"No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. [...] Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo"
"No me gusta nada que haga postrarse a un hombre"
"La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres"
Día de reyes. Con casi treinta tacos esto ya no es lo que era. Ahora los regalos vienen en rebajas si es que alguien se acuerda de regalar algo. En fin, así son las cosas. De vuelta de las largas Navidades, de los langostinos devorados por kilos, la sidra y la inmersión clánica. Si tienen ustedes familia por el sur sabrán de qué es hablo. De vuelta a Cataluñalandia. Es curioso que justo cuando pasas el Ebro aparecen las emisoras en catalán. Mi amigo Armando le da insistentemente al “seek” de la radio para escuchar algo en castellano pero no hay nada más allá de la COPE. Cristina emite desde las ondas herzianas su sermón de las tardes y exalta los valores de la familia cristiana de toda la vida. Ibarretxe amenaza la integridad de un Estado con más de 500 años por la geta, para montarse su chiriguito. Ya se sabe, que cambien las cosas para que nada cambie. Y para más INRI ciento cincuenta mil muertos en el Índico por causa de un maremoto que no entiende de miseria ni de geografía. A las catástrofes mundiales se suman las personales. Mensajes de lamento de un hermano porque lo suyo se acabó. Sólo hay una mujer con diferentes rostros, le decía Lucifer a Jesús en La última tentación de Cristo. Tenía que ser el ángel caído el que hablase de amor. Paradojas. El maño cumple treinta tacos, que se dice pronto. Dice que todo sigue igual, pero no lo creo. Las fechas son algo más que números en un calendario. Se van quemando las etapas y las cosas siguen siendo inciertas. ¿Al final qué nos queda? Sísifo surge de la mitología para reivindicar su lugar en el mundo. Siempre nos quedará Paris, amigo mio. Nos quedarán los recuerdos, las ilusiones y las ganas de vivir. No hay recetas mágicas No future ,como decían los Sex Pistols. Carpe Diem.
De lo poco que un servidor ve la televisión salvaría, a veces, los anuncios. Esas pequeñas películas de veinte segundos que intentan hacernos comulgar con ruedas de molino son, en muchos casos, mejores que los programas a los que interrumpen. De todas formas hay uno en particular que me repatea el higadillo. Mi primo el publicista diría que está muy bien realizado y es efectivo—que al final es la madre del cordero de la publicidad—. No sé, y la verdad es que me importa poco que sea o no efectivo. Lo que me preocupa es cómo se puede llegar a mercantilizar algo como la libertad. En el anuncio en cuestión—o spot como dirían en los mopdernos—aparecen unas imágenes en blanco y negro y un “speech”—o discurso—en el que un tipo repasa la tabla de multiplicar de la vida moderna. A saber, que estamos atados a trabajos que son un coñazo, a una vida mediocre y a una existencia anodina. Vamos, que han descubierto la sopa de ajo. El quid de la cuestión viene al final, cuando a todo color aparece en nuevo Golf GTI. Bonito es, las cosas como son, pero que me lo intenten vender diciéndome que resulta que voy a ser más libre no cuela. A estas alturas uno ya sabe lo que le cuesta un seguro, la gasolina, las ruedas y todo lo demás. Un ojo de la cara y parte del riñón “para ser más libre”. Viendo estos espots uno se pregunta si es que los publicistas se piensan que somos gilipollas o si realmente lo somos. Porque a ver de qué si no un tipo cualquiera se compra el mencionado automóvil pensando que va a ser libre como en la canción de Nino Bravo. Aunque pensándolo mejor, si existe tal clase de sujetos se merece que le soplen 4 kilos del ala por el cochecito en cuestión. Uno ya está acostumbrado a que le intenten vender motos a la mínima que se descuida, pero hay cosas que son incómodas de ver en un anuncio. Son muchos los que se han dejado la piel en mil esquinas de este asqueroso mundo intentando alcanzar un concepto tan abstracto como la libertad. Cada uno a su manera y a su estilo, pero pegando un puñetazo en la mesa en un momento determinado si no veían las cosas claras. En estos tiempos parece que la única libertad válida es la libertad de empresa, la libertad para comprarme un GOLF GTI de la hostia y la libertad de tener un curro mal pagado, una hipoteca y unas vacaciones en Benidorm. Pues no, mire usted, no. Todavía quedan cosas que por mucho que se quiera no se podrán comprar. Ni con un coche ni con una bicicleta. Y si al final uno es tan sumamente cretino que para sentirse un poco más se compra un pepino que coja los 200 por hora—que ese es otro tema—, y a la sazón se acaba empotrando contra un muro de cemento, pues mala suerte, chaval, que se vaya a pedir explicaciones al del anuncio—o al maestro armero, que en este caso viene a ser lo mismo—.
