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Yo he visto el futuro...

 

Estoy de vacaciones. Nada anormal en esta época del año. He decidido desenchufar mi neocórtex y comportarme como mis antepasados reptiles. Lo malo es que vaya donde vaya me encuentro con la estupidez de mis congéneres, sobre todo de aquellos que por desgracia rigen nuestras vidas. Lo peor de todo es que pretenden hacerlo por nuestro bien.

En el pueblo donde veraneo un ayuntamiento incapaz va a permitir que una ávida administración autonómica (a la sazón corrupta y clientelista) trasvase el caudal de un bonito río de alta montaña... Esto sucede mientras el Ebro se desborda año sí y año también en tierras aragonesas. Mis amigos los progres se quejaban que el agua era para campos de golf. Pues bien, lo que han conseguido es que destruyan un paraje de belleza sin par al norte de la provincia de Granada.

Para más inri hoy leo que el Ayuntamiento de Barcelona se plantea crear zonas de pago para aparcar motocicletas. Ya tardaban... Era imposible que dejaran pasar esa perita en dulce para sus ávidos bolsillos sin fondo que son las motos. Y es que lo que pretenden éstos es que TODOS viajemos en esos ineficaces, caros y atestados transportes públicos que ellos regentan. Es decir, que bailemos según el son que les venga en gana en cada momento. Así que ya saben, amigos moteros, si ustedes adquirieron una motocicleta para acudir al trabajo y ahorrarse un dinerito lo llevan claro; les toca palmar. Una vez más la administración de turno quiere robarle y decirle cómo ha de vivir su vida a base de sablearle la cuenta corriente. No tardará mucho en llegar el tiempo en el que nos digan cómo tenemos que respirar.

De casualidad ayer me quedé con un diálogo de una película que siempre me había pasado inadvertida. Demolution Man no pasará a los anales de la cinematografía como la mejor película del siglo XX, pero contiene algunas joyas como el discurso del jefe de los rebeldes. Como declaración de intenciones no tiene precio.

El enemigo soy yo, porque aún sé pensar. Me gusta leer, me gusta la libertad de expresión y la libertad de elección. Me gusta sentarme en una tasca grasienta y plantearme que hago, ¿me tomo el filetón o el especial de chuletas a la barbacoa con ración de patatas fritas? Quiero un alto colesterol. Quiero comer jamón y mantequilla y salchichas al queso. Quiero fumarme un habano gigante en la sección de no fumadores. Quiero correr por las calles desnudo con el cuerpo untado en gelatina color verde leyendo la revista Play-boy. ¿Porqué? Porque a lo mejor de pronto me entran ganas de hacerlo, ¿vale? Yo he visto el futuro ¿y sabéis lo que es? Es una virgen de 47 años con un pijama color beige que se toma un batido de pera y canta: soy una salchicha Oscar Mayer.

 

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Desmontando mitos I

A poco que uno rasque en la Historia se da cuenta de que la mayoría de axiomas que se dan por ciertos resultan no serlo tanto. En especial aquellos referentes al nacionalismo periférico. Y es que desde hace unos años un servidor tiene una afición, aunque para ser moderno y guay debería decir hobby. La culpa la tiene un señor llamado Juan de Cardona y que vivió a finales del siglo XVI. Y es que según la historiografía nacionalista los catalanes estaban subyugados por la corona española (aunque debería decir castellana), que año tras año hacía lo indecible para recortar las libertaddes de tan noble nación.
Bueno, pues uno va y se encuentra al pobre Juan de Cardona al mando de siete galeras (tres calatalanas y cuatro venecianas) en plena batalla de Lepanto. Algo no cuadra; en todos mis años en la Facultad de Historia nunca se comentó nada parecido. ¿Pero los tercios y esas cosas tan "fascistas" no estaban compuestos por castellanos y mercenarios? Pues parece ser que no. Y el citado Juan de Cardona no fue el único: don Luís de Requessens, señor de Molins de Rei y Martorell (dos poblaciones pegaditas a la mía), participó como comandante en varios hechos de armas durante los reinados de Carlos V y Felipe II, éste último amigo suyo.

Sólo por mencionar algunos de estos hechos, que algún historiador catalanista calificaría de anecdóticos, don Luis de Requessens, a la sazón Comendador de Castilla (¿un catalán con la encomienda del reino que lo oprimía?), comandó cuatro galeras de la Orden de Santiago destacadas en el Mediterráneo, participó en las guerras contra los luteranos en los territorios imperiale, para más tarde ser ascendido a Capitán general de la Mar, cargo que compaginó con el de consejero de don don Juan de Austria, siendo un  personaje decisivo en la ya citada Batalla de Lepanto. Por último, el bueno de don Luis fue nombrado gobernador de los Países Bajos en sustitución del celebérrimo Duque de Alba.
Pero la duda me asalta, ¿no es cierto que estos dos personajes podrían muy bien haber sido unos meros zipayos, unos arribistas que le bailaron el agua al poder de la época mientras sus compatriotas catalanes resistían la dominación española? Pues va a ser que no. De hecho, en los mismos Países Bajos tenía asiento el Tercio de Luis de Queralt, formado en Cataluña y donde prestaron servicio más de 32.000 hombres (17 compañías de 1900 hombres). El Tercio llegó a los Estados Bajos el 7 de diciembre de 1587 y tenía como objeto participar en la invasión de Inglaterra, frustrada por el desastre de la Armada Invencible. Para colmo, sólo cabe mirar las listas de apellidos del resto de tercios para comprobar que menudean apellidos catalanes.
Más tarde, durante el crepuscular reinado de Carlos II, los tercios catalanes eran una realidad frecuente en las constantes guerras contra Francia, aunque antes de eso ya se tienen noticias de la presencia en Italia de tercios catalanes durante la coronación como emperador de Carlos V. Más aún, según un acuerdo firmado en 1519 por Carlos V y la Generalitat, las tropas que operaran en el Mediterráneo deberían marchar bajo la bandera aragonesa (la de las cuatro barras, ya que la de Cataluña era la de San Jorge), algo que todavía hoy está en uso, ya que el Tercio de la Armada lleva en su escudo el águila bicéfala imperial y el escudo cuatribarrado.
Y no acaba aquí la cosa, pero como todo lo bueno se hará esperar...

Un facha de siete años

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 6 de Julio de 2008


Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas.

La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y que cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen. Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo. La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie. España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira. Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada. A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos.

Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando. Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda. Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anésdota anesdótica. Una de tantas.

Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío. Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario.

Siete años, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasconi en Cataluña, ni en Galicia. En la Manga del Mar Menor, provincia de Murcia. Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.»

Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda.

Entrevista a Julián Lago

Podría decirse que Julián Lago se desnuda en su libro demorias "Un hombre solo". No he leído el libro, pero creo que acabaré por hacerlo en breve. De momento ahí les dejo una interesantísma entrevista al autor donde éste reparte estopa a diestro y sieniestro, cosa que es de agradecer.

