no somos nacionalistas, somos racionalistas. Si yo vivo en la Puebla de la Sierra, por qué no me voy a sentir representado por un diputado porque haya nacido en Navalcarnero. A esas zonas les va de cine con la Comunidad de Madrid. Siendo un sistema proporcional no ha surgido el gran problema que es la dispersión de voto.
-¿Tras el batacazo del PSM en Madrid el 27-M y con el desembarco de Tomás Gómez llega la hora de apostar en firme?
-Lo veo difícil y con un virus interno brutal en la antigua FSM. Tomás Gómez salió casi con el 90% de los votos, arrasando en las urnas internas. Han pasado seis meses y ya le están montando el lío, ya le están preparando la cama. No hay derecho.
-¿Quién lo está haciendo?
-Los anteriores, Simancas y compañía. Tienen un argumento básico: no se van a ir. Y no se van a ir porque no tienen adonde irse. Me temo que le van a hacer la cama y es una locura.
- ¿Confía en Tomás Gómez? ¿Y en el nuevo socialismo?
-Bueno, mejor el antiguo socialismo, que ganaba elecciones... Tomás Gómez es un hombre valioso, tiene un buen equipo.
-Además le dijo a Gómez que sería bueno que fuera diputado...
-Sí, se lo dije. Y le dije más: ‘Tienes que ir de diputado y si gana Zapatero que te haga ministro de Fomento, que mejor que lo están haciendo ahora seguro que lo haces’. No quiso, entre otras razones, porque no quiere dejar su Alcaldía de Parla. Me parece razonable porque ha tenido éxitos muy notables y la gente le quiere mucho. Y en política es muy importante.

 

La aventura africana y la cueva de Moratinos

La aventura africana y la cueva de Moratinos

HENRY KAMEN 

Pensarán algunos que yerro cuando cito aquí pasajes del famoso libro sobre Don Quijote, escrito por el honorable Miguel de Cervantes, pero pienso sinceramente que mis fuentes son correctas. Me refiero, por supuesto, a «las admirables cosas que el estremado Don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Moratinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa». La verdad es que no se puede dudar de la existencia de la cueva, porque yo también la he visto y paso a contar lo que de labios de Don Quijote salió. Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere.

La verdad es que antes de que el famoso hidalgo bajara a la cueva de Moratinos, le habían dicho que ésta se encontraba en el corazón de la Mancha; sin embargo, cuando entró, vio que estaba en otro continente. En la cueva se topó con un venerable señor, pequeño y un tanto corpulento, medio calvo y con una alegre sonrisa en su redonda cara, que le dijo: «Soy el mismo Moratinos de quien la cueva toma nombre, y ésta es mi tierra que, vosotros mortales, conocéis como Africa». «¿Cómo es eso?» le preguntó el valeroso caballero, «¿cómo es que yo entré dentro de las entrañas de España y he acabado en Africa?». «Eso es fácil de explicar», dijo el otro, «porque en verdad todos los caminos llevan a Africa». «¿Pero no sois vos, venerable señor, una persona de cierta distinción en vuestro propio continente? ¿Por qué habéis venido a Africa?».

«¡Ay!», contestó él, «debéis escuchar mi triste historia. Hubo un tiempo en que yo estaba en una posición de autoridad en mi tierra, y dirigía su política exterior. Muy pronto, sin embargo, los dirigentes de las otras naciones empezaron a cuestionar mi política y despreciar mis iniciativas. Los mandatarios extranjeros que hablan extrañas lenguas como inglés, alemán, francés y ruso empezaron a discrepar de mi política y me contradecían en sus reuniones. Un comentarista del Strategic Study Group de Estados Unidos llegó a declarar que 'España ha perdido su credibilidad'. Así que comprendí que es mejor cultivar amigos en tu propia familia, y me adherí a los generosos dirigentes que hablan nuestra misma lengua. Tu habrás visto como me acojo al amable y cultivado dirigente de Venezuela, a quien el anterior Gobierno de mi país vilmente intentó derrocar; pero todos mis gestos de amistad se colapsaron cuando mi Rey, públicamente, le enseñó el dedo. Realmente no es justo. He puesto todo de mi parte para apoyar el régimen progresista de Cuba, pero los otros europeos se me han opuesto constantemente. Y ahora otros países europeos acaban de tener una reunión en Londres, pero han rehusado invitar a mi venerado dirigente. Ciertamente, parece que todos se burlan de mí. Ni tan solo he tenido el privilegio de encontrarme formalmente con el gran dirigente de Estados Unidos. Su representante, Condi, me visitó brevemente el año pasado. Cuando defendí mi amistad con Cuba y dije 'estoy seguro de que con el tiempo usted se convencerá de que mi estrategia producirá resultados', ella simplemente movió sus ojos y dijo: 'No aguantes la respiración.' ¿Puedes entender por qué estoy molesto?».

«Veo vuestras razones», dijo Don Quijote, con cierta simpatía, «¿pero supongo que habrá alguna salida para vos?».

«Por supuesto, por supuesto», respondió el guardián de la cueva. «He inventado una nueva Alianza que substituirá todas las otras alianzas, porque sólo será entre gente civilizada. La he llamado Alianza de Civilizaciones, porque será sólo para gente progresista, no para europeos o norteamericanos. Tuvimos una reunión en Madrid este año. Costó muy poco, unos cuatro millones de euros, que no es nada por tan valioso foro. Y ofrecimos nuestro firme apoyo a Turquía, a quien los europeos han excluido de su familia. Tenemos mucho en común con nuestros amigos turcos».