Ayer les hablaba de alguna moto que nos quieren vender pintada de verde. De entre todas ellas la que se lleva la palma es la del romanticismo pegajoso. Desde el siglo XIX—cuando se puso de moda—nos ha caído la de dios es Cristo dándole vueltas al asunto del aquí te pillo. La suerte quiso que en aquella época la mayoría de la gente fuera analfabeta y sólo las clases burguesas cayeran en la trampa. Pero, amigo, luego apareció el cine y las masas aprendieron a leer, y una funesta plaga se batió sobre la población mundial: el romanticismo pegajoso. Desde entonces millones de seres humanos se tragan las historias de las películas y las intentan extrapolar a sus vidas cotidianas haciendo el más espantoso de los ridículos, o sea. Ya me dirán ustedes la gracia de Paqui y Manolo imitando a Richard Gere y a la otra pelirroja en la peli aquella de la lumi que se enamora. Que no, hombre, que no, que la vida es mucho más puta y los tiempos son más pausados. El problema es que hay mucha gente por ahí—especialmente personas humanas femeninas—que se tragan el anzuelo y van por esos mundos buscando príncipes azules. Lo más divertido viene cuando alguna de estas va y te suelta las frases típicas de las películas: “yo quiero sentirme viva” o lindeces por el estilo. Aunque las mejores son las de despedida. De estas últimas he hecho una a antología con las experiencias de amigos y amigas—ahí he estado políticamente correcto—que no tiene desperdicio. Lo de “me gustaría que fuésemos amigos” es para mear y no echar gota. Una risa cada vez que me lo cuentan. También tiene su tela lo de “no me siento preparado/a”, “en este momento de mi vida no quiero (y aquí viene lo que sea)” y la mejor de todos los tiempos, “esto me hace más daño a mi que a ti”. Sí, claro, eso resulta evidente. Miren ustedes, hay cosas que están muy bien para irlas a ver en el cine. Igual que cuando ves en la pantalla grande a Aquiles vestido de lagarterana gay en Troya ,o cuando en Star Wars aparece un combate aereo de la segunda Guerra Mundial en el espacio sideral, que es la hostia. Son cosas del cine, recursos que le dan saborcillo a la peli, pero nada más. A nadie se le ocurre ponerse una capa roja—salvo a Ruiz Mateos—y salir por ahí ejerciendo de justiciero. Pues lo mismo con el romanticismo pegajoso. La gente normal se lo curra ocho o mas horitas cada día, vive en 50 metros cuadrados y lo útlimo que quiere es que le coman la cabeza con paridas. Así que tengan ustedes en cuenta que si se enamoran de Pedrito el fontanero no les va a regalar un brillante cuando pasen por Tiffanis ni les enviará un ramo de orquídeas salvajes al trabajo. Ni aparecerá vestido de almirante Nelson y las sacará en volandas por la puerta de la fábrica. Lo más irá a buscarlas con el Saxo VTS tuneado y les dará un achuchón. Y si alguno se enchocha perdidamente de Jennifer, la cajera del Caprabo, que no intente leerle poesías de Luís Cernuda porque se va a descojonar de la risa—salvo las que se envían por sms que aprecen que tienen éxito—. Lo mismo para categorías socieconómicas superiores, porque al final todas las parejas acaban comentando lo bruja que es la vecina del quinto, viendo Gran Hermano y criticando a los amigos/as propios. Y cuidado, no estoy diciendo que si el amor tal o si cual, que no van por ahí los tiros. Simplemente que la vida cotidiana y el cine se parecen como un huevo y una castaña, y que los amores esos tan desenfrenados y superchachis son más falsos que un euro de madera.