 

Métodos

Métodos

Leo que los independentistas catalanes quieren boikotear un acto de UPyD en Barcelona. Según parece quieren sabotear un puesto de recogida de firmas en favor de la lengua común. Me he pasado por el foro indepe en cuestión y, como siempre, me he encontrado con el fascismo más puro y concentrado. Sólo hay que ver la foto de Rosa Díez que cuelgan en el susodicho foro. Personalmente no me sorprende en absoluto nada de lo que leo, conozco a estos nazis de mis años en la universidad y me espero cualquier cosa de ellos.

Por ejemplo, un forero escribe una frase en español con faltas de ortografía y la ilustra con la foto de un típico joven de extrarradio: peinado de cenicero, collar de oro por encima del jersey, etc. Vamos, lo mismo que hacían los nazis cuando ilustraban el estereotipo del judío. El castellanoparlante es un garruloy un analfabeto, mientras que ellos son el sumun de la cultura. Lástima que no conozcan mucho de literatura universal, pero sería pedirleperas al olmo.

También me he encontrado con la supremacía racial y el visctimismo en comentarios como este (escritro en español para que no quepan dudas de lo que quiere decir):

En Asturias notas que sin tener ningún talento especial, gozan de unas infraestructuras impresionantes que de ninguna manera son fruto de su esfuerzo, sino del nuestro… Asturias cuenta con una gastronomía que, cuando no tiene pretensiones es grosera, y cuando las tiene resulta fallida; no se nota inteligencia en ninguna parte; todo tiende a un inmenso bostezo, todo recuerda la rudimentaria mediocridad de los mantenidos, la clase de vida que se lleva cuando no tienes que ganartela… Si eres catalán y pagas tus impuestos da mucha rabia viajar por España y ver a dónde va a parar tu esfuerzo: a toda esa gente que no nos han presentado nunca y que enseguida nos insultan. Se te quitan las ganas de trabajar cuando viajas por España. Y no es extraño que trabajar para hacer más grande al enemigo e invasor acaba por enfadarnos”

PALETOSSSSSSSSSSSSSSSS

Tomen nota, señores asturianos.

Luego me encuentro ante la negación de la evidencia de que el independentismo pierde fuelle. Lo achacan a que los partidos soberanistas no lo son lo suficiente y esto desencanta a la mayoría del pueblo catalán, que como todos ustedes saben, bebe las aguas por la independencia.

Pero lo mejor es la forma tan democrática que tienen, al más puro estilo camisa parda, de reventar actos. Proponen cosas como impedir físicamente que la gente firme, destruir las hojas de firmas, mancharlas, garabatearlas y un sinfín de trucos más. Un verdadero ejemplo de sus métodos.

Todo el foro en sí es delirante, fruto de la mente perturbada de postadolescentes de clase media con mucho tiempo libre. Les invito a que visiten el foro en cuestión y lean (el catalán se entiende bastante bien) las tácticas y modos de esta gentuza.

¿Y mis antiguos compañeros de la izquierda? Callan, no abren la boca. Los fachas somos nosotros.

CAMPEONES

CAMPEONES

Como la mayoría de españoles ayer me quedé enganchado a la pantalla del televisor. La final de la Eurocopa ha sido uno de los momentos más importantes de la historia del deporte español, pero todo lo que se ha movido alrededor de la selección va más allá de lo meramente deportivo.

Escuchaba el otro día a un comentarista de RAC1 decir en un catalán impoluto que lo que le molestaba de esta eurocopa era la "sobredosis" de símbolos españoles y de patriotismo. El buen señor no recordaba, o no quería recordar, cómo en algunas zonas de España nos machacan constantemente con cosas tan intrascendentes (y las audiencias de televisión me remito) como partidos de la selección catalana de fútbol o partidos hockey jugados en la Conchinchina contra la selección de Turkmenistán. Tampoco se refería el buen señor al machaqueo constante del Barça en todos los medio catalanes o cómo es casi imposible ver una televión de esta tierra sin que te metan el nacionalismo con calzador.

pues bien, señores, yo ayer me alegré infinitamente de que la selección de fútbol de mi nación, en la que jugaron brillantemenete jugadores catalanes, ganaa la Eurocopa. Me sentí feliz de ver la banderas de mi país ondear en Viena y al escuchar a mis compatriotas celebrar la victoria. Y sobre todo me siento feliz de que los símbolos de mi país hayan sido de todos, no de unos ni de otros, sino de todos los ciudadanos que vivimos en España. Creo que esto es un paso importante para reivindicar que tanto la bandera como el himno no son patrimonio de una ideología, sino de todos los españoles. Y al que le pique, que se rasque.

Y por supuesto me alegré (y me reí sobremanera) cuando al finalizar el partido no dejé de escuchar petardos y bocinas de automóviles, cosa que a más de uno le sorprenderá en este Matrix virtual en el que todos deberíamos ser independentistas. Por no hablar de esas concentraciones espontáneas en Las Ramblas y en la Plaza de España de Barcelona, donde miles de seguidores celebraron el triunfo de nuestra selección.

Además, jugamos mejor que nadie y disfrutamos de buen fútbol, que no es moco de pavo.

 

El anuncio

 

No soy muy dado a mirar anuncios, más que nada, podría decirse que me deslizo sobre ellos entre actos de alguna película. Pero con este me pasa algo curioso; una lejana nostalgia que no sé muy bien de dónde narices sale me hace extrañar un tiempo en el que no viví.

El anuncio en cuestión es de una tarjeta de crédito, hasta ahí nada más prosaico. Una familia disfruta de un día de playa, el niño, en compañía del padre, construye en la arena lo que parece ser la Sagrada Familia de Barcelona. Una notas de piano, con ese sonido ajado que sólo tienen los discos antiguos, preceden a una voz profunda, a un “ay” largo y profundo que sólo puede venir del sur. Adivino una copla de las de antes, cantada magistralmente por Estrellita Castro, Imperio Argentina o alguna folklórica de la época del blanco y negro. Un largo lamento nacido del sufrimiento de una gente que es la mía, criada entre olivares al son de la música de guitarra.

Lo siguiente que se ve es la silueta de un hombre alto y delgado, una sombrilla bajo el brazo hace la vez de lanza y un compañero regordete sigue sus pasos. El eterno caballero manchego y su amigo, me digo. Por último, con la familia ya reunida, el niño observa el rostro cubista de su madre a través de un vaso.

Es esto, pienso. En apenas veinte segundos alguien ha capturado el alma de esta piel de toro que tanto amo y tanto odio. Es esto, sí. Son todas esas pequeñas cosas que hacen que se me ponga la piel de gallina y que me diga que no todo está perdido.

 

El último cazador

El último cazador

Anteanoche, por aquellas casualidades de la vida, me topé con una pelícua en la 2 de aquellas que te dejan pegado al sillón. Resulta que entre mordisco y mordisco de mi bocata de atún, dándole al zappíng a ver si encontraba algo decente mientras cenaba, me encuentro con un paisaje nevado y un tipo arrastrado por un trineo de perros. Hostia, me dije, esto debe de ser Alaska o algo así. Con suerte alguna adaptación de una novela de Jack London. Pero no, se trtaba de El último cazador, una película en la que el prota se interpreta a sí mismo como trampero del vasto norte.