«Sé eso», dijo Don Quijote, «mi amigo Cervantes tuvo un notable encuentro con ellos en un lugar llamado Lepanto. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Decidme, amigo Moratinos, ¿cómo es que habéis limitado vuestra Alianza sólo a musulmanes? Corregidme si me equivoco, ¿pero no tenían los judíos también una civilización en España?».

«Tonterías, los judíos no han sido parte de España desde hace mucho tiempo, mucho antes de Lepanto. No pertenecen a la Alianza porque sus puntos de vista son diferentes, ellos no piensan como yo. No son parte de nuestra civilización. ¿Acaso sois judio?».

«No, no en absoluto, os lo aseguro. Soy un buen cristiano, como vos. Y apoyo a la Santa Inquisición».

«Pero si apoyáis a la Santa Inquisición, ¿acaso sois un integrista, fundamentalista y neoconservador, como los obispos de mi país, que también se me oponen?».

«No, no, os lo aseguro. Entonces, decidme, buen amigo, ¿pensáis que deberíamos rechazar a los europeos y norteamericanos y confiar sólo en los musulmanes?»

«Bien, es verdad que nuestro destino no es Europa, sino que se sitúa hacia el sur, en Africa. Es por eso que esta cueva se halla en Africa. Acabo de hacer un largo viaje a través del continente, y tranquilizado a todas las gentes del continente diciéndoles que obtendrán de mí -de nosotros- aquello que no han podido obtener de los europeos y norteamericanos, amistad verdadera y mucha ayuda financiera, de modo que puedan vivir al fin en paz. Incluso hablo su lengua: 'nalingi botondi', les dije en el Congo. Tal vez os preguntéis, por qué Africa. Os lo diré, en palabras de uno de nuestros filósofos, Ortega y Gasset: Africa para nosotros es 'una fatalidad histórica y, en la Historia, la fatalidad es obligación'. Otro de nuestros grandes hombres, Joaquín Costa, explicaba que 'el Estrecho de Gibraltar no es un tabique que separa una casa de otra casa; es, al contrario, una puerta abierta por la Naturaleza para poner en comunicación dos habitaciones de una misma casa'».

«He oído», comentó Don Quijote, «que intentáis construir un túnel por debajo del mar para conectarnos a Africa».

Al oír la palabra «túnel» los ojos del guardián Moratinos se iluminaron, y las palabras casi se precipitaron de sus labios. «¡El túnel, el túnel! Sí, ese es el gran futuro. Costará casi nada, y será más grande y mejor que cualquier cosa que han construido los británicos y franceses bajo el Canal de la Mancha. Mi túnel irá desde La Mancha -perdón por el juego de palabras- directamente a Marruecos. Realmente convertirá a Africa y a nosotros mismos en 'dos habitaciones de la misma casa'! ¿Os podéis imaginar eso? Millones de españoles podrán ir libremente a Africa, y millones de africanos nos vendrán a visitar. Como dije el otro día en Luxemburgo: 'Va a ser irreversible que el continente africano sea uno de los ejes prioritarios de la política exterior española'. ¡Africa, Africa, ese es el gran futuro para nosotros! ¡España será grande en Africa!».

«He oído estas palabras antes», Don Quijote murmuró, sin atreverse con el emocionado guardián, «pero las dijo alguien poco antes de una batalla que ocurrió en un lugar llamado Annual».

«Como no estás experimentado en las cosas del mundo», el guardián respondió, a penas escuchado lo que Don Quijote decía, «todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles. La verdad es que en esta cueva he descubierto los secretos del futuro, y aunque neguéis con la cabeza os puedo asegurar que, a pesar de que tanto Washington como Londres me han cerrado las puertas, el camino hacia delante se encuentra donde siempre ha estado desde los grandes días de Isabel la Católica, en Africa».

Esas fueron las últimas palabras que Don Quijote oyó antes de que, de repente, se desvaneciera, y se despertara delante de su buen amigo Sancho Panza. Cuando explicó todo lo que había visto y oído a su sorprendido asistente, Sancho comentó: «Bien se estaba vuestra merced acá arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse».