Leía ayer un artículo muy interesente linkeado en el blog de mi amigo Chorche. Jabier Ybarra escribía una parábola referente a una familia vasca y su actitud ante el Plan Ibarretxe y toda esa monserga. Miren ustedes, a uno hay cosas que ya sea por sentido común o por memoria histórica le preocupan un poquitín. Esto del plan parece, más que otra cosa, una huida hacia delante del nacionalismo vasco ante una situación de estancamiento. Y no tanto una reacción frente a la inflexibilidad del anterior gobierno del Partido Popular como un órdago de los de toda la vida. Hace un tiempo la excusa era que desde Madrid gobernaban unos fachas que no tenían la sensibilidad necesaria para comprender las minorías nacionales. Ahora, en estos momentos de diálogo y talante, se ha demostrado que el nacionalismo es unidireccional e historicista. Su única ambición es la sobreanía, le pese a quien le pese y aunque para ello se obvie la voluntad de la mitad de la población que se pretende "desagraviar". Otra cosa son las justificaciones basadas en la historia y toda esa cantinela, mireusté. Allá cada uno con sus gustos literarios y sus fuentes de información, que para eso existe la libertad de expresión. Lo que le preocupa es la poca responsabilidad de la clase política de este país. Sabido hasta la saciedad—y repetido mil veces en esta página—es que este es un país de caínes analfabetos con muy poca mecha. En los últimos doscientos años hemos vivido la tira de guerras civiles, pronunciamientos, huelgas generales revolucionarias y motines por un tubo. Y con todo, en el 77 los españoles se pusieron de acuerdo y sacaron adelante una constitución que, si bien no al gusto de todos, por lo menos ha impedido que nos tiremos los trastos a la cabeza a la mínima de cambio. Ninguna maravilla, reitero, pero algo es algo, y más si tenemos en cuenta quienes somos y de dónde venimos. La integridad territorial de la nación española en la convivencia y en la democracia—el verdadero derecho a la autodeterminación—. Pero el asunto no es el derecho a la autodetermionación en abstracto, aunque nos lo intenten vender así desde el nacionalismo ultrmontano. La supuesta nación vasca está dividida más o menos por la mitad entre aquellos que votan nacionalismo y aquellos que votan a los partidos nacionales—españoles—. Como me contaba un amigo vasco, habría que ver la legitimidad de un referendum ganado por la mitad más uno, en el caso de que se ganase, y habría que ver también cómo y quien vota. El nacionalismo moderado, en gran parte instaurado en la burguesía vasca, no vería tampoco con buenos ojos una independencia total de España. Además está la cuestión de la financiación. O a ver si no como se lo montan para mantener la sanidad y las obras públicas con dos millones y medio de contribuyentes. Sin contar la caída de las exportaciones, la fuga de capitales, etc. POr no hablñar de la anunciada secesión de Álaba del resto del País Vasco. Pese a todo el plan sigue su marcha. Y a veces uno se pregunta si dado el caso se suspendería la autonomía, o qué pasaría si se convocase un referendum en el que una policía tendría órdenes de defenderlo y las otras de no permitirlo. Un Cristo. Lo mejor que podrían hacer los partidos nacionales es llamar a la abstención total en este tipo de saraos. Que no vaya nadie a votar ni planes, ni referendums ni historias por el estilo. Ganarían los nacionalistas, sí, pero ¿con qué legitimidad? Y a ello también contribuiría que desde según que sectores de la derecha cavernícola se achantasen un poco y parasen de sacar proclamas incendiarias. La ley está para cumplirla, y no existe necesidad alguna de sacar tanques a la calle ni de suspender autonomías. Si alguien va contra la legalidad, que apechugue. Aun y así queda claro que la clase política de este país no está preparada para montar ciscos como este. Si se dedican a calentarle la sangre al vecindario lo más seguro es que se les vaya el asunto de las manos y, entonces sí, más de alguno se tenga que acordar—y esta vez con razón—del 36.
Decía Stefan Zweig que la peor peste del siglo XX ha sido el nacionalismo. Origen de las dos grandes guerras mundiales y de un sinfín de conflictos étnicos y fronterizos durante los últimos cien años. Dentro de estos nacionalismos—si bien no en todos—la mayoría han estado peligrosamente escorados hacia la derecha más totalitaria cuando no abiertamente fascista. Millones de muertos son el legado de esta ideología nacida en el siglo XIX y antagónica ya desde su génesis a los principios de lo que siginifa un Estado planteados por la Revolución Francesa. Yo y mi tribu contra los “otros”. Estos “otros” son acusados de imperialistas—incluso por regímenes como el nazi—, beligerantes y antidemocráticos. Todo ello aunque estos adjetivos sean más bien propiedad exclusiva de algunos nacionalismos. La concepción del Estado nacional ha quedado, como tantas otras corrientes de pensamiento, negada por la historia. Un Estado nación no asegura una vida mejor ni un mayor respeto a los derechos individuales. Al sobreponera estos los derechos nacionales, del colectivo, se crea una situación en la que los individuos quedan indefensos ante unos supuestos derechos nacionales. De ahí al fascismo hay un paso.