La acción se desarrolla en el territorio del Noroeste, en Canadá, donde un trampero cincuentón vive del mismo modo que lo hacían aquellos míticos aventureros como Daniel Boom o David Crocket; al estilo de aqulla grandísima película titulada Las aventuras de Jeremiah Johnson, todo un clásico. La trama retrata de forma fidedigna la vida en plena naturaleza en compañía de  cinco perros y una mujer india. Con amigos de esos que hacen 100 kilómetros en medio de una ventisca para visitarte o borracheras antológicas en el bar del pueblo más cercano (el concepto de cercano es bastante flexible en esa zona). Todo un alegato sobre la ecología, la de verdad, no la de tanto cantamañanas oportunista que se viste de verde.

Lo bueno del asunto es que, al ver a aquel tipo cazando caribús, vestido con sus pieles y con su rifle al hombro, me dieron unas ganas irresistibles de mandarlo todo a hacer puñetas y pillarme un billete de avión para Canadá. Cambiar la ciudad repleta de enanos mentales por la soledad ártica, por el frío, los lobos y los vivacs a media noche en medio de una tormenta. Debe de ser duro de narices, y estoy seguro que en esas circunstancias me preguntaría qué coño hago yo allí pudiendo estar en mi casa con una cervecita delante del televisor. Pero soñar no cuesta dinero, y quien sabe si dentro de poco o mucho decido retirarme del mundanal ruido y vivir como lo hacían antes, cuando los tipos se vestían por los pies y les bastaba tener tres o cuatro cosas claras para sobrevivir; sin tanta flauta ni buenrollismo barato. Sin Operación Triunfo, ni móvil, ni políticos, ni tanto gilipollas a mansalva. Qué delicia.

 

Telediario koreano

Telediario koreano

Ayer sentí vergüenza de ser periodista. Reconozco que es una sensación cada vez más más habitual, debida en gran medida al comportamiento canallesco de un nutrido grupo de mis compañeros. Que conste que no hablo de la llamada prensa rosa, puesto que considero que "eso" es otra actividad profesional más ligada al cotilleo de portería que al periodismo "serio".

Si hay algo que me pone literalmente de los nervios es ver, escuchar o leer al apesebrado de turno defendiendo a capa y espada a su partido del alam. Ejemplos; desde Isabel San Sebastián, Ignacio Villa, Carlos Dávila a mis especialmente queridos Enric Sopena o Maria Antonia Iglesis. Estos últimos, en especial, sobrepasan ampliamente los límites del sectarismo para adentrarse en el territorio del fanatismo más absoluto. Nauseabundo. Digno de ser estudiado en las facultades como ejemplo de a lo que puede llegar un periodista cuando abandona el espíritu crítico y se convierte en un pelele, un apesebrado, una marioneta del partido de turno. Lo dicho, nauseabundo.

A lo que iba. Ayer me avergoncé de la profesión al ver al ínclito Iñaki Gabilondo, pope supremo del periodismo patrio, abrir su informativo con la siguiente frase relativa a la huelñga de trasnportistas : "el Gobierno no tiene la culpa". Tócate los machos. En vez de informar, de aportar datos, incluso de opinar subrepticiamente, el bueno de Iñaki se convierte en vocero de Ferraz, en mero altavoz de su partido del alma. Y eso que aquí el que les escribe lo ha escuchado dar conferencias sobre lo que es ético  o no en el periodismo.

Desconozco si el Gobierno tiene o no la culpa de la subida del precio de los carburantes. Lo que sí que sé es que una gran parte del mismo se destina a impuestos. También es cierto que muchos de estos impuestos son europeos, pero tampoco he visto a ZP partiéndose la cara en Bruselas en defensa de los camioneros españoles, como sería su deber.

Lo que seguro no es de recibo es que el señor Iñaki Gabilondo quiera seguir en su programa la línea editorial del informativo de la extinta URSS. Seguro que el ínclito periodista estaría en su salsa en un país como Korea del Norte. Allí sí que saben informar ¿verdad Iñaki?

Estamos haciendo el ridículo

Viene de periodistadigital:

Y sigue la persecución al castellano. Esta vez el director general de Air Berlin ha reaccionado a las presiones del Gobierno balear para que introduzca el catalán en sus comunicaciones con el cliente en un duro editorial publicado en la revista de la compañía aérea. "Hoy el castellano no es una lengua oficial", sentencia en la carta dirigida a los pasajeros. Y continúa diciendo que España, con los nacionalismos, vuelve a "los miniestados medievales".

Todo empezó cuando la directora general de Política Lingüística, Margalida Tous, envió a Air Berlin y a otras compañías aéreas con destinos a las Baleares, una carta instándolas a utilizar también el catalán en sus comunicaciones con sus clientes.

"¿Les tengo que dar cursos de catalán por decreto a mis empleados? ¿Y los que vuelan a Galicia o al País Vasco querrán que nos dirijamos en gallego o en vasco? ¿Es que ya no hablan en castellano?".

"La partición de España en nacionalismos regionales es de hecho un retorno a los mini estados medievales. Hasta ahora me pensaba que vivíamos en una Europa sin fronteras".

El editorial va acompañado con una viñeta que reza en un alemán castizo: "Si vinieran a Baviera los catalanes estos, tendrían que hablar el bávaro. ¡Maldita sea!".

El Gobierno balear no se explica la réplica pública de Air Berlin a su petición para que la compañía incorpore el uso del catalán. "Lamentamos que una carta hecha con espíritu constructivo haya tenido esta interpretación errónea", afirman desde la dirección general de Política lingüística.

"El presidente Francesc Antich está preocupado por este tema y sorprendido porque existen unas relaciones correctas con la compañía. Piensa que no se ha interpretado bien el espíritu de colaboración de la carta y hablará directamente con Joachim Hunold para reconducir la situación".

 

Información parcial

 

Hace unos meses me invitaron a participar en una conferencia sobre la mala imagen de Israel en los medios de comunicación. Humildemente expuse mi punto de vista, derivado en gran parte de un nutrido elenco de situaciones vividas en carne propia. Básicamente, todo se resume en que la izquierda de los países occidentales se alineó con la Unión Soviética durante la Guerra Fría en su apoyo a la causa palestina. Se pueden encontrar precedentes en la votación por la creación del Estado Judío celebrada en la sede de la ONU en 1948 o en la Conferencia de Bandung de 1955, donde se reunieron los llamados países no alineados. En cualquier caso, mucha gente de izquierdas sigue criticando con fiereza al Estado de Israel más por una pose ideológica que por convicción real.

En este sentido, la Asociación Solidaridad España Israel ha editado un vídeo (es sólo un parte de lo que aparece en su web, les recomiendo lsobre todo que jueguen a este juego) sobre cómo sería vista España en el extranjero si aparecieran constantemente noticias negativas sobre ella en los telediarios. En el vídeo se pueden apreciar ciertos hechos constatables que dan mucho que pensar sobre nuestro país a la par que ponen de manifiesto que una información parcial puede socabar la más incuestionable reputación. Véanlo y piensen en ello.