Cómo dejé a Marx

Cómo dejé a Marx

Por Pío Moa

En De un tiempo y de un país escribí: "Una mañana, tomando café en el café Kühper [de Madrid], junto a la glorieta de Bilbao, llegué, tardíamente, a esta conclusión: la cuestión central del marxismo no puede ser más que el stalinismo".
"Si algo tiene de científico el marxismo es su subordinación al criterio de la práctica –añadía–. Y la práctica marxista, más allá de cualquier condicionamiento especulativo, consiste en el stalinismo, insuperado e insuperable, salvo matices o intentonas frustradas, en los países del socialismo real. Insuperado en Occidente por bibliotecas enteras de lucubraciones que no anuncian revolución alguna. Considerar el stalinismo como la práctica del marxismo es sin duda una hipótesis, pero no una más, sino la única desde la que es posible ahondar. Ni la controversia chino-soviética ni los discursos jruschofianos ni los tochos occidentales han resuelto la cuestión. Ni siquiera la han planteado consecuentemente. Al contrario, la han rehuido por sistema (…) Comprendí el sinsentido de la reconstrucción de inciertos partidos proletarios auténticos. Era la crisis del marxismo el problema que había que considerar".
En otras palabras, ¿por qué la teoría marxista derivaba, cuando quería realizarse, hacia stalinismos variados, pero reconocibles? ¿Y cómo se podía construir una sociedad mejor por medio de tanto evidente crimen?
(Por cierto, que Cristina Losada me ha comentado que ella también frecuentaba el hoy desaparecido café Kühper, no sé si por las mismas fechas –debía de ser sobre el 79 o el 80–. No llegamos a conocernos entonces, desde luego).
Pese a aquella conclusión sobre el stalinismo, no le di luego demasiadas vueltas. Entre tres que quedábamos (los hermanos Luis Miguel y Francisco Úbeda y yo), sacamos en abril de 1979 una revista, Contracorriente, para fundamentar la reconstrucción del partido comunista sobre bases sólidas y examinar la crisis del marxismo, cada día más indisimulable. En ella fuimos examinando diversos problemas que nos parecían cruciales: la teoría de los Tres Mundos, base de la estrategia mundial china de entonces, derivación revisionista de la concepción de las "cuatro concepciones fundamentales" maoístas; también la doctrina de Lenin y Stalin sobre las nacionalidades, y otras, como la teoría del descenso tendencial de la tasa de ganancia capitalista según Marx.
Tirábamos la revista en un tabuco alquilado, en el interior de un mugriento patio de una casa vetusta, en el número 3 de la calle del Amparo, próxima a la plaza de Tirso de Molina. Al estrecho patio se accedía por un oscuro pasillo, y a nuestro cuarto de trabajo por unos escalones de madera. Cubrimos la puerta con carteles de árboles y paisajes, para dar la impresión de que nos dedicábamos a la ecología, y organizamos la habitación con mesillas de noche, sillas cojas y otros muebles rescatados de la basura. Utilizábamos una multicopista manual de segunda mano comprada con 25.000 pesetas que nos había facilitado Eliseo Bayo, a la sazón directivo de la revista Interviú. También nos proporcionó la basura algunas planchas de corcho normal y blanco para aislar el sonido de la máquina, poco ruidosa de todas formas, que disimulábamos asimismo con música de una pequeña radio.
Pagábamos el pequeño alquiler (5.000 pesetas mensuales o algo así) entre todos, aunque mis ingresos correspondían en realidad a los de mi abnegada y valiente compañera, P., ya ajena a todas aquellas cosas sin necesidad de disquisiciones teóricas, y que daba clases en un colegio de secundaria. Mi familia me hacía llegar a su vez algunas ayudas, y vivíamos espartanamente.
Otro habitáculo, al lado del nuestro, lo había alquilado gente del PCE (m-l), el partido que había organizado el grupo terrorista FRAP unos años antes. No recuerdo bien cómo lo descubrimos, me parece que porque una vez vi llegar a él, sin que él me viera, a mi viejo compañero de la Escuela Oficial de Periodismo Manuel Blanco Chivite, uno de los indultados en las últimas ejecuciones del franquismo, de 1975. Me parece que el PCE (m-l) estaba ya legalizado, pero posiblemente sometido a vigilancia policial, por lo que redoblamos las precauciones. Los del "m-l" dejaron el local al cabo de un tiempo y más tarde lo ocupó un grupo pro nazi.
El lugar rezumaba ese estilo entre sórdido y romántico que tanto atraía a Pío Baroja y recordaba algunas descripciones de su serie Memorias de un hombre de acción. Ahora que lo pienso, ¡quién sabe si aquellos cuchitriles no habrían albergado otros antiguos trabajos conspirativos!
Normalmente íbamos al sitio al atardecer, uno o dos días a la semana, para discutir los textos e imprimirlos, un trabajo pesado porque la máquina, harto primitiva, funcionaba bastante mal. Aunque mantuvimos el local durante dos años, a la memoria sólo me vienen los dos inviernos, con sus anocheceres fríos y a veces lluviosos. Al terminar parábamos a tomar unas cañas de cerveza en un bar gallego de la inmediata calle de la Espada, A Lareira, que aún existe, cosa rara en una zona donde los pequeños negocios han cambiado tanto. "Vamos a ver si nos dan algo de perro", decía alguno de nosotros, refiriéndose a los trocillos de jamón que nos servían de aperitivo; bromeaba, claro, el jamón estaba bueno.