Mi personal visión de lo que debe ser un Estado pasa por que éste ha de garantizar la libertad y el bienestar de sus ciudadanos—tanto económico como moral—. Un Estado nacional no garantiza por si solo que estos objetivos se umplan. Es más, los ejemplos históricos han demostrado que el paso de un Estado plrinacional a otros nacionales casi nunca ha conllevado un aumento de la prosperidad. La herencia que dejan enfrentamientos como el de los Balcanes es de miseria, odio y destrucción, e contraposición a un sistema que, aunque imperfecto, era la envidia de la Europa oriental. ¿Sería un País Vasco independiente más democrático que ahora? ¿Sería más próspero? ¿Se hablaría más euskera? Permítanme que lo dude. Lo malo de tener memoria histórica es que algunas situaciones recuerdan a otras pasadas. No vivimos en un mal momento, ni en cuanto al respeto a las libertades ni en cuanto a la forma de vida de los españoles. El nacionalismo cerril quiere desmarcarse porque sí, porque si se gobiernan ellos mismo su futuro será de color de rosa. ¿Y después qué? Imagínense ustedes una Euskadi independiente donde la mitad de la población se siente de otra nacionalidad. Otra vez el problema nacional. Imagínense ustedes que álaba dice que no, que se independiza del País Vasco—por no hablar de Navarra. ¿Respetarían los de las pistolas que su Euskalerría quedase reducida a dos provincias en las cuales la mitad de su gente está descontenta? ¿Qué harían si un hipotético partido anexionista con España promulgase un referendum—en un momento dado—si la independencia no fuera tan bien como ellos creían? Miren ustedes, Europa camina hacia la unidad política plena. Y ello no es contradictorio con que cada uno se sienta de donde quiera y manifieste su cultura cómo y donde quiera. No vamos a ser más catalanes, vascos o españoles porque vivamos en un Estado nación. Lo seremos si tenemos total libertad para manifestarnos como tales. Lo otro sólo conduce al enfrentamiento y a la crispación. A que los nacionalistas de un bando amenacen con tanques y los de otro con pistolas. A que al final acabemos a guantazos y viviendo en la miseria. Vivimos un momento clave en la historia de este país. Un momento en el que si no andamos con ojo las cosas se nos pueden ir de las manos. Así que o vamos poniendo las cartas sobre la mesa o nos dejamos llevar por la cháchara vacía del nacionalismo trasnochado. Así que mejor sería que el señor Ibarretxe se preocupara más de construir viviendas para los jóvenes vascos, de conseguir que mil personas vayan sin escolta por la calle por defender sus opiniones o de conseguir que las empresas no se larguen de su territorio con el consiguiente paro añadido. En pocas palabras, que a lo mejor sería más nacionalista si se preocupase más de los problemas de los vascos y las vascas que de hipotéticos reinos de hadas.
A veces uno se arrepiente de tener la bocaza que tiene y de decir según qué cosas en determinados momentos. Ayer, por un instante, sentí haber sido un bocazas. Duró poco, lo confieso, apenas unos minutos, pero enseguida vino a mi mente una cosa que me dijo mi señor padre cuando era chinorri: “Sergito, no te dejes nunca pisar por nadie”. A lo mejor lo inteligente hubiese sido callar y tragar, pero nunca he comulgado con ruedas de molino. Decía Emiliano Zapata—y posteriormente Ernesto Guevara—que prefería morir de pie que vivir de rodillas. Y ya se sabe, siempre ha personas que prefieren vivir de rodillas, aunque al final acaban palmando igual y encima con la cabeza gacha. Otros pensamos que en un determinado momento uno tiene que demostrar que se viste por los pies, más que nada por lo de la dignidad y esas cosas tan pasadas de moda. Aquí me tienen ustedes, cateado con un 4,5 por una profesora que corregía en función de unos nombres aparecidos en una lista negra. ¿Callar? ¿Otorgar? Pues como que no. De todas formas esta vida pone a todo el mundo en su sitio a su debido tiempo, y me consta que según qué acciones aceleran ese tiempo tan intangible. Ya lo decía un proverbio chino, “sientate ea la orilla del río a esperar y verás pasar el cadaver de tu enemigo”. Así que aquí estoy a la orilla de ese río—no sin antes haber acelerado su curso—esperando ver cómo pasa ése cadáver.