 

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Cada día igual

 

A este paso renuncio. Se lo digo en serio. Cada vez que me pongo delante del televisor para ver el telediario me invade una profunda mala leche. No hay día que pase sin que me entre un cabre monumental, eso sí, momentáneo.

Ayer me enteré de que los juzgados de toda españa tiran papeles con datos confidenciales a la basura. El otro día era que los funcionarios de justicia no dan más de sí, y algo antes que una secretaria se despistó y dejó en libertad al asesino de Mari Luz, la niña que apareció muerta en Huelva hace un tiempo.

Eso por hablar de la justicia. Por lo demás, en Murcia los campesinos están al límite porque no tienen una gota de agua mientras que en Aragón se desborda (una vez más) el Ebro. Al mismo tiempo, los camioneros y los pescadores no pueden más porque el precio del gasoil está por las nubes y el gobierno no contempla bajar los impuestos de los carburantes.

Por otro lado, la emigración no es un problema, nos enriquece y es la ostia, pero resulta que cada día entra más gente a un país en crisis que literalmente no puede darles trabajo y les condena a la miseria y a la exclusión social. Cuando alguien quiere decir algo sensato, como regular un poco más el asunto, salta el progre de turno y lo llama fascista, “Berlusconi” o alguna sandez por el estilo. Eso sí, todos esos tertulianos progresistas viven en barrios de lujo de Madrid.

Y cuando crees que ya estás hasta el gorro aparece la presentadora mona de turno contándote que si en tal sitio el marido celoso se ha llevado por delante a su mujer, que si unadolescente le pega una puñalada a otro al salir de un bar y lo deja tieso o que se ha descubierto al enésimo pederasta del mes. Eso por no hablar de los asesinatos por encargo, que se están poniendo de moda, o de los secuestros express. Hemos perdido el rumbo como sociedad y parece que los valores cívicos están en desuso.

¿Y los políticos? Pues a su rollo. Que si al circo de Rajoy le crecen los enanos, que si Carod Rovira dice en Portugal que quiere un frente común contra España (hasta Saramago se escandalizó), que si Ernest Maragall cierra el bachillerato nocturno, etc, etc, etc.

Y uno por otro la casa sin barrer. A uno, personalmente, le dan ganas de que todo reviente de una puñetera vez. Esta España de pandereta no tiene remedio, o eso empiezo a creer.

Lo único que me consuela es pensar que tenemos lo que nos merecemos. Que somos un pueblo inculto y manejable, incapaz de moverse más allá de loq ue diga la SER o la COPE. Las únicas manifestaciones dignas de tal nombre han sido las convocadas por dichas emisoras desde los tiempos del chapapote. Parece mentira que la gente se tire en masa a la calle por la guerra de Irak o por protestar contra el matrimonio gay y sea incapaz de movilizarse por las cosas que de verdad nos afectan.

Como no nos pongamos pronto las pilas esto va a acabar como el rosario de la aurora. Y a río revuelto, ganacia de pescadores. Así que luego no se rasguen las vestiduras siu aparece el populista de turno.

 

Imágenes desde Marte

Imágenes desde Marte

Les invito a que se den una vuelta por la web de la NASA para echar un vistazo a las últimas imágenes del planeta rojo enviadas por la sonda Fenix. Hoy es uno de esos días en los que uno admira que el ser humano sea capaz de hacer cosas así.

Alguna vez, hablando con un amigo, hemos llegado a la conclusión de que las noticias verdaderamente importantes son estas. Al fin y al cabo estas cosas son las que nos permitirán (o no) seguir viviendo en el futuro. Dentro de 100 años nadie se acordará de los políticos de hoy en día, pero los resultados científicos de esta expedición habrán sido fundamentales para el desarrollo de otras misiones que, quién sabe, hayan conducido al hombre a vivir permanentemente en otros planetas.

Desde pequeño he sentido una gran fascinación por todo lo que está más allá de la atmósfera, así que comprendan ustedes mi excitación en estos momentos. Mi felicitación a todos aquellos que han hecho posible esta nueva proeza del ingenio humano. Espero que la cosa no se pare aquí y que pueda llegar a ver al primer hombre poner un pie en Marte.

Dignidad

Al hilo de lo que les comentaba el otro día, esta meñana me encuentro una emotiva carta de Rosa Díez (antes de que alguien lo diga lo diré yo: mi nueva musa política) a su amiga María San Gil. Les invito a que la lean y contemplen uno de los pocos ejemplos de dignidad de la política española.

Me sonroja escuchar comentarios que dicen que San Gil es "de extrema derecha" y que está con el ala dura del PP. Yo no sé si está con tal o cual sector, lo único que puedo decirles es que me admira que no anteponga los intereses electorales de su partido a sus convicciones. Lo mismo digo de Rosa Díez, admirada antaño por su valentía contra los asesinos y vilipendiada hoy por haber abandonado las filas del totémico PSOE.

Existen cosas que están por encima de las caducas divisiones entre izquierda y derecha, como lo es, por ejemplo, la ya citada dignidad. Hace ya tiempo que vengo pensando que en España hace falta una regeneración a todos los niveles, y esto no hace sino afianzar mi convicción. Y una de las primeras cosas que han de ser objeto de esta regeneración es la política. No necesitamos políticos que lo único que quieran es pisar moqueta y que convenzan al ciudadano con la cantinela de mal menor (vótame que si no gobernará el otro). Necesitamos propuestas, gente decente que de un golpe de timón y convierta a esta casa de putas que hoy llamamos España en un país moderno del que nos sintamos orgullosos de formar parte (como pasa en nuestro entorno).

Así que valor y al toro. Si hacen ustedes el esfuerzo de meterse en foros políticos de Internet comprobarán que algo se está moviendo y que se va perfilando un proyecto transversal sumamente interesante (como en su día lo fue Ciutadans de Catalunya, aunque esa es otra historia). Un proyecto al que se han sumado gentes tan poco sospechosas de "facciosas" como Antonio Muñoz Molina, Álvaro Pombo o Fernando Savater, por citar sólo algunos nombres.

 

Reflexiones matuninas

Hace dos meses conversaba con mi señor padre sobre la conveniencia de votar o no al Partido Popular. Él sostenía que era necesario votarlo porque era la única manera de que el país se recuperara de la crisis económica y de que de detuvieran las concesiones al nacionalismo periférico. por mi parte, yo sostenía que una vez instalado en el poder, el PP no tendría ningún problema para volver a pactar con los susodichos nacionalistas y que si bien estaba de acuerdo con que gestionarían la economía a mejor, lo único que querían los políticos populares era volver a pisar moqueta.