Mis compañeros no estaban fichados por la policía, que a aquellas alturas tenía seguramente tareas más urgentes que darme caza como en otros tiempos. La foto mía publicada en la prensa nunca le había servido de mucho, por lo que yo me sentía bastante seguro con mi carné falso y mantenía unas precauciones simples: asegurarme de no ser seguido al salir de casa y al volver de cualquier reunión. Hacía mucha vida de bares, donde iba a leer y escribir a base de algún café o algunos vinos. También por entonces tomé afición a los viajes a pie. Pero al mismo tiempo que sacábamos la revista manteníamos una agitación endiablada, con pintadas, repartos de hojas, en las estaciones de metro que daban al Rastro y otros lugares de concentración "de masas". Rara vez tan pocos habrán realizado una agitación tan intensa y sostenida, la cual, pese a nuestra experiencia y precauciones, estuvo un día a punto de ocasionar mi detención, como he contado en el libro.
Tirábamos cosa de un centenar de ejemplares de Contracorriente y los dejábamos en varias librerías izquierdistas. Pocos se vendían: abordábamos la evidente crisis del movimiento comunista, pero, para nuestra sorpresa, tal labor no despertaba apenas atención entre la muchísima gente que hasta hacía poco había creído en Marx. Ya años antes de la caída del Muro de Berlín el marxismo hacía agua en España, aunque siempre de esa forma oscura tan característica, sin estudio ni debate. Intelectuales y no intelectuales cambiaban de convicciones llevados por las modas, sin que ello restara peligro a doctrinas y creyentes.
Organizamos unas charlas sobre estos problemas en el colegio San Juan Evangelista, de tradición progre, y asistieron dos o tres estudiantes y alguna persona algo mayor. Ya me había percatado del cambio de ambiente cuando distribuíamos propaganda en la Complutense: carteles ecologistas, anuncios de tarot, de pronósticos astrales y similares, un tono general de blandenguería y simpleza impensable en los últimos tiempos del franquismo, aún tan recientes, cuando los comunistas de un grupo u otro, siendo pocos, parecíamos dominar la universidad.
Nuestro esfuerzo terminó en abril de 1981, duró dos años justos y sacamos 19 números de la revista, y al final el grupo, grupúsculo do los haya, se disolvió: las dudas impedían seguir como hasta entonces, el trato con otros grupillos parecidos se hacía más y más decepcionante, y la pretensión reconstructora de un "auténtico" partido comunista perdía sentido.
Durante esos dos años escribí asimismo De un tiempo y de un país, y en 1982 intenté publicarlo. Lo conseguí finalmente gracias a la generosidad del editor José María Gutiérrez (Ediciones De la Torre), antiguo militante comunista. Poco antes, en octubre, yo había concertado con Rafael Cid una amplia entrevista y la publicación de un capítulo para Cambio 16, revista muy leída entonces. Cid era un periodista próximo a los círculos ácratas, que por entonces también se iban descomponiendo entre querellas internas, después de haber resurgido en la Transición con aparente impulso.
Logo de los Grapo.La distribución del libro la hice yo mismo, pero aun teniendo en cuenta esa limitación despertó muy poco interés. Me sorprendía de que, tras pasarse años hablando del "oscuro Grapo" tantos periodistas y políticos, casi ninguno mostrase curiosidad por aclarar el enigma a partir de un testimonio tan directo. En fin, como dije antes, la época y el ambiente cambiaban con rapidez.
Empecé a interesarme entonces por los programas de reinserción que había puesto en marcha el anterior Gobierno de UCD y mantenía el PSOE, llegado al poder en el 82.
De todas formas, gracias al libro pude hablar en 1983 con Antonio Alférez, de Diario 16, quien me admitió artículos para su periódico. Más tarde telefoneé a Luis María Ansón, que había sido subdirector de la Escuela Oficial de Periodismo (el director era Emilio Romero) cuando le organicé una huelga, creo que la primera de la historia de la Escuela, allá por 1970. Ansón, siempre generoso con los discrepantes, acogió a su vez artículos míos ocasionales, pese a que en ellos rara vez seguí la línea del ABC. Con ello ganaba algún dinero, no llegaba a las 20.000 pesetas al mes de promedio, pero algo era. Vivía aún en la ilegalidad, de hecho tolerada.
Hablé con Juan María Bandrés, célebre abogado que gestionaba la autodisolución del sector polimili de la ETA, parte del cual ingresaría en el PSOE. Me incluyó en la lista, pero el proceso se alargaba, y finalmente mi padre habló no sé si con el Defensor del Pueblo o con un juez que le aconsejó me presentase solo, y así lo hice, por intermedio de una abogada, Pilar Luna Jiménez de Parga. Y en diciembre de 1983, catorce años después de haber ingresado en el PCE, mi vida comunista y clandestina concluyó con una libertad condicional por dos años.
En la entrevista de Cambio 16 me declaraba "marxista con serias dudas", pero me he alargado un tanto y necesitaré otro artículo para concluir el asunto.