Estaba el otro día comiendo apaciblemente con unos compadres cuando la conversación viró hacia el plan Ibarretxe y toda esa milonga. De los tres contertulios dos éramos de ascendencia sudista y el restante un aborigen del Montsiá—que como él mismo dice es una cosa extraña incrustada en Cataluña—. Pues bien, entre chato y chato de vino les comentaba a mis amigos que, en un momento dado, no tenía la más remota ilusión por escoger una nacionalidad que me diferenciase de ninguno de ellos. Que no, que ganas las justas de decirle a mi amigo Robert que es de otra nacionalidad que yo. Tengo muchas más cosas en común con él—como el gusto por las señoras voluptuosas o el amor al rock duro—que con algún ceporro de los de la banderita española en el chandal. Así que bueno, decidimos que si la cosa se ponía fea siempre nos quedarían las islas Feroe o algún lugar tranquilo de este mundo desde el cual observar como se tiraban los trastos a la cabeza entre unos y otros. Comprenderán ustedes la esquizofrenia de un servidor al tocar el tema de la nacionalidad intrínseca. Nunca me he sentido cómodo entre señores con bigote recortado ni en la compañía de salvapatrias de medio pelo obsesionados por la pureza de la lengua. Imaginarán ustedes la poca gracia que le hace a un servidor que según que pazguatos se dediquen a joder la marrana y a calentar los ánimos. La misma gracia que le haría a más de uno que le dijeran que su mejor amigo es un extranjero—no es de su misma nacionalidad—y que se tiene que ir de chetnik al Tibidabo a lanzar castañas contra la plaza de Sant Jaume. A lo mejor esto que digo puede resultar muy exagerado y muy fuera de tono, pero no sería la primera vez que pasa en este continente. Y quien dice Tibidabo dice también la orilla izquierda del Nervión o la islita esa tan coqueta de la bahía de la Concha. A ver si de una vez por todas nos dejamos de leches y nos dedicamos a sacar a este país a flote, que si antes ya era el esperpento de la Europa occidental, ahora ya ni les cuento el espectáculo que estamos dando. Porque en esta semana que llevamos ya he oído varias veces las palabra “tanques”, “boicot”, “artículo 155” y un sinfín de lindeces que le amargan la cerveza a un servidor. Así que bueno, ellos sabrán, pero luego que no vayan—unos y otros—poniendo el grito en el cielo porque el vecino resulta que es un cafre de tomo y lomo y—casualidades de la vida—se presenta a las tantas de la madrugada con unos amigos para invitarnos a una fiesta particular. Uno pediría, como dicen en una serie televisiva, un poquito de porfavor.
Iba a escribirles hoy un artículo muy mono, pero por aquellas cosas que pasan he encontrado uno mejor y que toca alguno de los temas que trataré en breve. No creo que haga falta que les diga--a estas alturas--quien lo ha perpetrado.Así que ahí va. Huelga decir que comparto la inmensa mayoría de lo dicho por el autor...
Seguimos actualizándonos, pardiez. En la academia de suboficiales de Lérida, Defensa –el nombre empieza a parecer un chiste– ha retirado la inscripción «A España servir hasta morir». La decisión se tomó por presiones de vecinos y políticos locales, que pedían la desaparición de un mensaje que consideraban «una vergonzosa agresión al paisaje, al buen gusto y a la libertad». Y bueno. Lo del paisaje y el buen gusto podría ser; pero la agresión a la libertad no termino de verla del todo. Mi libertad, por lo menos, no se ve agredida porque los suboficiales del Ejército sirvan a España hasta morir, en Lérida o en donde sea. Más bien al contrario. A mí, la verdad, que en un ejército voluntario, como el de ahora, haya individuos e individuas dispuestos a dejarse escabechar por España, siempre y cuando sea en condiciones normales de milicia y no en vuelos chárter de segunda mano para ahorrarle cuatro duros al ministerio, me parece estupendo. Alguien tendrá que hacerlo llegado el caso, digo yo. Y además lo llevan incluido en el oficio y en la mierda de sueldo que cobran. De modo que si a alguien le parece mal, sólo veo una explicación: ese alguien cree que no hace falta que nadie muera por España.
