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"No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última."

"No me gusta nada que haga postrarse a un hombre"

"La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres"

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Yo he visto el futuro...

 

Estoy de vacaciones. Nada anormal en esta época del año. He decidido desenchufar mi neocórtex y comportarme como mis antepasados reptiles. Lo malo es que vaya donde vaya me encuentro con la estupidez de mis congéneres, sobre todo de aquellos que por desgracia rigen nuestras vidas. Lo peor de todo es que pretenden hacerlo por nuestro bien.

En el pueblo donde veraneo un ayuntamiento incapaz va a permitir que una ávida administración autonómica (a la sazón corrupta y clientelista) trasvase el caudal de un bonito río de alta montaña... Esto sucede mientras el Ebro se desborda año sí y año también en tierras aragonesas. Mis amigos los progres se quejaban que el agua era para campos de golf. Pues bien, lo que han conseguido es que destruyan un paraje de belleza sin par al norte de la provincia de Granada.

Para más inri hoy leo que el Ayuntamiento de Barcelona se plantea crear zonas de pago para aparcar motocicletas. Ya tardaban... Era imposible que dejaran pasar esa perita en dulce para sus ávidos bolsillos sin fondo que son las motos. Y es que lo que pretenden éstos es que TODOS viajemos en esos ineficaces, caros y atestados transportes públicos que ellos regentan. Es decir, que bailemos según el son que les venga en gana en cada momento. Así que ya saben, amigos moteros, si ustedes adquirieron una motocicleta para acudir al trabajo y ahorrarse un dinerito lo llevan claro; les toca palmar. Una vez más la administración de turno quiere robarle y decirle cómo ha de vivir su vida a base de sablearle la cuenta corriente. No tardará mucho en llegar el tiempo en el que nos digan cómo tenemos que respirar.

De casualidad ayer me quedé con un diálogo de una película que siempre me había pasado inadvertida. Demolution Man no pasará a los anales de la cinematografía como la mejor película del siglo XX, pero contiene algunas joyas como el discurso del jefe de los rebeldes. Como declaración de intenciones no tiene precio.

El enemigo soy yo, porque aún sé pensar. Me gusta leer, me gusta la libertad de expresión y la libertad de elección. Me gusta sentarme en una tasca grasienta y plantearme que hago, ¿me tomo el filetón o el especial de chuletas a la barbacoa con ración de patatas fritas? Quiero un alto colesterol. Quiero comer jamón y mantequilla y salchichas al queso. Quiero fumarme un habano gigante en la sección de no fumadores. Quiero correr por las calles desnudo con el cuerpo untado en gelatina color verde leyendo la revista Play-boy. ¿Porqué? Porque a lo mejor de pronto me entran ganas de hacerlo, ¿vale? Yo he visto el futuro ¿y sabéis lo que es? Es una virgen de 47 años con un pijama color beige que se toma un batido de pera y canta: soy una salchicha Oscar Mayer.

 

14/08/2009 12:13 Thomas Jefferson Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Desmontando mitos I

A poco que uno rasque en la Historia se da cuenta de que la mayoría de axiomas que se dan por ciertos resultan no serlo tanto. En especial aquellos referentes al nacionalismo periférico. Y es que desde hace unos años un servidor tiene una afición, aunque para ser moderno y guay debería decir hobby. La culpa la tiene un señor llamado Juan de Cardona y que vivió a finales del siglo XVI. Y es que según la historiografía nacionalista los catalanes estaban subyugados por la corona española (aunque debería decir castellana), que año tras año hacía lo indecible para recortar las libertaddes de tan noble nación.
Bueno, pues uno va y se encuentra al pobre Juan de Cardona al mando de siete galeras (tres calatalanas y cuatro venecianas) en plena batalla de Lepanto. Algo no cuadra; en todos mis años en la Facultad de Historia nunca se comentó nada parecido. ¿Pero los tercios y esas cosas tan "fascistas" no estaban compuestos por castellanos y mercenarios? Pues parece ser que no. Y el citado Juan de Cardona no fue el único: don Luís de Requessens, señor de Molins de Rei y Martorell (dos poblaciones pegaditas a la mía), participó como comandante en varios hechos de armas durante los reinados de Carlos V y Felipe II, éste último amigo suyo.

Sólo por mencionar algunos de estos hechos, que algún historiador catalanista calificaría de anecdóticos, don Luis de Requessens, a la sazón Comendador de Castilla (¿un catalán con la encomienda del reino que lo oprimía?), comandó cuatro galeras de la Orden de Santiago destacadas en el Mediterráneo, participó en las guerras contra los luteranos en los territorios imperiale, para más tarde ser ascendido a Capitán general de la Mar, cargo que compaginó con el de consejero de don don Juan de Austria, siendo un  personaje decisivo en la ya citada Batalla de Lepanto. Por último, el bueno de don Luis fue nombrado gobernador de los Países Bajos en sustitución del celebérrimo Duque de Alba.
Pero la duda me asalta, ¿no es cierto que estos dos personajes podrían muy bien haber sido unos meros zipayos, unos arribistas que le bailaron el agua al poder de la época mientras sus compatriotas catalanes resistían la dominación española? Pues va a ser que no. De hecho, en los mismos Países Bajos tenía asiento el Tercio de Luis de Queralt, formado en Cataluña y donde prestaron servicio más de 32.000 hombres (17 compañías de 1900 hombres). El Tercio llegó a los Estados Bajos el 7 de diciembre de 1587 y tenía como objeto participar en la invasión de Inglaterra, frustrada por el desastre de la Armada Invencible. Para colmo, sólo cabe mirar las listas de apellidos del resto de tercios para comprobar que menudean apellidos catalanes.
Más tarde, durante el crepuscular reinado de Carlos II, los tercios catalanes eran una realidad frecuente en las constantes guerras contra Francia, aunque antes de eso ya se tienen noticias de la presencia en Italia de tercios catalanes durante la coronación como emperador de Carlos V. Más aún, según un acuerdo firmado en 1519 por Carlos V y la Generalitat, las tropas que operaran en el Mediterráneo deberían marchar bajo la bandera aragonesa (la de las cuatro barras, ya que la de Cataluña era la de San Jorge), algo que todavía hoy está en uso, ya que el Tercio de la Armada lleva en su escudo el águila bicéfala imperial y el escudo cuatribarrado.
Y no acaba aquí la cosa, pero como todo lo bueno se hará esperar...


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Un facha de siete años

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 6 de Julio de 2008


Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas.

La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y que cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen. Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo. La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie. España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira. Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada. A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos.

Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando. Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda. Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anésdota anesdótica. Una de tantas.

Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío. Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario.

Siete años, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasconi en Cataluña, ni en Galicia. En la Manga del Mar Menor, provincia de Murcia. Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.»

Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda.



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