Cómo dejé a Marx (y 2)

Por Pío Moa

Karl Marx.
Después de Contracorriente seguí estudiando lo de la tasa de ganancia capitalista y sus descensos. Avanzado 1984 o a principios de 1985 vivía en un pequeño piso interior, muy cercano a la glorieta de Cuatro Caminos, con Violeta, chica guapa, inteligente y llena de vida, refractaria a la política.
Violeta había estudiado turismo y trabajaba en una agencia de viajes. Integrado ya en la legalidad, me deprimía e irritaba lo que juzgaba chabacanización de la vida, una de las compañías parasitarias de la democracia, muy acentuada bajo la gestión socialista e impulsada, diríase que deliberadamente, desde la televisión y otros medios; y la pérdida del sentido de la cultura propia, tachada de franquista o algo así.
Yo debía de resultar bastante intratable a ratos, y recuerdo el extraño consuelo que me producían algunos documentales televisivos sobre las aves nocturnas: me daban una sensación de vida al margen de una normalidad pestífera, de alejamiento de la ramplonería tan visible, tan chocante a la luz diurna. La misma sensación me causaría una novela que leí bastantes años después, El enamorado de la Osa mayor, de Sergiusz Piasecki, narración de las andanzas nocturnas de unos contrabandistas por la frontera soviético-polaca de entreguerras, una vida marginal que encontraba muy atractiva. Por la misma razón me interesaban los libros de Atienza sobre los templarios, pese a hallarlos un tanto disparatados.
A raíz de un viaje a pie por el Camino de Santiago, que no pasó de Burgos, pensé formar una asociación que colonizase algún pueblo desierto, como Tiermas, sobre el embalse de Yesa, y organizase a partir de él actividades que yo mismo no tenía muy claras, no muy esotéricas en cualquier caso. La idea me dio poco trabajo, pues nadie se interesó por ella.
Solía levantarme antes que Violeta y hacía el desayuno; y mientras ella se preparaba, releía en la cocina, a breves trozos, la Historia de la guerra del Peloponeso. La leía en la edición de Juventud, traducida del latín, mejor, para mi gusto, que otras traducciones del griego que, por intentar ser demasiado fieles a la difícil sintaxis de Tucídides, pierden fuerza expresiva en español y a veces se vuelven apenas inteligibles. Después desayunábamos y salíamos, ella a tomar el autobús para su trabajo y yo a una cafetería cercana, Sirius, armado con un cuaderno y libros sobre la tasa de ganancia, de Claudio Napoleoni, Lucio Colletti (los marxistas italianos han trabajado bastante sobre el tema) y otros parecidos. Allí me pasaba media mañana a base de un café con leche y un cruasán, dando vueltas a la abstrusa cuestión.
Por esa época conocí, quizá a través de Martín Prieto, a Ludolfo Paramio, que tenía mano en El País. Me sugirió escribir algo para el periódico, pero yo tenía dudas: Cebrián me vetaría. "Paranoias tuyas –replicó–. Allí escribe la gente más variopinta, no hay censura".
Juan Luis Cebrián.Mis dudas venían de que unos años antes, en un librito titulado La España que bosteza, Cebrián se había permitido aludirme como supuesto "cerebro" del secuestro de Oriol y probable colaborador de la policía, como lo indicaría el inventado hecho de que yo me moviera por Madrid con plena libertad y hablase tranquilamente con periodistas: he ahí retratada la frivolidad señoritil y la precaria deontología de un personaje procedente por familia de altos cargos de la Falange, tan capaz de hacer cómoda carrera con el franquismo como con la democracia y experto, por tanto, ¡en la vida clandestina! Modelo, también, de antifranquista retrospectivo. Le había replicado con una carta que publicó el periódico, dejándome encantado con el juego limpio del caballero; pero más tarde Martín Prieto me desengañó: mi carta había salido estando ausente Cebrián y sustituyéndole él, Prieto, quien recibió una regañina por su osadía, por lo demás perfectamente democrática. Aun así, hice la prueba, envié un artículo y Paramio me comentó después: "Tenías razón, estaba el artículo compuesto para salir y Cebrián, al ver la firma, ordenó retirarlo sin más". La asechanza de Cebrián la repetirían después Mienmano y el héroe de Paracuellos, entre otros, bien conscientes –no puede ser de otro modo– de que su aserto, además de radicalmente falso, constituye una incitación al asesinato.
Pero a lo que vamos. Discutí con Paramio un par de veces acerca de la tasa de ganancia, y hasta creo haberle mostrado el borrador de mi estudio al respecto. Yo estaba bastante satisfecho de él, pero dieciséis años después, cuando lo desempolvé para publicarlo en el libro de ensayos La sociedad homosexual, comprobé que el texto quedaba farragoso, y hube de reordenarlo y rehacerlo.
Como fuere, Paramio no entraba en esas menudencias y rechazó mis conclusiones. Según enseñaba a sus alumnos de la universidad, la cosa era en el fondo muy simple: los capitalistas, movidos por la competencia, mejoran y amplían constantemente la producción introduciendo más y mejor maquinaria, materias primas, etc. (capital constante), y reduciendo proporcionalmente la mano de obra (capital variable). Con ello suben de momento su masa de beneficio, pero como la base de él consiste en la plusvalía extraída a la mano de obra, su codicia les conduce a una trampa, pues merman dicha base y así debilitan la tasa o promedio de su ganancia. Lo cual, a través de crisis sucesivas, marcaría el destino del capitalismo, empujándolo al derrumbe.
Esto no me decía nada, pues sólo resumía la tesis de Marx, de la que yo partía y a la que criticaba. Pero la actitud de Paramio, repitiendo una evidencia sólo aparente, es muy común, demasiado, entre los profesores e intelectuales españoles. No se trata de ignorancia, generalmente saben mucho de sus materias, y Paramio, desde luego, "sabía latín". En cambio, su destreza de análisis y su atención a posibles problemas bajo las teorías prestigiosas caen bastante por debajo de sus conocimientos. Si saben muy bien lo que dijeron tales o cuales pensadores o científicos, ellos, a su turno, son incapaces de decir algo por su cuenta.
Como he expuesto en el citado ensayo, la formulación de la ley marxiana contradice su pretensión de que la ganancia nace exclusivamente de la plusvalía y, yendo un poco más allá, permite ver cómo la teoría del valor-trabajo, base de toda la construcción económica de Marx, es a su vez contradictoria e inaplicable para medir el valor de las mercancías.
La conclusión resultaba demoledora: el marxismo trata de explicar la historia a través de la economía, clave de la evolución humana (esta idea ha arraigado con tal fuerza que, implícita o explícitamente, con unos u otro matices, siguen repitiéndola y enseñándola como algo evidente innumerables intelectuales por todo el mundo). Pero si el análisis económico marxiano, cifra de todos sus títulos científicos, se revela inoperante, entonces su entero edificio teórico se derrumba inapelablemente, quedando como una de tantas elaboraciones utópicas del siglo XIX –tan despreciadas por el propio Marx–, si bien más pretenciosa y compleja, embrollada en realidad.
A menudo se ha criticado al marxismo oponiéndole su propia experiencia histórica (el stalinismo, en suma), mas frente a esa crítica cabría argüir que se trata de una experiencia muy reciente, muy joven dentro de la historia humana, y por tanto deben comprenderse sus errores prácticos, incluso sus crímenes, corregibles con más tiempo, y que no afectarían a la corrección científica de la teoría. Este argumento cae por tierra, como digo, una vez descubierta la incoherencia de la teoría en su mismo núcleo. Entonces los errores, los crímenes, los stalinismos no nacen de una teoría buena aunque aplicada con deficiencias explicables, sino de la propia teoría.
Otro ejemplo, salvando los niveles, lo hallamos en la tesis del carácter legítimo y democrático del Frente Popular, piedra angular de una abultadísima historiografía izquierdista y separatista, también de alguna derechista. Tal falsedad genera de modo irremediable desvirtuaciones en cadena y falsea la historia hasta lo grotesco.
Llegar a aquella conclusión sobre el marxismo me produjo un sentimiento mezcla de liberación y melancolía. Nuestras sospechas, a cada paso más perturbadoras durante el período de Contracorriente, se confirmaban, pero la lentitud de aquella evolución hizo poco traumático el descubrimiento y nos permitió reorientarnos con más libertad. La posterior caída del Muro de Berlín, aun si inesperable, no me dejó perplejo, o pesaroso, o angustiado, como a tantos sofistas de izquierda en España y fuera.
De paso debía preguntarme sobre el sentido de tantos años de esfuerzos por una causa de pesadilla, mucho peor en sus objetivos que en sus métodos, con ser éstos brutales. Pregunta sin respuesta. Hace meses, en una pequeña fiesta o xuntanza organizada por mi paisano Pepín Calaza, canté con mi voz, reconozco que mala –pero la voluntad es lo que cuenta, según me han contado–, un par de estrofas del himno ruso de la Gran Guerra Patria, Sviaschénnaia Vainá, la guerra sagrada, tan inspirador. Y Pepín me dijo, con sarcasmo: "¿Para qué sirvió toda aquella lucha? Para que los rusos anden de pobretones por Europa y aguantando a las mafias en su país". "Sí, pero, ¿para qué sirve cualquier cosa que hagamos? Dentro de unos años estaremos todos calvos de verdad".
Uno debe reconocer el error, pero aun así la perspectiva general de la vida se le escapa, al menos tal es mi caso.