Dejemos las cosas claras. En este país ruin e insolidario, y en lo que a mí se refiere, las banderitas e himnos nacionales, regionales y locales, los villancicos navideños, las salves marineras y rocieras, las jotas a la Pilarica o a San Apapucio, los pasos de Semana Santa y la ola en los estadios cuando juega la selección tal o la cual, se los pueden guardar algunos donde les alivien. Cuando políticos, generales, obispos, financieros y presidentes futboleros, entre otros, agitan desaforadamente trapos, crucifijos, folklore, camisetas o lo que sea, en vez de heroísmo, patrias, dignidades, espiritualidades, tradiciones y cosas así, lo que yo veo es a millones de infelices manipulados desde hace siglos por aquellos que diseñan las banderas y los símbolos, utilizándolos para llevarse al personal a la cama. Lo que no es incompatible –acabo de escribir una novela sobre eso– con la ternura y respeto que siento por los desgraciados que lucharon, sufrieron y palmaron por una fe, por un deber o porque no tenían más remedio. Pero entre quienes se benefician de ello, no veo distinción entre derechas, izquierdas, nacionalistas o mediopensionistas. En sus manos pecadoras, tan sucia es la bandera que agitan como la ausencia de la que niegan. Bicolor, tricolor, multicolor, technicolor o cinemascope. Lo mismo si la izan que si la descuartizan.
Respecto a lo que decía antes, me explico más. Quienes crean que en un país normal, con fronteras y política exterior, los ejércitos resultan innecesarios, son unos pardillos. Esa murga sería preciosa en un mundo ideal, pero nada tiene que ver con éste. Ciertos cantamañanas olvidan, o ignoran, que quienes en 1936 vertebraron la defensa antifranquista, tonterías populacheras aparte, fueron los organizadísimos comunistas y los militares profesionales leales a la República. En cuanto al presente de indicativo, la razón de que Estados Unidos, nos cuaje o no, sea árbitro del mundo no se basa sólo en su potencia económica, sino en su carísima y eficaz máquina militar sin complejos. Europa es un ratoncillo en ese terreno, y España la colita cochambrosa de ese ratón. Pregúntenselo a Javier Solana, el míster Pesc del circo Price, cuando va a Israel y esa mala bestia de Sharon se le descojona en la cara. O a nuestro genio de la blitzkrieg diplomática y el buen rollito, el ministro Moratinos, la próxima vez que los ingleses le metan la Royal Navy en el estanque del Retiro. El pacifismo y el antiamericanismo rinden en titulares de prensa; pero la falta de fuerzas armadas propias significa que, si algo se va al carajo, habrá que pedir ayuda a los Estados Unidos, como en las guerras mundiales, Bosnia, Kosovo y demás. Siempre y cuando Estados Unidos no esté con el otro bando. Lo ideal, claro, es acabar de una vez con las armas y las guerras y besarnos todos en la boca dialogante, muá, muá, slurp. Pero esa película hace tiempo que la quitaron de los cines.
Aunque, volviendo a lo de la academia de Lérida, cabe una segunda posibilidad: que aparte de quien cree innecesario que exista gente capaz de sacrificarse por España, haya a quien le conviene que nadie la defienda si la maltratan o descuartizan. En el primer caso nos las veríamos con un ingenuo, o un imbécil. En el otro caso, con un relamido hijo de la gran puta.
El límite de la estupidez humana parece no conocer límites. Hace un par de días, haciendo zapping, recalé en las inefables costas catódicas de Crónicas Marcianas. El amigo Sardá se practicaba en público una autofelación a cuento de una pizarrita con unas líneas de colores. Las rayitas en cuestión indicaban las audiencias de su programa y dos de la competencia. Pues bien, el amigo Sardá se regodeaba de su gran audiencia en comparación con el resto de los pobre mortales. Lanzaba un aviso para navegantes en el que venía a decir que su programa, pese a críticas e improperios varios, era líder. De ahí a decir que Crónicas era bueno porque era visto por la gran masa no pasó ni un minuto. Sabido es por todos—menos por este señor—que cantidad y calidad son conceptos que no van unidos casi nunca. Una cosa puede ser buena y no ser mayoritaria o al revés. Ejemplos a patadas. Como ese señor bajito con bigote a lo Charlie Chaplin que ganó unas elecciones en Alemania en el año 33, y que montó el pollo más considerable de la historia del género humano. O como la infinidad de ejemplares del Código Davinci con los que se topa uno, o la lista de discos más vendidos cuando aquello de OT. Vamos, que ya lo decía Séneca—que no tenía un pelo de tonto—cuando escribía aquello de “aléjate de la multitud”. Ahora bien, si su programa tiene éxito pues muy bien, pos m´alegro. Si las lumis que saca cada noche enseñando los pectorales le hacen subir la audiencia, pues de coña. Pero por favor, que no diga chorradas de tal calibre y se quede tan ancho. Porque por su misma regla de tres la mejor ciudad de este planeta para vivir es México DF, el mejor remedio contra la impotencia es el pene de tigre seco y la mejor película de la historia del cine español es Torrente. Ahí queda eso.