Dos meses después me reafirmo en mi postura de entonces. El cambio de rumbo del PP no hace sino demostrar que las ideas son accesorias y que lo verdaderamente importante es alcanzar el poder. Uno puede estar o no de acuerdo con la ideología conservadora de este partido, pero lo cierto es que no deja de asombrar lo rápido que se dice Diego donde antes se decía digo. Por mi parte, como he manifestado muchas veces en este blog, el PP sigue arrastrando ciertos comportamientos que se podrían definir como reaccionarios. Nunca he visto con buenos ojos esas manifestaciones en defensa de la familia (¿defenderla de qué? ¿de los gays? ¿de la promiscuidad sexual?) o esos arrimamientos con el pensamiento más conservador que se opone, por ejemplo, a la experimentación científica con células madre. por otra parte, no puedo dejar de reconocer que dentro del PP existe una corriente liberal (si bien liberal-conservadora) con la que coincido en algunos puntos.

Ahora bien, la verdadera sorpresa de las últimas jornadas la ha dado el pequeño, casi podríamos decir que minúsculo, partido de Rosa Díez. Unión progreso y Democracia se ha erigido como la única oposición real contra los desmanes de ZP y su séquito de progres de visa oro. El otro día, en una entrevista, oí que Rosa Díez se definía como una mujer de izquierdas, si bien matizaba que de una izquierda "heterodoxa". También matizaba que UPyD era un partido transversal en el que militaban muchos liberales que procedían de la corriente clásica del liberalismo. De este modo, el partido de Rosa Díez defiende sin complejos el concepto de nación española, no ese concepto vetusto acuñado durante el franquismo, sino el concepto liberal de nación compuesta por ciudadanos libres, el constitucional. ¿Es ser de izquierdas pactar con los que ponen bombas y asesinas a gente? matizaba Díez. ¿Es ser progresista aliarse con el nacionalismo, una ideología claramente reaccionaria? Permítanme que lo dude. No es ser de izquierdas mirar hacia otro lado cuando se pisotean los derechos lingüísticos de quien sea. Como no lo era imponer el castellano en los colegios durante la dictadura. No creo que sea de izquierdas o progresista el defender el Estado más caro de Europa mientras siguen existiendo problemas con la educación o la sanidad. No es progresista mantener un monstruo  con 17 cabezas incapaz de solucionar los problemas de la gente. Chapó por Díez, qué quieren que les diga.

Desde hace tiempo vengo defendiendo que la verdadera libertad no se consigue a través de un Estado que regule todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas. Yo no quiero que nadie me diga cómo tengo que vivir. Por lo tanto, no quiero vivir en un país en el que me digan cómo tengo que ser y lo que tengo que pensar. Y esto se nota, o por lo menos yo lo noto, con mucha contundencia en esta Cataluña en la que me ha tocado vivir.

Por todos estos motivos no me fío ni del PSOE ni del PP, qué quieren que les diga. Ni quiero que me frían a impuestos (por los que luego apenas sí recibo alguna contrapartida) ni quiero que me digan qué tipo de familia tengo que construir, ni qué lengua tengo que hablar o dejar de hablar. Por eso, aunque muchos vean en mí un moderno defensor del sistema capitalista, ése que condena a la pobreza a millones de seres humanos en todo el mundo, yo digo que no es así. Soy esencialmente un escéptico, una persona que no cree en recetas milagrosas ni en grandes proyectos. A la Historia me remito. Por eso estaré de acuerdo con todo aquel que alce su voz (eso sí, sin militar en ningún partido, ni tener carné que me comprometa a la defensa a ultranza de unos ideales) en contra del dirigismo, de la imposición de nada y que abogue por que pueda desarrollar libremente mis capacidades en una sociedad abierta y libre. Una sociedad que defienda sus libertades con todo el peso de una ley implacable para todos aquellos que la vulneren y violen así los derechos de sus conciudadanos (resumido en la típica y tópica frase que dice que mi libertad acaba donde empieza la tuya). No una moderna casa de putas en la que el delito sale casi gratis en pos de un supuesto progresismo de salón que ve en el delincuente una víctima de la sociedad. No un Estado derrochador incapaz de ofrecerme soluciones y que se queda sólo en la frase políticamente correcta y el buenismo barato. No con unos políticos que lo único que quieren es sentarse en un sillón y trincar de los presupuestos. No.

Por todo eso me gustaron las palabras de Rosa Díez. No sé si al final, como sucede casi siempre, todo quedará en palabras vacías que se lleva el viento. Puede ser, pero por lo menos me gusta la música.

 

PD. Aunque ya no comparto sus posiciones políticas, me alegró saber que vuelve Julio Anguita a IU. Un tipo decente, sí señor. Y aunque a estas alturas me va a encontrar al otro lado de la calle, eso no quita que sea uno de los poquísimos políticos a los que respeto.

Esperanza Aguirre y el liberalismo

Les dejo el interesante discurso que Esperanza Aguirre pronunció ayer.  
Quiero empezar mi intervención agradeciendo a los organizadores de este almuerzo su generosa invitación a dirigirles la palabra. Gracias, por tanto, a Unión FENOSA, a Deloitte y, por supuesto, a ABC por proporcionarme esta oportunidad. Gracias a ellos hoy podré hacerles partícipes de mis reflexiones sobre la política en general, y, en particular, sobre la vida política española de hoy.
Agradecer al ABC esta oportunidad me permite reiterar la gratitud que los liberales le debemos, pues siempre, aun las épocas más adversas, hemos tenido sus páginas a nuestra disposición. Hoy voy a hablarles poco de la Comunidad de Madrid y de los proyectos e iniciativas que estamos impulsando desde el Gobierno y que creo que ustedes ya conocen.
Hoy quiero hablarles más de política, de principios, de ideología, de prioridades y de futuro. Señoras y señores, El 29 y el 30 de junio de 1985 tenía lugar en Madrid el VI Congreso del Partido Liberal. A mí me correspondió redactar y presentar la Ponencia de Ideología, de la que me voy a permitir leerles un párrafo:

"Hoy, las posiciones ideológico políticas opuestas en todo el mundo occidental dividen a los ciudadanos entre estatistas y liberales, entre los que creen que el Estado puede juzgar mejor que los individuos sobre sus necesidades, y elegir por ellos, y los que consideramos que cada persona debe elegir libremente, siempre que las necesidades mínimas estén garantizadas."
Hoy, 23 años después, las convicciones liberales que entonces expresaba con firmeza y con claridad en aquella ponencia se han hecho aún más fuertes. Porque la experiencia de estos 23 años ha demostrado cumplidamente su eficacia en la práctica para promover la prosperidad allá donde se han aplicado.
Y puedo asegurar que, desde que fui elegida Concejal del Ayuntamiento de Madrid, hasta hoy, siempre he tenido muy claro que si estaba en política era para defender esas ideas liberales y para llevarlas a la práctica.
Porque esas políticas liberales no sólo promueven más prosperidad y oportunidades para todos, sino que son las más sociales, las que permiten impulsar y articular mejor la solidaridad entre los ciudadanos. Una solidaridad que busca que nadie se quede descolgado, que nadie se quede atrás, y que todos tengan acceso a la prosperidad que entre todos estamos creando.
Señoras y señores, España acaba de celebrar unas Elecciones Generales y el Partido Popular ha obtenido un buen resultado. Hemos conseguido más de medio millón de votos más que en 2004 y hemos rozado nuestro récord de 2000, cuando obtuvimos mayoría absoluta. Y hemos obtenido más votos y más porcentaje que en 1996, cuando gobernamos. Pero, a pesar de este muy buen resultado, no hemos ganado las Elecciones.
Saber por qué no hemos ganado estas Elecciones requiere, sin duda, un análisis muy pormenorizado de los resultados y de sus causas, y no es éste el lugar para hacerlo. Sin entrar en demasiadas profundidades, sí parece evidente que el PSOE ha crecido a costa de IU y de los nacionalistas por una razón muy clara, porque se ha presentado con el aval de una Legislatura en la que ha impulsado muchas iniciativas que coincidían con las de Llamazares o las de Carod-Rovira. Pero también es verdad que ese sesgo hacia posturas extremistas y nacionalistas no ha provocado ninguna desbandada entre los votantes moderados y antinacionalistas del PSOE hacia nuestras filas. Ha sido un avance importante entre el electorado del PSOE, pero no suficiente. Dicho de otra manera, al PSOE no le han pasado factura sus iniciativas más nacionalistas y más izquierdistas.
El corrimiento del electorado socialista hacia nuestras filas no ha sido todo lo intenso que cabía esperar, probablemente, porque nuestros adversarios se han dedicado durante toda la Legislatura pasada a plantear debates ideológicos que escondían trampas para hacernos aparecer como un "nasty party", como un partido antipático, anticuado, al que le cuesta mucho trabajo ganar terreno entre sus contrincantes. Y les pondré sólo un par de ejemplos de cómo esas maniobras ideológicas de los socialistas han logrado colocar al Partido Popular en esa incómoda posición.
Desde la promulgación de la Ley del matrimonio homosexual, el 2 de julio de 2005, hasta final de 2006 (última fecha para la que tenemos datos absolutamente fiables) sólo se casaron 5.582 parejas homosexuales. Esto da una idea de que el debate que suscitó la aprobación de esa Ley era más ideológico que afán de resolver un acuciante problema social. Pero ese debate fue utilizado para trazar una línea que clasificara a los ciudadanos entre los que están por la modernidad y a favor de los homosexuales, personas que han sido secularmente perseguidas, y los que ponen un freno al avance de nuevas formas de familia y todavía guardan recelos hacia la libre sexualidad de las personas.
El debate, así planteado, siempre tendría un ganador, como hemos podido comprobar. Y lo paradójico de este debate es que Rodríguez Zapatero lo plantea, seguro de ganarlo, a pesar de presentarse como heredero del socialismo histórico español (en el que proliferan los casos de escandalosa homofobia, y ahí están las referencias a los "invertidos" de Largo Caballero en sus memorias, o la actitud de los dirigentes del PSUC, los comunistas catalanes, ante personalidades como Jaime Gil de Biedma, al que, ya en los años 60, no le permitieron afiliarse por su condición homosexual). A pesar de presentarse como condescendiente con Castro, que directamente los encarcela, o como impulsor de una inconcreta "alianza de civilizaciones" con países en los que se les ahorca.
Y nosotros, el Partido Popular, que no tenemos ningún lazo histórico ni afectivo con regímenes donde se haya perseguido a los homosexuales y que siempre hemos denunciado radicalmente la homofobia, hemos aparecido en ese debate como la fuerza que se opone a una extensión de derechos. Es sólo un ejemplo, pero es un buen ejemplo, de las trampas ideológicas que nos ha tendido Rodríguez Zapatero. Pues, y es lo más grave, negarse a llamar "matrimonio" a la unión civil de homosexuales era la posición más correcta para defender de verdad sus derechos. Y evitar –como así ha ocurrido– que las legítimas aspiraciones de los homosexuales se utilizaran para dividir ideológicamente a la sociedad española y no para defenderlos de verdad, como sujetos de derechos y no como piezas de un colectivo.
Veamos otro ejemplo de utilización ideológica de un debate planteado únicamente para resucitar agravios, crispar la convivencia y colocar al Partido Popular "en el lado malo de la historia": la Ley de Memoria Histórica. La realidad es que nadie puede decir que, desde 1977 hasta hoy, el Estado haya sido cicatero con las víctimas de la Guerra Civil. Es verdad que la inmensa mayoría de las terribles tragedias individuales que la Guerra Civil provocó no tiene ya solución, pero el Estado ha intentado, bajo los distintos gobiernos sin excepción de estos 31 años, paliar en lo posible todas las situaciones injustas. Por eso, hasta la fecha, ha indemnizado a las víctimas con más de 16 mil millones de euros, y desde 1977 hasta hoy todo el que ha querido reivindicar a cualquier personalidad republicana ha podido hacerlo con toda facilidad. Creo firmemente que una sociedad decente no puede permitir que quede ni una sola víctima de la Guerra Civil sin enterrar con todo el respeto y la dignidad que merece, pero también es cierto que, desde 1977, sus descendientes o sus correligionarios han podido hacerlo.
En el debate que esta Ley ha provocado, nuestro Partido, que no es heredero de ninguno de los partidos de la II República y que no tiene la menor concomitancia con el franquismo, ha defendido que lo importante era "mirar hacia el futuro". Pues bien, esos alegatos a favor de "mirar hacia el futuro" han sido percibidos por muchos como una muestra de inseguridad de nuestra postura, cuando no como un intento de justificar la dictadura de Franco. Y esa negativa a afrontar el debate ideológico en la interpretación de la Historia –porque la Historia se interpreta desde posiciones ideológicas– nos lleva a parecer herederos de un régimen antidemocrático, antiliberal y antinacional, como el franquismo. Un régimen que abominaba de la libertad y que negaba la Nación como sujeto de la soberanía. Un régimen con el que el Partido Popular no tiene nada que ver. Pero nuestra negativa a entrar a fondo en el debate ideológico lleva a los socialistas –ellos, sí, herederos de unos partidos que, desde posiciones totalitarias, coprotagonizaron el fracaso colectivo de la Guerra Civil- a aparecer como paladines de una libertad y de una democracia en las que en 1936 no creían y que ayudaron a destrozar.
Éstos son sólo dos ejemplos de las trampas que nos han tendido y que han servido para colocarnos ante la opinión pública en posiciones que no son las nuestras y para que al votante desengañado del PSOE le resulte difícil dar el paso de votar a un partido liberal y abierto. Porque España no es, ni puede ser, una anomalía en Europa. Y si Zapatero llega hasta 2012 en La Moncloa nos encontraremos con que el PSOE habrá gobernado en España 22 de los últimos 30 años. Algo que no tiene parangón en los países que histórica, económica y socialmente son parecidos al nuestro. Porque las opciones liberales de los países europeos de nuestro entorno no sólo han estado mucho más tiempo en el poder que el Partido Popular en España, sino que, además, son las que han liderado las principales reformas para que esos países prosperen y afronten con mejores garantías las crisis que se les presentan –como la que ya estamos sufriendo–.
Basada en los principios liberales y convencida de que el Partido Popular puede y debe liderar una opción que obtenga el apoyo mayoritario de los españoles, hoy quiero proclamar que no me resigno a que nos presenten como un partido antiguo y retrógrado, cuando somos la opción más abierta, más moderna y la única que no tiene hipotecas con su pasado.
No me resigno a dejar de denunciar el sectarismo del Pacto del Tinell y la actitud profundamente antidemocrática del PSOE cuya política tiene, desde las Elecciones Vascas de 2001, como único objetivo estigmatizar a nuestro Partido y a sus militantes, simpatizantes y votantes.
No me resigno a que nos arrinconen y nos hagan aparecer como enemigos de los homosexuales, cuando no tenemos ninguna tacha de homofobia en nuestra historia.
No me resigno a que nos etiqueten de anticatalanes cuando somos el único partido que de verdad defiende a los ciudadanos de Cataluña, y no utiliza las legítimas aspiraciones de fomento de la lengua y la cultura catalanas para buscar el poder.
No me resigno a que la política internacional de los socialistas haya llevado a España a la tercera división europea. No me resigno a que, con un porcentaje ínfimo de votos, los nacionalistas acaben dictando la política española.
No me resigno a que el Partido Popular no dé las batallas ideológicas y sea capaz de ganárselas a los socialistas.
No me resigno a que los gobiernos del Partido Popular sean una excepción en la democracia española.
No me resigno a que para que gane el Partido Popular los votos de la izquierda tengan que dividirse o que la participación sea muy baja.
No me resigno a que tengamos que parecernos al PSOE para aparentar un centrismo o una modernidad, que ya están en las bases de nuestras convicciones y nuestros principios políticos y no en los de ellos, como he señalado.
Como no me resigno a contemplar impávida cómo la educación en España se deteriora por momentos. Y cómo las universidades españolas no figuran nunca entre las mejores de Europa y, mucho menos, entre las mejores del mundo.
Ni me resigno a contemplar una política del agua que consiste en llevar agua en cisternas desde Almería a Barcelona, y no a dar el agua que sobra en unas cuencas a otras. Ni me voy a resignar cuando veo el escándalo que produce en los ciudadanos el funcionamiento de la Justicia.
Y no me resigno a no desmontar todas las trampas ideológicas que nos tienden nuestros adversarios.
Y como no me resigno a estas y a otras muchas cosas, estoy en el Partido Popular dispuesta a dar la batalla para que los españoles conozcan de verdad la opción abierta, moderna y liberal que es nuestro Partido.
El Partido Popular es un gran partido. Y es un partido en el que caben todos los que creen en la libertad como centro y motor de la vida política y todos los que creen que España es una gran Nación de ciudadanos libres e iguales. Con esos dos principios bien arraigados, estoy convencida de que podemos convocar a una mayoría de españoles. Porque la opción liberal, que consiste en confiar en los ciudadanos, en sus iniciativas, en sus energías, en su creatividad y en su indiscutible afán de prosperar, es la mejor solución para los problemas de los españoles. Y esa opción liberal sólo la ofrece el Partido Popular.
Como también es el Partido Popular el que mejor defiende una idea de España en la que quepamos todos los españoles sin excluir a nadie, una idea de España abierta y no cerrada, una idea de España en la que aceptemos nuestro denso y rico pasado, con sus luces y sus sombras, para aprender de esas luces y para evitar las sombras. Una idea de España que nos sirva de apoyo en un mundo en el que la lengua, la historia y la cultura de España son vistas como una garantía.
Y para presentarnos ante los ciudadanos españoles con nuestras políticas puestas al día, el próximo Congreso es una inmejorable oportunidad. Allí nos toca renovar y actualizar nuestros principios ideológicos y nuestras líneas programáticas. Al mismo tiempo, hay que ilusionar y convocar, desde nuestro Partido, a todos los que creen en la libertad y recelan del intervencionismo socialista, y a todos los que creen que España es una gran Nación. Nuestra tarea, desde ahora mismo, es esa: acercarnos a esa inmensa mayoría para que nos conozcan mejor y para que, cuanto antes, nos permitan gobernar en España.
Esta es la misión del Congreso que se avecina. Muchas gracias.