Me voy...

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Permitidme tutearos, imbéciles


ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 23 de Diciembre de 2007

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.

Iom Ha'Atzmaut

Hace poco se conmemoró el 59º aniversario de la declaración de independencia de Israel. Los asiduos de este blog ya conocen mi debilidad por el pueblo judío. Aquí les dejo un vídeo con una bella canción. Mazel tov javerim shel Erezt Israel.

 

Y Federico recogió el premio....

Federico Jiménez Losantos, alias Chiquito de Teruel, alias Pequeño talibán de sacristía, recogió el micrófono de oro como tenía previsto. Llama la atención que Luís del Olmo no tomase la de Villadiego y que el susodicho Chiquito estuviese más manso que de costumbre. Eso sí, la cabra tira al monte y dejó caer alguna de las suyas.

 

 

Y Alaska, musa de La Movida y colaboradora de La Mañana de Federico Jiménez Losantos, acude a la entrega de otros premios, los que otorga Cambio 16 (éstos de un cariz más "progresista"). Tampoco tiene desperdicio lo que dice.

 

Helen Thomas

Helen Thomas

A veces me dan ganas de mandarlo todo al garete y dedicarme a otra cosa. No es oro todo lo que reluce. Esta profesión, la mayor parte de las veces, se reduce a la actividad de un grupo de mediocres transcribiendo las declaraciones de otro grupo de mediocres. De todas formas, de vez en cuando, encuentro un ejemplo de lo que es el verdadero periodismo y me digo a mí mismo que a lo mejor merece la pena.

Transcribo una entrevista a Helen Thomas publicada en periodistadigital.com.

—¿Bush es el peor de los presidentes que le tocó cubrir?

—Empezar una guerra contra un país que no nos hizo nada es una de las peores cosas que puede hacer un presidente. Abusar del poder para beneficio propio, desatando un escándalo de corrupción como Watergate, también.

—O sea que Bush y Richard Nixon fueron los peores...

—Sí. Al menos, Bush todavía tiene margen para mejorar. Le quedan dos años de gobierno.

—¿Le tiene fe todavía?

—No (ríe). A menos que dé un giro de 180 grados y diga "cometí un error gravísimo, replegaremos las tropas". Pero no creo.

—Ahora llueven las críticas pero hace dos años fue reelecto y la realidad era la misma. ¿Por qué ese cambio?

—La gente se despertó, simplemente. Y vio que nada de lo que había prometido se cumplió.

—Usted acusó a sus colegas, de ayudar a que la gente durmiera mientras se preparaba la invasión a Irak.

—Los periodistas defraudaron al país. Nuestra arma es el escepticismo. Observar y hacer preguntas. Y cuando algo no huele bien, deberíamos ser los primeros en alertar al público. Pero después del 11-S tenían miedo de que se les cuestionara el patriotismo. Recién ahora están saliendo del coma.

—¿Kennedy fue su presidente favorito?

-Fue un visionario. Motivó a los jóvenes a sumarse a la función pública. Apoyó la cultura, la educación. Miraba hacia el futuro. Tuvo la idea de llevar el hombre a la luna.

—Usted dijo que las conferencias de prensa son una institución fundamental de la democracia. Algunos presidentes, como el argentino, dicen que prefieren hablarle directo a la gente, sin intermediarios.