Cada tarde lo veo al pasar por la carretera que cruza el pueblo vecino al mío. Atiende amablemente a alguna viejecita, le lleva las bolsas del super o despacha atrincherado tras la máquina registradora. Embutido en su bata azul repite con monotonía la rutina del día a día. Se llama Manel, según creo recordar de la época del instituto. Algún cabronazo le puso de mote del “16 válvulas” por no sé qué problema en su cerebro. Nunca me gustaron aquellos chascarrillos ni las risas autosuficientes de aquellos pisaverdes que tenía como compañeros. Ahora, años después, despacha como tendero en el colmado de su familia. Su cara expresa confianza y buena fe, esos sentimientos de aquellos que no tienen malicia ni doble fondo. Manel atiende siempre con una sonrisa, o por lo menos es así como lo observo cuando mi coche se para enfrente de su pequeño establecimiento. Una mezcla de compasión y de envidia me asalta al ver al bueno de Manel. Compasión por saber que nunca será capaz del todo de entender en qué clase de mundo vive, ni de disfrutar de tantas cosas que nos ofrece la vida. También de no poder defenderse como es debido de tanto desaprensivo suelto. Me imagino al comercial listillo de turno o a la señora encantada de haberse conocido jactándose de las pocas entendederas del pobre Manel. Pero a la vez también siento una especie de envidia por él. Envidia por su pequeño mundo de latas de conservas y botes de jabón. Una existencia simple, rutinaria y segura en la que cada día se parece al anterior y en la que pocas cosas hay que temer. A Manel no le interesa que un desaprensivo invada un país que no es el suyo, ni que cuatro iluminados jueguen con los sentimientos de millones de personas. Él vive, a su manera, en otro mundo; mucho más sencillo que el de la mayoría. Nunca se preocupará por el reconocimiento personal, por llegar a ser alguien, ni por buscarle un sentido metafísico a su propia existencia. A veces, mientras lo observo, vienen a mi aquellas palabras que el tío Iturrioz le decía a Andrés Hurtado en “El árbol de la ciencia”; unas palabras cargadas de amargura en las que equiparaba dolor y conocimiento. Y mientras miro a Manel sonrío al pensar que ahí radica, precisamente, su particular venganza contra todos nosotros.
A mi que un señor me diga cómo tengo que vivir mi vida me toca mucho la fibra sensible. Y la historia está llena de salvapatrias, dictadorzuelos e iluminados que, en un momento dado, se ha dedicado a ir diciéndolo q todo cristo cómo tenían que vivir su vida. Otra cosa es que al final la gente hay dicho que tururú y que no, que iban a vivir como les viniese en gana. Me acuerdo de aquel tipo con toalla en la cabeza y barba a lo Moisés que lio la del pulpo en Irán con la excusa de la Revolución Islámica. Un ayatolá con muy mala leche que, de buenas a primeras, les dijo a las señoras que se pusieran pañuelos en la cabeza y que fueran vestidas como aquí las viudas de los pueblos, osea, de negro. La gracia que le hizo a más de una aquello, por no hablar de los iluminados por excelencia: los talibanes. Pues bien, en pleno siglo XXI, con una Ilustración, una Revolución Francesa, varias liberales y dos guerras mundiales a cuestas, al señor este que es jefe de Estado del Vaticano le da por decir que los españoles somos unos flamencos de aquí te espero. Mucha guasa encima y la laicidad ganado terreno día a día contra las huestes del viario de Cristo en la Tierra, que ya es decir. Pues bien, ya se ha vuelto a montar un pollo a colación de las declaraciones del señor Papa de Roma. Esta mañana han cruzificado en las ondas a un anitguo profesor mío por decir que la religión es el opio del pueblo, o algo por el estilo. Y claro, los católicos de toda la vida han inundado de mails quejumbrosos la redacción del programa del señor Herrera indignadísimos de que se atente tan vilmente contra la libertad de culto. Pero ¿y la libertad de hacer lo que nos rote sin molestar, no está en entredicho por las declaraciones, día sí, día también de los prelados españoles? Aquí uno cree fervientemente en la libertad, ya sea de culto o de tomarse una caña con quien le apetezca. Así que bueno, si ellos quieren que sus hijos se dediquen al tema del fornicio--porque les digo yo que se dedican, la carne es débil--sin