Agua para todos

Estamos secos. Como no se ponga a llover a cántaros nos quedamos sin agua de aquí a cuatro días. De momento ya nos traen el preciado líquido desde Almería, que tiene guasa. Nuestros próceres vernáculos se están planteando hacer un trasvase desde el Segre, que como es más pequñito y está cerca no levantará el revuelo de aquel otro del Ebro.

Suelen decir los amigos de los pobres que hay que redistribuir la riqueza, aunque al parecer tan loable intención se limita al vil metal, a lo pecuniario. Si resulta que el Ebro baja con un caudal 6 metros superior a lo habitual y en Villaborricos de Abajo se mueren de sed, pues mala suerte. Spain is diferent, que diría aquel. Parece que nadie se acuerda ya de aquel Plan Hidrológico nacional cuyo pecado original es haber sido puesto en marcha (porque la yo contemplaba el PSOE de felipe González) por un Gobierno facha. La política cainita de este país se ha ocupado de sepultar en el olvido una de las pocas cosas coherentes que se han planteado en los últimos años: redistribuir el agua.

Algunos objetarán que el trasvase de marras ponía en peligro la supervivenciade la rana del delta y de la libelula picuda. Vaya usted a saber. Lo único constatable es que a estas alturas estamos sin agua. Y no sólo para consumo humano, sino para regadíos y campos de golf, esos inventos de los ricos que no generan riqueza, ni empleo, ni atraen turistas. También está por demostrar que esas riadas que bajan por el Ebro y que van a parar al mar sean tan beneficiosas para el delta.

Por lo pronto nos espera un verano de aquellos que dan miedo y un gobierno progre que con la excusa de la ecología importa electricidad de Francia (producida en plantas nucleares) o la genera en contaminantes centrales térmicas; prohibe los grandes travases pero destroza pequeñas cuencas fluviales como la del río Castril con la excusa -a buenas horas mangas verdes-  de que el agua es de todos. Todo ello por no hablar de esas plantas desalinizadoras que emiten una cantidad ingente de CO2 a la atmósfera. Pero no pasa nada, somos muy pero que muy ecogilipollas.  

El hombre que atacó solo

El hombre que atacó solo

Arturo Pérez Reverte 

Hace tiempo que no les cuento ninguna historieta antigua, de ésas que me gusta recordar con ustedes de vez en cuando, quizá porque apenas las recuerda nadie. Me refiero a episodios de nuestra Historia que en otro lugar y entre otra gente serían materia conocida, argumento de películas, objeto de libros escolares y cosas así, y que aquí no son más que tristes agujeros negros en la memoria. Hoy le toca a un personaje que, paradójicamente, es más recordado en los Estados Unidos que en España. El fulano, malagueño, se llamaba Bernardo de Gálvez, y durante la guerra de la independencia americana –España, todavía potencia mundial, luchaba contra Gran Bretaña apoyando a los rebeldes– tomó la ciudad de Pensacola a los ingleses. Y como resulta que, cuando me levanto chauvinista y cabrón, cualquier español que en el pasado les haya roto la cornamenta a esos arrogantes chulos de discoteca con casaca roja goza de mi aprecio histórico –otros prefieren el fútbol–, quiero recordar, si me lo permiten, la bonita peripecia de don Berni. Que fue, además de político y soldado –luchó también contra los indios apaches y contra los piratas argelinos–, hombre ilustrado y valiente. Sin duda el mejor virrey que nuestra Nueva España, hoy Méjico, tuvo en el siglo XVIII.