—(Ríe.) Claro, así habla sólo de las cosas buenas de su gobierno. Seguro tiene miedo de responder sobre asuntos más oscuros. Los periodistas no somos intermediarios, somos interrogadores. En la democracia, los presidentes deben responder las preguntas de los periodistas.

—Usted le preguntó a Bush por la razón real para invadir Irak. Y le prohibieron preguntar. ¿Qué pregunta tiene preparada para cuando le levanten la suspensión?

—La misma. No me lo respondió. La gente sigue muriendo y aún no sabemos de verdad.

 

Sobre mezquitas y acueductos

Les paso un artículo de APR que, como siempre, me ha dejado con una sonrisa dibujada en los labios.  

 

Sé, sin que saberlo tenga mérito alguno, cómo acabará la polémica sobre el uso islámico de la catedral de Córdoba. Estando como estamos en España, y por muchas pegas que se pongan al asunto, todo será, tarde o temprano, como suele. Aquí es cosa de tener paciencia y dar la murga. Por eso apuesto una primera edición de El Guerrero del Antifaz a que, en día no lejano, veremos a musulmanes orando en la antigua mezquita árabe. Tan seguro como que me quedé sin abuela. Estamos aquí, señoras y caballeros. En la España pluricultural y polimorfa marca ACME. Donde todo disparate y estupidez tienen su asiento.

A ver si me explico. Si yo fuera musulmán –cosa imposible, porque me gustan el vino, los escotes de señora, el jamón de pata negra y blasfemar cuando me cabreo– pediría eso y más. Como acaba de hacer, por ejemplo, la federación de asociaciones islámicas, exigiendo que la Iglesia católica devuelva el patrimonio musulmán; o los descendientes de moriscos –échenle huevos y háganme un censo–, obtener la nacionalidad española. En un mahometano que se tome a sí mismo en serio, o le convenga parecer que se toma, todo eso sería normal, pues los deseos son libres. El problema no está en los que piden, que están en su derecho, sino en los que dan. O en la manera de dar. O en la manera cobarde, acomplejada, en la que cualquiera que tenga algo público que sostener en España se muestra siempre dispuesto a dar, o a regalar, con tal de que no le pongan la temida etiqueta maléfica: reaccionario, conservador o antiguo. En un país tan gilipollas que hasta los niños de las escuelas tendrán una asignatura que los adiestre para el talante y la negociación, donde en boca del presidente del Gobierno un terrorista asesino que desea salir del talego es un hombre de paz, donde hasta un tertuliano de radio puede decir, sin que nadie entre sus colegas lo llame imbécil, que a los españoles les sobra testosterona y ya va siendo hora de reivindicar la cobardía, lo absurdo sería no ponerse a la cola y pedir por esa boca pecadora. Faltaría más. La mezquita de Córdoba, o el acueducto de Segovia por parte del alcalde de Roma. Y si cuela, cuela.

No voy a ser tan idiota como para pretender explicar lo obvio: las iglesias tardorromanas o visigodas anteriores a las mezquitas árabes, los ocho siglos de afirmación nacional, etcétera. Sólo argumentarlo es dar cuartel a quienes utilizan nuestra bobería como arma. Lo que quiero destacar es el hecho invariable del método. En España, basta que alguien plantee una estupidez de grueso calibre, sea la que sea, para que, en vez de soltar una carcajada y pasar a otra cosa, siempre haya gente que entre al trapo, debatiéndola con mucha seriedad constructiva, con el concurso natural de los malintencionados y de los tontos. En eso vamos a peor. Hasta hace poco sólo soportábamos a los paletos de campanario de pueblo empeñados en reducir el mundo al tamaño del rabito de su boina. Pero en vista del éxito, todo cristo acude ahora a mojar en la salsa. A qué pasar hambre, si es de noche y hay higueras.

Por eso digo que acabarán orando en Córdoba. Tienen fe, poseen el rencor histórico y social adecuado, y han tomado el pulso a nuestra estupidez y nuestra cobardía. Tampoco merece conservar catedrales quien no sabe defenderlas: no por motivos religiosos –dudoso argumento de tanto notable chupacirios–, sino porque esas catedrales construidas sobre mezquitas o sinagogas, que a su vez lo fueron sobre iglesias visigodas asentadas sobre templos romanos o lugares sagrados celtas, son libros de piedra, memoria viva de lo que algunos todavía llamamos cultura occidental. Un Occidente mestizo, por supuesto, como siempre lo fue; pero con cada uno en su sitio y las cosas claras. Como ya escribí alguna vez, hicieron falta nueve mil años de memoria documentada desde Homero, dos siglos transcurridos desde la Revolución francesa llenos de sufrimiento y barricadas, y unos cuantos obispos llevados a la guillotina o al paredón, para que una mujer goce hoy en Europa de los mismos derechos y obligaciones que cualquier hombre. O para que yo mismo tenga derecho –lo ejerza o no– a escribir «me cago en Dios» sin que me metan en la cárcel, me persigan o me asesinen por blasfemo. Quien olvida eso y se la deja endiñar en nombre del qué dirán y el buen rollito, merece que le recen en Córdoba o lo pongan mirando a La Meca. Y que cuando su legítima pase con falda corta frente a la mezquita-catedral, símbolo de la multicultura, del todos somos iguales y del diálogo de civilizaciones, otra vez la llamen puta.