protección, pues ayá ellos. Luego ya vendrá más de uno quejándose con el bombo de su niña o, en el peor de los casos, con un sidazo de aquí te espero. Queda lo del celibato y la continencia... Ya. Yo tengo la teoría que en este país se folla--perdón por la expresión descarnada--poco y mal. La cosa iría un poquito más desahogada con algo más de vidilla y todos iríamos tan contentos. O no, pero ahí dejo la propuesta. El caso es que me parece muy bien que ellos les enseñen a sus niños lo que quieran y como quieran. Que si la Santísima Trinidad, el Sagrado Corazón de Jesús y y todo aquello. Tampoco es que enseñen nada malo y muchas cosas tienen su qué y hasta su punto. Pero a los demás que nos dejen en paz y si queremos darnos una alegría que no mareen la perdiz con historias de morlidad y cosas por el estilo, que ya somos mayorcitos. El mismo respeto que piden tendrían que ofrecerlo unos cuantos a los que no comulgamos los domingos. Uno no piensa meterse en camisas de once varas y decirles a ellos cómo tienen que vivir. Tenía un amigo testigo de Jehová que hasta la fecha--y es coetáneo mío--no ha yacido con mujer--que yo sepa--por aquello de que la Biblia dice. Más de una vez me he preguntado cómo se lo hará el pobre chaval para reprimir lo que es natural en un tio--que con doce años ya tenía un mostacho considerable--de pelo en pecho. Nunca le dije nada y respeté su opción de vida, aunque dicho sea de paso me parecía una barbaridad. No es que desde aquí apueste por el desenfreno, pero hombre, como decía mi abuela, para todo roto hay un descosido y alguna vez sonará la flauta. Lo dicho, que cada cual aguante su vela como mejor se tercie, y a vivir que son dos días. Yo los respeto y a muchos los tengo como amigos--buena gente--, pero pido para mi estilo de vida el mismo respeto que mi me merece el suyo. Y si no querdan dos remiedios tan saludables como lo que hicieron en Albania--prohibir la religión-- o lo que hicieron en este bendito país durante los años del nacionalcatolicismo, que tiene guasa.
Está la cosa calentita. Lo de Bono, digo. Esta mañana Esperanza Aguirre se ponía hecha un basilisco al denunciar el intterrogatorio por parte de la policía de dos señores del PePé . Al parecer estaban en la algarada contra el ministro manchego y aparecían en las fotografías de la supuesta agresión. Blanco y en botella, leche. Pues la señora presidenta de la Comunidad de Madrid se subía al púlpito herziano de don Federico y no dejaba títere con cabeza. A saber, que esto no pasaba desde tiempos del generalísimo. Desde aquella dictadura tan chunga en la que ella corría delante de los grises--ironía--. Poco después el señor Ángel Acebes--ya saben, aquel tipo de la doble línea de investigación con menos credibilidad que Chiquito de la Calzada en una convención de astrofísicos--decía que lo que se ha producido es un complot "políticopolicial". Qué afición que tienen esta gente por por los neologismos compuestos, igualito que aquello de la amezada judeomasónicablochevique. En fin, que se ha liado un cristo considerable a cuenta del achuchón al ministro socialista. Por su parte la SER contraataca--ya se sabe que los imperios siempre contraatacan--denunciando a su vez que desde el PePé de Madrid se instaba a sus militantes a acudir a la manifestación de las víctimas para liarla de lo lindo. O, en palabras suyas, para "mostrar el descontento con la actual política del gobierno". Otra vez blanco y en botella. Decía mi querido amigo Chorche esta mañana que esta gente no está acostumbrada a ir a manifestaciónes y que un madero te suelte un guantazo by the face. No es de extrañar que la policía haya interrogado a dos tipos que aparecen en una foto en la que le están dando la del pulpo a un ministro. Yo todavía recuerdo cuando los antidisturbios entraron a saco en el campus de la Universidad Autónoma de Bracelona a las ódenes de la señora García Valdecasas--ilustre apellido de rancio abolengo democrático--. Así que bueno, que según que gente se ponga a moños por según que cosas es de juzgado de guardia. Si vas a liarla atente a las consecuencias, y si te enganchan, pues mala suerte, chaval. Porque oir de determinadas bocas palabras como dictadura, represión o "manipular a las víctimas" es, se mire como se mire, de vergüenza ajena.