Vayamos al turrón: en 1779, al declararse la guerra, don Bernardo decidió madrugarles a los rubios. Así que, poniéndose en marcha desde Nueva Orleáns con mil cuatrocientos hombres entre españoles, milicias de esclavos negros, aventureros y auxiliares indios, cruzó la frontera de Luisiana para invadir la Florida occidental, tomándoles a los malos, uno tras otro, los fuertes de Manchak, Baton-Rouge y Natchez, y cuantos establecimientos tenían los súbditos de Su Graciosa en la ribera oriental del Misisipí. Al año siguiente volvió con más gente y se apoderó de Mobile en las napias mismas del general Campbell, que acudía con banderas, gaitas y toda la parafernalia a socorrer la plaza. En 1781, Gálvez volvió a la carga y estuvo a pique de tomar Pensacola. No pudo, por falta de gente y recursos –los milagros, en Lourdes–; así que regresó al año siguiente desde La Habana con tres mil soldados regulares, auxiliares indios y una escuadra de transporte apoyada por un navío, dos fragatas y embarcaciones de guerra menores.

La operación se complicó desde el principio: a los españoles parecía haberlos mirado un tuerto. Las tropas desembarcaron y empezó el asedio, pero los dos mil ingleses que defendían Pensacola –el viejo amigo Campbell estaba al mando– se atrincheraban al fondo de la bahía, protegida a su vez por una barra de arena que dejaba un paso muy angosto, cubierto desde el otro lado por un fuerte inglés, donde al primer intento tocó fondo el navío San Ramón. Hubo que dar media vuelta y, muy a la española, el jefe de la escuadra, Calvo de Irazábal, se tiró los trastos a la cabeza con Gálvez. Cuestión de celos, de competencias y de cada uno por su lado, como de costumbre. Calvo se negó a intentar de nuevo el paso de la barra. Demasiado peligroso para sus barcos, dijo. Entonces a Gálvez se le ahumó el pescado: embarcó en el bergantín Galveztown, que estaba bajo su mando directo, y completamente solo, sin dejarse acompañar por oficial alguno, arboló su insignia e hizo disparar quince cañonazos para que los artilleros guiris que iban a intentar hundirlo supieran bien quién iba a bordo. Luego, seguido a distancia sólo por dos humildes lanchas cañoneras y una balandra, ordenó marear velas con la brisa y embocar el estrecho paso. Así, ante el pasmo de todos y bajo el fuego graneado de los cañones ingleses, el bergantín pasó lentamente con su general de pie junto a la bandera, mientras en tierra, corriendo entusiasmados por la orilla de la barra de arena, los soldados españoles lo observaban vitoreando y agitando sombreros cada vez que un disparo enemigo erraba el tiro y daba en el mar. Al fin, ya a salvo dentro de la bahía, el Galveztown echó el ancla y, muy flamenco, disparó otros quince cañonazos para saludar a los enemigos.

Al día siguiente, con un cabreo del catorce, el jefe de escuadra Calvo de Irazábal se fue a La Habana mientras el resto de la escuadra penetraba en la bahía para unirse a Gálvez. Y al cabo de dos meses de combates, en «esta guerra que hacemos por obligación y no por odio», según escribió don Bernardo a su adversario Campbell, los ingleses se tragaron el sapo y capitularon, perdiendo la Florida occidental. Por una vez, los reyes no fueron ingratos. Por lo de la barra de Pensacola, Carlos III concedió a Gálvez el título de conde, con derecho a lucir en su escudo un bergantín con las palabras «Yo solo»; aunque en justicia le faltó añadir: «y con dos cojones». En aquellos tiempos, los reyes eran gente demasiado fina.

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El Súbdito de la zarina

Semana Santa

Semana Santa

Siempre he sentido una fascinación difícil de explicar hacia la Semana Santa. Escribió don Antonio Machado acerca de ese “cantar de la tierra mía que echa flores al Jesús de la agonía y es la fe de mis mayores”. Puedo suscribir una por una las palabras del genial poeta hispalense. Desde pequeño he vivido las procesiones de Semana Santa arropado por mis abuelos, viendo como espectador como se desarrollaban unos hechos que les llegaban a lo más íntimo de su ser.

Pese a los años transcurridos, las lecturas y el propósito de maniobrarme en este mundo con la Razón como única brújula, lo cierto es que no puedo dejar de admirarme ante esa muestra de fervor popular que se reproduce cada primavera por todos los rincones de España.

Soy agnóstico, lo confieso, y durante muchos años practiqué un decimonónico anticlericalismo del que aún conservo ciertos prejuicios. La Iglesia Católica siempre me ha producido una mezcla de atracción y repulsión que es difícil de explicar. En una pirueta intelectual he conseguido conciliar el rito y el folklore con mi rechazo natural hacia la superstición.

Por un lado, soy capaz de estremecerme ante una saeta, un paso o un penitente, pero por otro, mantengo la cabeza fría y soy capaz de vislumbrar el trasfondo que remanece oculto en su interior. Veinte siglos de cristianismo pesan como una losa en el inconsciente de todos nosotros y es difícil desterrar de un plumazo lo que tantas generaciones han creído a pies juntillas.

Yo vengo del sur, de una tierra donde las casas se adornan con santos y cuadros piadosos, donde las mujeres se santiguan y le piden a la virgen, donde los hombres se ponen corbata para asistir a misa. De esa herencia soy tributario, aunque muchas veces me pese.

Por todo ello debo confesar que me gusta la Semana Santa. Me gustan las procesiones, las películas de romanos y las señoras con mantilla. Me gusta, sí, y no pienso pedir perdón por ello. Me gusta, sí, aunque muy a menudo me cabree como una mona cuando algún obispo se niega a que alguien pueda morir con dignidad o que se investigue con células madre para curar alguna enfermedad congénita. En esa contradicción vivo y he de apechugar con ella.

Me gustaría saber que pensaría Jesús de Nazaret de todo esto. Si mi abuela tiene razón, a lo mejor se lo podré preguntar algún día. Esperemos que sea más bien tarde que pronto. Por el momento me conformo con asistir como espectador a un paso sencillo de un pueblo de Granada.

Y ante todo la alegría y la ilusión con la que tanta gente vive estos días, ya sea con recogimiento religioso o con espíritu festivo. Al fin y al cabo es parte de lo que somos, de lo que nos define y que explica tanto lo bueno como lo malo que existe en nosotros.

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