Una perlita

Perdonen ustedes la semanita de asueto que me he tomado, acabo de regresar de un castillo de la comarca de Osona (preciosa, por cierto) habilitado como casa rural donde he pasado un par de días en compañía de mis amigos del alma Vuelvo con pocas ganas de darle a la tecla pero con muchas de compartir con ustedes una perlita que por varios motivos me ha hecho mucha gracia. Primero, por ser un asunto al que le he dedicado más de un ratico largo de reflexión. Segundo, por haber sido este servidor de ustedes miembro de uno de esos sindicatos de estudiantes (época, por otra parte, maravillosa de mi vida) que menta el autor del texto. Y tercero, como no, por coincidir en muchos puntos con lo que APR comenta de la izquierda (desilusión incluida; ya lo decía el viejo Miralles, protagonista de Soldados de salamina:"la izquierda siempre decepciona") la extrema derecha patriotera española.  Ahí les dejo el texto.

NI saben ni quieren saber

Les hablaba hace poco de lo difícil que se va poniendo en España dar un mitin político, una conferencia o expresar en público una opinión, sin que un piquete de lo que sea intente silenciar al invitado de turno. Para confirmarlo –que no hacía maldita la falta–, al día siguiente de teclear esas líneas, a don Manuel Fraga le interrumpieron una conferencia en Granada medio centenar de jóvenes llamándolo asesino y fascista. Después le tocó en otro sitio a Carod Rovira, y menos gordito simpático le dijeron de todo. Los que acosaron al político catalán eran diez fulanos de extrema derecha –la auténtica, no la que adjetivan ciertos soplapollas pretendiendo reescribir la Transición y la Historia–; así que, en realidad, esos animales salvapatrias se limitaban a lo que se espera de ellos: mantener viva la tradición de quemar libros y apalear bocas, que tiene rancia solera europea, tanto nacionalsocialista como nacionalsindicalista.

Lo de Fraga, en cambio, me preocupa más. Y no por el abuelo, que tiene más conchas que mi tortuga Amanda, sino por quienes liaron la pajarraca. Lo inquietante es que esos jóvenes se autodenominaran de izquierdas. Porque si es verdad que la izquierda española oficial de toda la vida, compañeros del metal y todo eso, acabó degenerando en el penoso espectáculo botijero de sandez, obviedad y demagogia inútil verde manzana que se pone de manifiesto cada vez que abre la boca su secretario general, señor Llamazares, no es menos cierto que uno espera, en el fondo de su corazoncito, que el futuro alumbre alguna vez una izquierda diferente, eficaz, provista de argumentos sólidos, de coraje político y de la cultura republicana que hoy es fácil adquirir a poco que uno acceda a las fuentes formativas adecuadas, que para eso están ahí.

En tales circunstancias, resulta desazonador que, comentando el pifostio granadino del señor Fraga, un joven individuo llamado Ramón Reyes, que responde, nada menos, al formidable título de secretario provincial del Sindicato de Estudiantes de Granada –alguien tendría que explicarme algún día en qué consiste exactamente un sindicato de eso, y yo a cambio le explico lo del SEU–, justificara el incidente afirmando, por la cara, que el viejo político gallego «nunca ha apretado el gatillo, pero lo ha ordenado», y culpando además a la Universidad «por invitarlo con el dinero de todos los contribuyentes». Apenas leí tales declaraciones, corrí al diccionario de la Real Academia y, abierto por la página 847, leí la siguiente definición de la palabra imbécil: «Alelado, flaco de razón». Después busqué en la página 98 la segunda acepción de analfabeto: «Ignorante, sin cultura o profano en alguna disciplina». Y de ese modo pude confirmar, con el respaldo de la autoridad adecuada, que al antedicho secretario del sindicato estudiantil granadino –de otras provincias no tengo información suficiente– se le puede llamar imbécil analfabeto con absoluta propiedad y precisión filológica. Cosa que hago aquí, para que conste a los efectos oportunos, etcétera. Hasta a Adolfo Hitler, señoras y caballeros. Hasta a Stalin, Pinochet, Franco o Atila, si hace falta. Hasta al torturador más infame de la ESMA argentina, o al más bestia sargento de marines destacado en Iraq, sería interesante escuchar en una conferencia. Incluso al miserable De Juana Chaos, imagínense, mientras cuenta qué sentía pidiendo champaña cuando asesinaban a alguien. Después, que para eso está el coloquio, se discute o se le menta a la madre. Pero, como digo, después. Mientras tanto, la oportunidad de escuchar bien calladitos es oro puro, pues no hay mejor modo de escrutar el alma humana, tinieblas incluidas, adquiriendo conocimiento y lucidez –Mein Kampf o Sabino Arana, por ejemplo, son textos imprescindibles–. Por eso, y sin que el pobre don Manuel Fraga tenga que ver con los individuos antes citados, excepto con el Franco del que fue ministro –muy competente, por cierto– antes de participar de forma decisiva en la extraordinaria transición que España vivió en los años setenta, compartir la experiencia de su dilatada vida política es privilegio al que esa panda de tontos del culo granadinos renunció, para su propio mal. Ignorantes, también, de lo tradicionalmente española que es tan cerril actitud. Que ya en el siglo XVI escribía en su Viaje de Turquía el supuesto Pedro de Urdemalas: «La gente española, ni sabe ni quiere saber… De este vicio nació el refrán castellano que en ninguna lengua se halla sino en la española: dadme dinero y no consejos».

Érase una vez...

Érase una vez el Hombre  fue mi serie de dibujos animados favorita.  A ella le debo gran parte de lo que soy... una pena que no la repongan...

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Boadella y la prensa

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